Martes 28 de Agosto de 2018
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¿Se puede escribir de música?

Dice Daniel Freckmann: “La música es una experiencia de carácter no verbal, absolutamente inaccesible por medios puramente literarios o eruditos”. Esta afirmación periódicamente me remueve una intranquilidad de conciencia: efectivamente, no se puede hablar (o en mi caso, escribir) de música.

La música es un lenguaje del hombre más antiguo que el verbal
La música es un lenguaje del hombre más antiguo que el verbal
(Foto: Especial)

La música es un lenguaje del hombre más antiguo que el verbal. Comunica sentimientos e ideas complejas usando como medio los sonidos, desde muchos miles de años antes de que se nos diera la palabra. De esto hay evidencias antropológicas prehistóricas. El hombre inventó la música como un ritmo; la descubrió en sus ritmos internos y la externalizó percutiendo mano con mano, piedra con piedra, hueso con hueso, o lo que fuera con lo que fuera, y emitiendo con su aparato fonador, sonidos con una secuencia sin contenido verbal. De ahí a la danza no hubo gran distancia y con estos elementos primigenios (ritmo y percusión) surgió la música como sistema de comunicación primitivo pero infinito, aún no superado y de belleza primaria todavía no explicada.

Muchos miles de años habrían de pasar antes de que la música adquiriera su segundo elemento estructural: la melodía, que implica la adecuación del ritmo de las palabras al ritmo musical. Esto significa que la melodía en la música surgió después del lenguaje verbal. Tampoco hubo una gran distancia entre esto y la canción, que es la estructura musical melódica por excelencia. En este caso, el texto verbal es el mensajero principal de las ideas, pero en las que podríamos llamar canciones sin palabras, que son piezas con ritmo y melodía pero sin verbo, el mensajero es el idioma musical.

Estos dos elementos de la música son más viscerales que intelectuales, son emocionales. Del otro elemento primario de la música, la armonía, sí tenemos documentación histórica de su arribo a la música occidental; démosle más o menos mil años de antigüedad. Es un elemento eminentemente intelectual y podríamos describirlo como aquello que acompaña, viste, enriquece y complica a la melodía.

La música, como el verbo, consiste en unidades sonoras que, en diferentes arreglos y combinaciones, se constituyen en elementos simbólicos con significado, pero que, además, emana una mágica belleza. Cuando, como oyentes de la música, somos capaces de ser hechizados por esa belleza y de percibir los mensajes que conlleva, entonces se ha dado el fenómeno musical, la experiencia estética, el éxtasis a través de la música.

Para nosotros, los legos de la música, la dificultad en alcanzar este éxtasis es que buscamos traducir el lenguaje musical al verbal, pero esa traducción es imposible. Cuando a Beethoven le preguntaron que quería decir con su sonata Appassionata, simplemente se sentó al piano y tocó los primeros compases de ella. Y cuando a Silvestre Revueltas un periodista le preguntó qué significaba su música, le respondió: “¿Usted cree que si yo pudiera expresar mis ideas con palabras, me pasaría noches enteras escribiendo esos cientos de notas?”.

Por esto no se puede hablar ni escribir de la música. Cuando con torpeza inconsciente lo intentamos, en realidad solemos hablar de historia de la música, de filosofía, de sociología, de lógica, de teoría de las comunicaciones, de estética, de semántica y hasta de psicología, pero no podemos hablar de la música misma, porque no existe un código traductor de las ideas musicales a ideas verbales. Son de naturaleza diferente.

La música debe ser oída. De nada valen las doctas escrituras de alguno que se diga experto en música si ellas no inducen a escucharla. La música es un arte y, por lo tanto, su forma de conocimiento es la sensibilidad, no la razón ni el método científico. La música debe ser gustada más que entendida y para eso es mejor exponerse a ella que leer a los eruditos. La música, como arte que se da en el tiempo y no en el espacio, se recrea cada vez que se ejecuta por la interacción entre el intérprete y el público. Lo mejor es participar en esa recreación exponiéndose a la música.

Cuando escribo de música, lo único que trato es de contagiarlos de mi pasión por ella, nunca de traducirles las ideas musicales; tratar de hacerlo sería necedad. Y si hoy tuve que hacer el ejercicio de humildad de confesar todo esto, es porque en la semana no tuve música de que escribir.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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