Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Futbol mata música
Martes 17 de Mayo de 2016
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El pasado miércoles 11 de mayo llegué temprano al concierto que ofrecería la Orquesta de Cámara de la Universidad Michoacana (OCUM) en el Auditorio Nicolaita del Centro Cultural Universitario. En el vestíbulo me recibió la gerente de la orquesta, presa de pánico: ¡no había público y no sabía por qué! Ante tal desinformación le aclaré que era el futbol quien le restaba clientela, pues esa noche, y apenas una hora después, Monarcas Morelia jugaría su primer partido de cuartos de final en la liguilla por el campeonato; el juego sería en Morelia. Parecía que futbol mataba música.

Pero no fue así del todo. A las 08:00 de la noche el auditorio ya mostraba una buena entrada, no completa como se acostumbra, pero para nada desconsoladora. Donde sí futbol mató música fue en el público de dignatarios universitarios, que durante esta gestión de Rectoría han estado siempre presentes y puntuales y ahora ninguno se presentó. Su fila reservada, sin demanda popular, permaneció vacía.

El concierto se dio bajo la dirección del titular de la OCUM, el maestro Mario Rodríguez Taboada, y el programa lucía interesante y agradable. Abrieron con una Sinfonía de Tomaso Albinoni (1671-1751). Cabe aclarar que el término sinfonía en la época barroca no corresponde al concepto que de ella tenemos ahora. Eran los primeros pasos de una evolución que partía del concerto grosso, que eliminaba solistas y buscaba una obra de conjunto sin protagonismos. Es más, la sinfonía que escuchamos ese miércoles parecía un cuarteto de cuerdas con los atriles multiplicados y con director, que en la época de Albinoni no se usaba. Es pues, una obra de transición al clasicismo. Es hermosa, con un lirismo veneciano seductor y una riqueza armónica muy luminosa, que la hacen encantadora y que refuerza nuestro enamoramiento del barroco. La buena interpretación por la OCUM con el maestro Rodríguez Taboada al frente permitió disfrutarla a cabalidad.

Siguieron con el “Concierto para trompeta, fagot y orquesta de cuerdas”, de Paul Hindemith (1895-1963). Los solistas invitados fueron Gregory Harrington, estadounidense radicado en México, donde ha sido desde hace años un personaje itinerante de nuestras orquestas sinfónicas, y Everardo Gastélum, mexicano de Sonora, egresado del Conservatorio de las Rosas y residente en nuestra ciudad, donde se desempeña como ejecutante y docente de la música.

Hindemith fue un icono del modernismo a ultranza durante su vida en Alemania entre las dos grandes guerras europeas. Ejemplo del expresionismo alemán en la música, siempre cultivó la música atonal, pero es también el iniciador de una corriente que se llamó Nueva Objetividad, que rechazaba la expresión de estados de ánimo por la música y se centraba en la dimensión social. Por razones ideológicas y de seguridad personal emigró a Estados Unidos en 1940, adquirió la nacionalidad del lugar y relajó la rigidez modernista en su música. De esa época data el concierto que escuchamos el pasado miércoles, que, siendo atonal y por lo tanto inalcanzable para mi sensibilidad musical tradicional, tiene pasajes y giros que me permitieron escucharla con interés y sin disgusto, particularmente aquellos de participación de los solistas. Son pasajes de ligereza, lucimiento, interacción y con expresión anímica. Aunque no soy experto en esta música, me pareció bien interpretada por los solistas y la orquesta y fue muy aplaudida.


Después de un intermedio breve regresaron orquesta y director para la última obra del programa. Pero como iba siendo tan corto que amenazaba con superar el récord de brevedad de la velada de quince días antes, ofrecieron un extra: el vals de la “Serenata de cuerdas” de Tchaikovsy, que se dio sin pena ni gloria y que yo creo que no quedaba en el programa de esa noche.

Llegamos a la pieza final: “Suite No. 3 de danzas y arias antiguas para laúd”, de Ottorino Respighi (1879-1936). Se trata de la transcripción y arreglo de piezas barrocas conocidas e identificadas para ponerlas en modos armónicos modernos, ad hoc al gusto de melómanos ligeros de principios del siglo XX. La verdad es que son más hermosas las versiones originales y creo que estos arreglos sólo obedecieron a motivos comerciales.

Voy a terminar parafraseando un pensamiento de la madre de Rodolfo Mederos, notable músico y musicólogo argentino especialista en tango: “Si Respighi se atrevió a arreglar danzas y arias de notables compositores italianos de la época barroca, ¿sería porque las habían escrito desarregladas?”.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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