Ramón Guzmán Ramos
La escuela al centro (de la violencia)
Sábado 1 de Septiembre de 2018
A- A A+

En el nuevo modelo educativo que el gobierno de EPN se empeña en sostener hasta el último día su mandato la escuela se convierte en el foco de la atención. El discurso oficial parece reconocer que la escuela es el espacio más importante donde transcurre el proceso de formación de nuestros niños y adolescentes; de manera que uno de los ejes centrales del modelo de marras es su transformación sustantiva. Pero el cambio que pregona no va más allá de fortalecer algunas de las figuras escolares que ya existían y que no estaban dando resultado, como la participación social, los consejos técnicos escolares y ciertas modificaciones en el calendario y la jornada escolar.

El modelo peñanietista establece también como figuras novedosas la llamada autonomía de gestión y curricular. La escuela tendrá que hacerse cargo de resolver por su cuenta las necesidades que se le vayan presentando; se imponen, al mismo tiempo, algunos cambios en la malla curricular que no tienen un impacto a fondo en la formación de los discentes. Aquí se presenta un riesgo que no ha sido analizado lo suficiente: el modelo abre la escuela a la participación de ciertos sectores de la sociedad que no la ven sino como un espacio y un objetivo para sus propios intereses, como sería el caso del sector empresarial.

La escuela, en efecto, requiere desde hace mucho de una transformación radical en su estructura y funcionamiento. La verdad es que sigue siendo un organismo de mando vertical que deja a los alumnos en el sótano de la organización. La visión pedagógica que prevalece es la de la escuela tradicional. El maestro es transmisor del conocimiento y los alumnos son considerados como recipientes de todo tipo de información. Se mantiene tan asilada de su contexto exterior que parece un microuniverso aparte. Pero la transformación que necesita no es la que ofrece e impone el modelo del gobierno que ya se va. Es obvio que la escuela va a la saga de los adelantos tecnológicos y los cambios políticos que se
producen en la sociedad.

Con el nuevo modelo educativo, la escuela tendrá que hacerse cargo de resolver , por su cuenta, las necesidades que se vayan presentando.
Con el nuevo modelo educativo, la escuela tendrá que hacerse cargo de resolver , por su cuenta, las necesidades que se vayan presentando.
(Foto: Cuartoscuro)

Es necesario democratizar la escuela. Transformarla en una comunidad democrática del conocimiento. Esto significa que los procesos de formación pasan necesariamente por prácticas de construcción y aplicación –individuales y colectivas- del conocimiento, tanto en su espacio interno como en las relaciones que habrá de establecer con su entorno inmediato, con la sociedad. La posición aquí de los elementos que la componen: alumnos, maestros, autoridades educativas y, en un ámbito de extensión, los padres de familia, se ha de dar en un plano horizontal. La autonomía que requiere la escuela no puede ser la que le permite al Estado desprenderse de sus obligaciones para con la educación. Tendríamos que pensar en un tipo de autonomía que haría de la escuela un organismo con vida propia, pero concebida como parte de un sistema que tendría que ser transformado, asimismo, en un sentido democrático.

Otra cuestión que es necesario plantear tiene que ver con los objetivos estratégicos de la educación. Educación para quiénes. Educación para qué. No podemos hablar de objetivos en abstracto. El conocimiento fuera de la realidad, al margen del mundo al que tiene que enfrentarse el alumno cada día, no sirve de gran cosa. Cuando mucho, aspiraría a lograr diferentes grados de erudición en los formandos. Tampoco se trata de mirar y tratar la realidad sin penetrar su piel.Cuando termina la jornada escolar y los alumnos traspasan la puerta de su centro educativo para arrojarse a la calle y volver a entrar en contacto con el mundo real, tienen que hacerse de otras armas para encarar la realidad en la que se encuentran atrapados y que la escuela simplemente ignora.

Hablamos de una realidad donde prevalece la violencia. La violencia ha permeado en sus diferentes formas y expresiones todos los espacios de concurrencia y convivencia social. No sólo la violencia extrema, brutal, que proviene del crimen en todas sus modalidades; también la violencia represiva que el Estado desata contra movimientos independientes, reivindicativos. La violencia ha penetrado también nuestras propias relaciones sociales y de vida. Hay crímenes que se cometen entre civiles, individual o colectivamente, con grados de agresividad y barbarie que a veces superan los del terrorismo. Nuestros niños y jóvenes no sólo están expuestos a los zarpazos de este monstruo de mil cabezas, sino que llegan a convertirse en víctimas o victimarios directos.

La violencia ha tocado prácticamente a todas las familias mexicanas. En cada familia hay un hueco que ha dejado algún miembro que ya no está. En cada familia hay un campo enorme de desolación cubierto de dolor. El efecto que esto tiene sobre nuestros niños y jóvenes es algo que no hemos comprendido a profundidad. La escuela menos. La escuela ni siquiera se plantea cómo darle tratamiento con los recursos que cuenta a esta tragedia que se multiplica por todas partes. Los maestros vemos llegar todos los días a nuestros alumnos a la escuela, al salón de clases, y no nos preguntamos qué hay detrás de esos rostros frescos, lejanamente sombríos, que tenemos enfrente. A veces, cuando entramos en contacto más directo con ellos, nos percatamos del tamaño de la herida y del trauma que traen escondidos. Los procesos de formación que ocurren en la escuela, la escuela misma como un espacio de convivencia humana, deberían servir para dotar a nuestros alumnos de las mejores herramientas que el conocimiento activo ofrece para que sean capaces de comprender lo que sucede y encuentren su lugar en medio de la vorágine.

Nada de esto se plantea la escuela tradicional, tampoco la del llamado nuevo modelo educativo. Nuestras generaciones de relevo siguen en el olvido y el desamparo. Tampoco la familia, generalmente desintegrada, contaminada por la violencia misma, ofrece condiciones propicias para el desarrollo armónico de los hijos. La escuela tendría que convertirse en un centro de convivencia y reflexión, de aprendizaje y transformación, desde donde se ejerza una influencia positiva sobre la comunidad. Pero tendría que empezar por transformarse a sí misma, transformar sus condiciones materiales de convivencia para que a su vez se transformen las mentes, las conciencias, y nuestros alumnos puedan crear su propio criterio sobre lo que pasa en el mundo y decidir cuál es su papel en él.

Tenemos que construir una pedagogía de la resiliencia. Que el conocimiento que se aprende y se construya en la escuela nos sirva a todos, docentes y discentes, no sólo para superar experiencias traumáticas que nos ha dejado la violencia, sino para abrir caminos que nos puedan conducir a realidades distintas, donde prevalezcan la solidaridad y la empatía, el sentido de la justicia y el aprecio por la vida, por la libertad y la democracia. Una pedagogía para la praxis de vida, para la restauración de lo humano en cada uno de nosotros. Es lo que tendría que salir también de los foros educativos que se están llevando a cabo en el país. Es lo que demanda con urgencia nuestra realidad escolar.

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

¿Y de quién es el 68?

Las tortugas son lo que son

Intolerancia a la crítica

Pandora

La escuela al centro (de la violencia)

Entre modelos (educativos) te veas

El retorno de Elba Esther y las vicisitudes de la CNTE

Pacificación

La cultura en la etapa de transición

Hacia dónde

Docencia y lucha social

Las comunidades indígenas y el voto a fuerzas

El voto útil

La educación en Rosseau

El timing de Jorge G. Castañeda

La estrategia

Ética y política

La disputa por el SNTE

La perversión del lenguaje

Ya sabes quién

El fantasma de Nochixtlán

Movilización y represión

Trilogía herética

Pesimismo revolucionario

Cuestionamientos de fin de año

Independentistas

La naturaleza del poder

Marichuy

La revolución en su laberinto

La toma del cielo por asalto

Una dictadura disfrazada

En defensa propia

Normalistas

Por la candidatura presidencial

Una utopía menor

La hora de Comala

El segundo más violento

Conflicto en Bachilleres

Arantepacua en el corazón de Bachilleres

Opacidad

Ingenuidad

Bono de fin de año

Frente amplio electoral

El socialismo irreal

País en vilo

Del pasmo a la resistencia

CNTE: Un balance necesario

Ícaro y el arrebato del vuelo

Y retiemble en sus centros la Tierra

Gobernabilidad cuestionada

El hombre como un ser erróneo

Adolescentes embarazadas

Rechazados

La necia realidad

¿Cuántas veces última?

La vuelta a clases

El enfoque crítico en educación

El Diablo no anda en burro

La imaginación y la subversión de la realidad

Entre la incompetencia y la demagogia

Educación para la vida

Las trampas del diálogo

Diálogo

El profesor Filemón Solache Jiménez

La mujer es la esclava del mundo

Culpables, aunque demuestren lo contrario

Razón de Estado y Estado sin razón

La amenaza y la represión como oferta de diálogo

Albert Camus y el mito de Sísifo

Albert Camus y el mito de Sísifo

El oficio de escribir y la emergencia de la realidad

Los brazos de Sísifo

Ayotzinapa: Tiempo funeral

La cultura al último

Estado de excepción

Cherán y su rechazo al Mando Único

Sección XVIII: El congreso inconcluso

C e s a d o s

Reminiscencias

Sección XVIII de la CNTE: El poder que desgasta

El amor en la boca del silencio

El amor en la boca del silencio

Francisco superstar

Partir de cero y quedarse allí

Comisionados sindicales

Cómo distraer a un país

Que paguen los que siempre pagan

El debate por la cultura

Democracia sin oposiciones

Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas

Colectivos pedagógicos

Evaluación con policías y leyes a conveniencia

La violencia nuestra de todos los días

La suerte de Renata

La piedra de Sísifo

Contra la imposición

Ícaro y el arrebato del vuelo

La culpa la tiene el pueblo

El fin de las utopías

Congreso Estatal Popular de Educación y Cultura

La era de Pandora

El otro debate

La estrategia del endurecimiento

Yo soy 132

Evaluar para sancionar

Célestin Freinet

En busca de Jorge Cuesta

Iniciación a la lectura

Cherán y su relación con los partidos

Deslinde

Encuentros

Una vida

Después de la oscuridad