Viernes 10 de Agosto de 2018
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Viajar sola una experiencia sumamente enriquecedora y yo se lo recomendaría a mis congéneres: permite disfrutar de la propia libertad, sin tener que tomarle parecer a nadie y una decide su propio itinerario; se aprende de la buena administración, la seguridad personal y el cómo tomar decisiones asertivas, además de que el silencio le permite a una ahondar en el diálogo interior. Es un camino perfecto para conocerse más e identificar los propios límites y alcances; y cuando se superan los retos que salen al paso, nos empoderamos.

He tenido la oportunidad de viajar sola en diversas ocasiones por motivos de trabajo o de turismo, ya sea a lugares en México o en el extranjero, por lo que el anecdotario de viajes está repleto de gratas memorias, aunque con algunos sustos que afortunadamente no pasaron a mayores.

Me sucedió en Moscú por ejemplo en donde fui confiada en el hecho de que el idioma inglés resolvería todo, y al llegar a la ciudad e interactuar en el hotel y en las calles, me di cuenta de que todas las personas me hablaban en ruso, y los letreros e indicaciones estaban en ese idioma también por lo que fue algo complicado orientarme por ejemplo en el metro. Ahí me topé con una cultura que a mi gusto me pareció algo hostil ya que en las tiendas hasta me sentí vigilada como si fuese intrusa. Incluso me dieron un manazo una señora loca en un puesto ambulante por querer tomar un dije y verlo de cerca; pero ya cuando estuve en la Plaza Roja, me maravillé con las bellezas de la ciudad y degusté su gastronomía, se me pasó el mal rato.

Mujeres
Mujeres "mochileras" viajando solas corren muchos riesgos
(Foto: Especial)

En Estados Unidos un policía de migración solamente por verlo (yo de boba pensando en la inmortalidad del cangrejo) me obligó a abrir mis maletas e inspeccionó hasta los forros, siendo que ya había pasado los filtros de inspección. En Canadá otra policía de migración me mandó a la fila de segunda revisión porque sospechaba que yo tenía planes de quedarme como ilegal, sólo porque titubeé al dar información de los sitios que pensaba visitar en Toronto (¡pues si apenas iba a conocer la ciudad!); por lo que a partir de entonces me muestro más segura y doy respuestas más puntuales en mis viajes, y en mi vida diaria.

En El Cairo jamás había sentido tanto miedo por el mito de cómo ven a las mujeres los musulmanes, y entré en pánico al punto que al principio no quería ni salir de mi cuarto de hotel; sin embargo, venciendo mis miedos y siendo prudente, pasando los días tomé tal nivel de confianza que hasta me fui a visitar sola las pirámides, acompañada por un taxista que contraté por un día. El hombre me cuidó tanto, que hasta hizo de mi guardaespaldas personal al ahuyentarme a los vendedores y lugareños que a fuerza querían que me tomara la foto con sus camellos para después cobrarme las imágenes.

En Río de Janeiro me enfermé de intoxicación por mariscos en la madrugada, y tuve que ingeniármelas sola para salir a buscar una farmacia y saber qué comprar.

Recuerdo mi primer viaje al otro lado del charco: a mis diecinueve años fui con una amiga con quien al final de cuentas no resultó tan amistosa y en el primer tramo por Italia me hizo la vida imposible. Al aterrizar en París en el aeropuerto lo primero que hice fue llamar a mi madre en la madrugada y romper a llorar. Me sentía sola y vulnerable, pero ella en vez de consolarme me regañó: - ¡Demonios! Si traes dinero y manejas el idioma, ¿Por qué sufres? ¡Vete por tu cuenta!-, y así comenzó la historia.

Viajando en grupo es difícil compaginar los gustos: a mí me encantan los museos y las librerías, y puedo pasar horas en ellos; hay gente que prefiere los grandes almacenes y las compras. Me gusta comer sobre la marcha aunque sea un sándwich pero no perder el tiempo, seguir caminando y conocer; hay quienes se interesan por los restaurantes más famosos y caros. Me he vuelto muy práctica para empacar, y con un par de jeans soluciono todo; hay quienes no pueden viajar sin sentirse como María Félix.

Así que viajar es uno de los mayores placeres de la vida, y como mujer reclamo mi derecho a poder hacerlo sola, sin sentirme amenazada. No es posible que haya quienes piensen que ver a una mujer sin compañía es una invitación sugerente, y que haya bestias que ultrajen, abusen o maten a viajeras solitarias. Esta semana causó conmoción en las redes sociales la triste noticia de la chica mexicana de 25 años María Trinidad Mathus Tenorio, quien murió asesinada y ultrajada por un asalto en las playas de Costa Rica el domingo pasado, y aunado a ello, se asomaron como suele suceder los comentarios misóginos y sexistas en los que se cuestionaba por qué viajaba sin compañía, infiriendo que “ella misma se lo buscó”.

En México no cantamos mal las rancheras: cuántas mujeres turistas extranjeras han sido asaltadas, violentadas y asesinadas en nuestro territorio. ¿Y qué decir de las mujeres migrantes mexicanas o centroamericanas que a razones de necesidad han sido violadas, robadas, secuestradas y asesinadas?

Los países (incluyendo el nuestro) tienen que garantizar la integridad y la seguridad de cualquier mujer que viaje en solitario, y redoblar los mecanismos para poder recibir ayuda ante cualquier contingencia. También hace falta trabajar mucho en combatir la cultura machista así como sus premisas que promueven la idea de que una mujer sola no vale nada.

En mi cotidiano he hecho más cosas además de viajar sola: ir al cine, comer en un restaurante, ir a consultas médicas, pero particularmente en México y en Morelia es donde más se puede percibir la mirada inquisitiva y de extrañeza de quienes nos ven, lo cual resulta bastante incómodo.

Por lo pronto planeo seguir viajando, ya sea sola o en compañía, y ejerceré ese derecho mientras pueda hacerlo, aún y a pesar de las asechanzas de las personas que no saben apreciar a las mujeres en su justo valor por el hecho de estar “solas”.

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