Alma Gloria Chávez
Día internacional de la paz
Jueves 20 de Septiembre de 2018
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El año 2000 fue declarado por las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Cultura de la Paz y propuso que cada 19 de septiembre se conmemore mundialmente el Día de la Paz, al considerar que dejando de ser una simple aspiración, la paz se ha convertido en tarea de construcción permanente, fundamentada en una nueva consciencia y ética cívico-política entre la comunidad mundial.

La paz, todos lo sabemos, es no sólo la ausencia de guerras, sino todo un ambiente propicio para el desarrollo, donde no haya enfrentamientos de ningún tamaño y sí, en cambio, igualdad de oportunidades para todas las personas, tal y como se menciona en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

TAVO
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(Foto: TAVO)

El reto contra la paz se presenta normalmente en la pregunta: “¿son los seres humanos por su naturaleza, violentos o no violentos?” Si la respuesta es que son violentos, entonces el concepto de paz se vuelve inexistente. La paz se ha convertido en algo engañoso, que mucha gente ha comenzado a cuestionar la existencia de ese valor, porque la paz de la mente se ha vuelto un cliché popular… y hasta eslogan de campañas políticas.

En su forma más pura, la paz es el silencio interno con el poder de la verdad. La paz es la característica dominante de lo que llamamos una sociedad civilizada. El carácter de esta sociedad, puede verse a través de la conciencia colectiva de sus miembros. “La paz es una fuerza pura que penetra en el caparazón del caos y por su misma naturaleza, automáticamente pone a las personas y a las cosas en un orden equilibrado”, dice la Carta de las Naciones Unidas.

Y en los caminos de la paz, todo gesto, por sencillo que sea, resulta elocuente: barrer una banqueta, preparar una mesa, cuidar o ser parte activa en un ritual; redactar un texto especialmente diseñado; coordinar un taller; mitigar distancias geográficas, familiares o políticas… Conciliar. Porque la paz es ejercicio de convivencia.

La paz siempre ha sido una ardiente aspiración humana. Tan es así, que ni siquiera quienes trafican con la guerra la quieren cerca de su entorno. Tan es así, que todo hombre y toda mujer deberíamos llevar grabado en secreto ese significativo nombre que es también signo de vocación y destino: Irene o Irineo, el que busca la paz, según la connotación que en griego tiene esa palabra, relativa a la paz individual, interna.

Así que la paz no es ausencia de guerra o conflicto, o espacio entre guerras, tal como lo concebía la paz romana: una paz relacionada con el orden en el imperio. La paz es postura, decisión y rectificación en un mundo que nos interpela y que lo hace las más de las veces como en conflicto. La paz es camino colectivo, conquista histórica, pero también ruta personal. Por eso, es arrepentimiento, perdón, descubrimiento, travesía. Su sentido de búsqueda social y de proyecto comunitario tendría relación más íntima con la idea contenida en la palabra “Shalom: la paz esté contigo”.

La paz es un derecho humano; pero es el derecho que brilla como un talismán, sólo cuando los otros derechos humanos han sido suficientemente cubiertos, atendidos. Los derechos humanos son la manera histórica de cultivar la paz. Son las certezas que los seres humanos de miles de culturas y de pueblos han ido abrigando y afinando en cada etapa, acerca de su ser con otros y de su ser en sí: su ser social y personal. La paz es un derecho humano de los pueblos y de las personas. Un anhelo, una necesidad. Para que se dé la paz, deben estar encendidas todas las luminarias previas: la corporeidad amorosa y el respeto a los sin rostro; la música que producimos como humanos cuando realmente podemos expresarnos; el pan sobre las mesas; las fatigas laborales justamente recompensadas; los ríos y cuerpos de agua limpios, los bosques vivos.

La paz es también un deber. El de cultivar en sí los aminos del encuentro con el otro. El de acoger la diferencia. El de tolerar al distinto o a lo distinto. El de reconocerse incompleto y necesitado de los otros para crecer.

“El peor momento para iniciar un proceso de educación para la paz es cuando el conflicto ya se transformó en violencia”, declaró, y no sin razón, un experto activista de la no violencia. Mientras en otras latitudes del planeta la paz es una preocupación social desde hace varias décadas, y objeto de diversas investigaciones, debates, foros y publicaciones, en México es un tema de preocupación y polémica demasiado reciente.

Restablecer la paz en lo social, lo económico, lo político y en otros aspectos de la sociedad, en un país como el nuestro, requiere contemplar la paz desde dos niveles: el externo y el interno. La educación para la paz, la solución de conflictos y todas las iniciativas encaminadas a encontrarla, deben tener en cuenta la débil conexión entre la paz individual y la paz mundial. Los programas y los proyectos, deben necesariamente destacar la paz individual, ofreciendo medios proactivos y prácticos para la paz y el primer paso es conocer al propio ser interno.

La construcción de una cultura de paz parte desde la conciencia individual, hacia el proceso participativo, concertado, sistemático y global. Por lo tanto, debemos darnos a la tarea, desde ya, de proponer, promover e incidir en la sistematización y programación de una educación en la tolerancia, en la negociación, en la concertación y el diálogo, porque sólo la promoción de la armonía y el respeto entre personas y hacia la naturaleza, alimentan la actitud hacia la paz social.

Desde 1935 el mundo entero tiene una bandera como símbolo representativo de la paz. La creó un artista y pacifista llamado Nicholas Roerich, quien se inspiró en un símbolo que hizo el hombre de la edad de piedra hace nueve mil años. Esta bandera es blanca y tiene tres esferas que forman un triángulo dentro de un círculo de color magenta. Las tres esferas representan la ciencia, la espiritualidad y el arte unidos por el círculo de la cultura.

“Si comprendes que la paz del mundo empieza en el corazón de cada ser humano y que somos capaces de irradiar paz en nuestros hogares, en nuestras instituciones y en nuestro país, habrás contribuido de manera muy positiva a la paz universal”, cita un texto del Comité Internacional de la Bandera de la Paz, A.C.

Así entonces: la paz debe comenzar en cada uno/a de nosotros/as.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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