Alma Gloria Chávez
Mujeres disidentes
Jueves 13 de Septiembre de 2018
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Por supuesto: disentir es no estar completamente de acuerdo con todo lo que, cultural, social o simbólicamente se nos trata de seguir imponiendo. Y es a propósito de estos días, en que se festeja por todos los rincones del país la denominada “independencia de México”, que surge, en la conciencia de muchos buenos patriotas, la reflexión de lo mucho que aún nos falta por hacer para que nuestra nación se encuentre verdaderamente libre y liberada. Y para muchas/os también, es temporada para reconocer la participación que muchas mujeres, a lo largo de nuestra historia han hecho, contribuyendo en los movimientos nacionales libertarios.

El “espíritu patrio” se vive y se respira por todas partes; sin embargo, si nos atrevemos (como lo he hecho) a indagar entre la joven población estudiantil que nos rodea (aún entre quienes inician una licenciatura), muy pocos saben los orígenes y el trasfondo del movimiento independentista que llevó a curas, como Hidalgo y Morelos a tomar las armas, y por lo general desconocen los nombres de algunos personajes locales que participaron en él… e ignoran que México fue una más de las naciones que en la América del siglo XVIII formó parte de esa insurrección.

Ha sido en textos pequeños, resumidos en pocos renglones, donde he logrado encontrar menciones de algunas de esas mujeres insumisas
Ha sido en textos pequeños, resumidos en pocos renglones, donde he logrado encontrar menciones de algunas de esas mujeres insumisas
(Foto: TAVO)

No los culpo. Tenemos ya décadas de haber permitido que el conocimiento de la historia patria (nuestra historia) quedara relegada a los rincones de cualquier programa educativo, sirviendo sólo de “relleno” en un currículo que exige, más que el “despertar inquietudes”, acallarlas, y sólo capacitar técnica y rigurosamente, para ser parte del engranaje productivo en una sociedad desmemoriada.

En mi caso, contando sólo con una educación de colegio de religiosas (y la familiar, obviamente), ha sido el interés personal y el amor a la lectura lo que me ha llevado a indagar acerca de esos pasajes poco conocidos de nuestra historia (la memoria colectiva) y descubrir cómo, “al lado de todo gran hombre” (y yo añado: “y de todo gran acontecimiento”), siempre han existido mujeres de muchísima valía, que han sido relegadas, olvidadas, o definitivamente ignoradas por la historia oficial: esa que hasta hace muy poco sólo escribían varones… y al gusto de quienes entonces estuviesen “al mando”.

Ha sido en textos pequeños, resumidos en pocos renglones, donde he logrado encontrar menciones de algunas de esas mujeres insumisas, rebeldes, que desafiando los cánones sociales de la época en que han vivido o viven, se declararon en contra de todo autoritarismo. Así, descubrí que en los albores de la denominada Guerra de Independencia, al sur de América las libertadoras indígenas primero, las mestizas y criollas después, fueron perfilando el movimiento liberador que hoy nos permite a todas las mujeres pensar y decidir por sí, expresando la necesidad de construir un mundo justo, digno, sin exclusiones de ningún tipo, y sin violencia.

Algunos ejemplos: Bartolina Sisa, mujer del caudillo Túpac Catari y Gregoria Apaza, hermana del mismo, quienes en 1782 fueron sacrificadas y mutiladas en lo que hoy se conoce como La Paz, Bolivia, por haber participado en el alzamiento indígena contra los encomenderos. Micaela Bastidas, esposa de Túpac Amaro, también murió por la misma causa en Cuzco, Perú. El doctor Moisés Guzmán Pérez registra a Manuela Cañizares, quien en la ciudad de Quito participó como conspiradora, poniendo su casa a disposición de las reuniones rebeldes.

También en Perú, Gregoria Batallanos acompañó al capitán Juan de Peñaranda, en Potosí, vestida de soldado combatiendo a los realistas en Puno y la valiente Juana Azurduy de Padilla, guerrillera de Chuquisaca, es recordada por haber formado un ejército de mujeres amazonas para enfrentar al ejército realista en Cochabamba, llegando a obtener el grado de Teniente Coronel en 1816.

“En nuestro país –escribe el doctor Moisés Guzmán- también tuvimos mujeres de ese temple: conspiradoras, como Leona Vicario o María Rodríguez del Toro de Lazarín, ambas formando parte de la organización secreta denominada “los Guadalupes”. Consortes silenciosas, como Mariana Martínez Rulfo, esposa de Ignacio Rayón, presidente de la Junta de Zitácuaro, a quien acompañó en varios itinerarios y dio a luz a varios de sus hijos en pleno campo de batalla; o Antonina Guevar, esposa de Nicolás Bravo, que tuvo que renunciar al cariño de su padre para seguir los pasos de su marido y de la insurgencia”.

Por supuesto que el doctor en historia pone especial énfasis al recordar a mujeres como María Josefa Huerta y Escalada, la esposa de Manuel Villalongín; a doña Rafaela López Aguado de López Rayón, madre de aquella ilustre familia de patriotas radicados en el Real de Tlalpujahua; a María Luisa Martínez, originaria de Erongarícuaro y esposa de Esteban García Rojas El Jaranero, la cual desde su tienda servía de informante a los insurgentes y les proporcionaba alimentos y todo tipo de ayuda, siendo fusilada, como nuestra ilustre María Gertrudis Bocanegra de la Vega y Lazo, de quien el mismo doctor Guzmán develó importantes y desconocidos pasajes de su vida, mismos que nos permitieron sentirla más cercana.

El maestro Antonio Salas León, en su libro “Pátzcuaro: cosas de antaño y ogaño”, también recupera la imagen de una mujer sencilla que, dedicada a la arriería, sólo se le conocía como doña Antonia y que comerciaba en distintos puntos de la Tierra Caliente: “Las autoridades realistas de esta cabecera vieron en doña Antonia un elemento que podría ser útil para que transportara la correspondencia que a sus intereses convenía llegara con seguridad a los lugares que ella visitaba…” pero, ganada la confianza de los realistas, doña Antonia, que simpatizaba con la causa libertaria, se puso en comunicación con los insurgentes y además de informar de los planes de los contrarios, llevó dinero, víveres y todo aquello que pudiera servir para la causa. Tan noble tarea no quedó oculta por mucho tiempo y tampoco faltó quién la denunciara, siendo aprehendida por los realistas a la entrada de Pátzcuaro y arrastrada de su cabellera hasta la Plaza Mayor, donde se encontraba la cárcel, donde murió. Su cuerpo fue inhumado en la fosa común del cementerio del Hospital de Jesús… y su recuerdo, ha quedado en el olvido.

Han sido esos ideales libertarios de miles de mujeres (algunas apoyando las luchas contra las tiranías, otras buscando justicia por parte del mal gobierno, y otras más, haciendo de sus vidas experiencias dignas y ejemplos a seguir) los que hoy nos convocan por igual: a hombres y mujeres, a sacudir las cadenas que nos atan a las servidumbres creadas; a liberarnos de las confusiones de la mente, del intelecto y del corazón, porque la transformación del mundo comienza con nuestra transformación. El mundo sólo se liberará de las injusticias y de la guerra cuando los individuos seamos auténticamente libres. Y todo puede comenzar cuando una mujer disiente.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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