Jueves 16 de Agosto de 2018
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A Gerardo Nómada.
Por su honesto entusiasmo
y su compromiso intelectual

El intento reciente de mujeres argentinas por modificar el régimen jurídico en torno al aborto desató una polémica que agudiza la polarización social de forma notable. Es éste un tema en el que participan varones del ámbito intelectual desde distintas posiciones ideológicas. Por ejemplo, varones conservadores del ámbito clerical con su opositores naturales: marxistas materialistas, radicales y ateos. Lo interesante es ver como coinciden estas posiciones opuestas en la idea de controlar la fecundidad y el cuerpo de las mujeres a través de las leyes.

La pretensión de controlar desde el Estado la libertad intrínseca de los seres humanos ha resultado siempre en un fracaso. Es imposible negar la necesidad humana de poseer arbitrio absoluto sobre el cuerpo propio. Como dice el filósofo francés M. Merleau-Ponty: “no tengo un cuerpo, soy mi cuerpo”. Ningún hombre soportaría la negación de su autonomía, y menos la de su ejercicio sobre el cuerpo propio (masturbación, alimentación, o cualquier intromisión en plano privado de su voluntad o su deseo). Es tan cierto que ninguno de los deseos masculinos es contrariado, que no es el tema del abandono de mujeres embarazadas lo que se cuestiona. El ejercicio de una sexualidad masculina irresponsable no es tema de análisis de unos ni de otros. Ni al religioso ni al ateo, al cura o al marxista, les preocupa la inmoralidad patriarcal.

Pues resulta que hoy son las argentinas quienes defienden abiertamente, contra el sistema jurídico de su país, el ámbito más privado de la intimidad de los cuerpos dotados de conciencia. Históricamente las mujeres se han rebelado al insensato intento patriarcal de regular la reproducción pero en los cuerpos femeninos, no en el de ellos. Esta defensa inevitable de la propia autonomía tiene altos costos sociales: la muerte de mujeres especialmente pobres, según las estadísticas, que son quienes llegan a cometer atrocidades contra su propio cuerpo, que las llevan a arriesgar su vida. De la muerte de esos seres humanos (significativamente femeninos) somos corresponsables morales todas las personas. Este es el punto.

Si el tema del aborto despierta tanta efervescencia es porque alude a un problema que parece afectarnos a todos: mujeres y varones, religiosos y ateos, y hasta -según se ve en las discusiones- involucra a “reales” y “potenciales”. Esto es así porque precisamente tiene que ver con mucho más que el tema de la autonomía. Autonomía que por otra parte no está en duda, es el fundamento jurídico de nuestro tiempo. Los Derechos Humanos son precisamente eso: humanos (no sólo masculinos). Por ello el autoritarismo devaluado de opinadores de uno y otro lado sobre la “auténtica” definición de “vida” humana, de “libertad” y de “derechos”, resulta casi divertida. Las mujeres se enfrentan al Estado y no le preguntan al revolucionario ni al cura si les permiten abortar, sólo lo hacen o mueren en el intento.

Pero ¿por qué es tan importante -para quienes no tendrán que verse nunca en la compleja e individualísima disyuntiva moral que gustan discutir- definir la respuesta? Más allá del autoritarismo patriarcal de esas posiciones que niegan la humanidad o la subjetividad de las mujeres y la capacidad deliberativa de su conciencia (ética y religiosa); si queremos definir el significado de la vida humana, el valor de la libertad, y con ello determinar la responsabilidad social y humana (de varones y mujeres) en las funciones y decisiones personales en torno a la reproducción; es obligado preguntarse por la importancia del deseo. La voluntad humana es la clave de la superación del superhombre, como quería Nietzsche. Y esto significa que, efectivamente, el tema del aborto no es un tema sólo de mujeres. Ni mucho menos tan sólo de los hombres (como había sido hasta ahora).

Es el significado de la vida humana el que está en juego, y éste, el significado, no depende ni de la biología ni del derecho. Depende de nuestros valores, creencias y aspiraciones, presentes y futuras. Finalmente lo que signifique vida humana depende de lo que los seres humanos nos propongamos que sea: un mundo de seres obligatorios, producto de violaciones, abusos, ignorancia, torpeza y autoritarismo como hasta ahora, o un mundo -aún por construir- en el que mujeres y hombres sean conscientes de una responsabilidad que los trasciende como individuos. La vida humana no puede ser producto de una obligación (legal), ni podemos hacerla depender de asignarle a mujeres y niñas la responsabilidad de cuidar criaturas de cuyo deseo no fueron responsables. La vida auténticamente humana es precedida por un deseo auténtico de vida. Si el no nacido tiene algún derecho, sería éste: ser deseado, amado por quienes lo engendraron.

En un mundo justo y bello la maternidad es voluntaria. No sólo libre, sino además deseada. Como dicen las Católicas por el derecho a decidir: María fue consultada para ser madre de Dios… Decidir es derecho de todas.

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