Ramón Guzmán Ramos
La cultura en la etapa de transición
Sábado 21 de Julio de 2018
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La acción masiva ocurrida el primero de julio en las urnas ha marcado el inicio de un proceso de transformación sui géneris en el país. Falta definir la profundidad y el alcance que habrá de tener este cambio intempestivo. Y falta establecer, por supuesto, la naturaleza que habrá de adoptar. Habría que empezar por indagar el impacto que esta revolución cívica ha tenido en la conciencia de la sociedad. ¿Qué es lo que piensa la gente de lo que ha ocurrido a partir de los comicios y las perspectivas que se proyectan en el futuro inmediato?

Habría que subrayar el hecho de que una franja considerable de la sociedad no ha visto con agrado los resultados de las elecciones y lo que se perfila a partir de este evento. El temor a perder los privilegios que el viejo régimen les otorgaba como recompensa por justificarlo y defenderlo ha provocado agresivas reacciones de resistencia y rechazo. Es una reacción clasista que se refleja principalmente en los medios de comunicación masiva. Es como si la guerra sucia que tuvo su peor capítulo durante las campañas se prolongara en esta etapa poselectoral, centrada ahora, exclusivamente, en contra del presidente electo.

La nueva política cultural que está necesitando el país requiere de una visión mucho más amplia de la naturaleza de la cultura...
La nueva política cultural que está necesitando el país requiere de una visión mucho más amplia de la naturaleza de la cultura...
(Foto: TAVO)

Muchos siguen calificando las cosas que ocurren a través de los viejos esquemas que tenían. Los cambios que marcan hitos históricos en la sociedad requieren de formas de pensamiento nuevas, de nuevas teorías y modos inéditos de concebir la realidad emergente. Hacer la crítica de la historia que da un salto trascendental hacia adelante con los viejos esquemas de pensamiento es condenarse a la prisión oscura del pasado. Lo anterior no significa que haya que partir de cero. Es necesario incorporar al pensamiento nuevo los elementos de los paradigmas anteriores que nos puedan servir. La construcción del nuevo edificio tiene que hacerse con un diseño integral que tenga visión de futuro.

Se corre el riesgo, por otro lado, que el cambio tenga una sola dirección: de arriba hacia abajo, incluso si se incorpora esta necesaria modalidad de la consulta. Que el nuevo gobierno abra algunos de los procesos más controversiales a consulta, pero que sólo tome en cuenta los elementos que encajen en su diseño previo. Habría que ir más allá de la consulta. No sólo preguntar a la sociedad si está de acuerdo o no con lo que propone el nuevo gobierno, sino que la sociedad se haga de sus propios espacios para deliberar sobre los asuntos en cuestión y construir mandatos ciudadanos. La democracia deliberativa, como diría Habermas.

Para que algo así fuera posible, se impone la recuperación de lo que el mismo Habermas denominó la esfera pública. Los grandes debates sobre los asuntos públicos de mayor importancia han de tener un auténtico contenido social y han de ser protagonizados por quienes resultan afectados por la problemática que se aborda. ¿Cómo promover estos debates, que derivarían en una toma de conciencia colectiva, en todos los espacios de encuentro y convivencia social: la colonia, la comunidad, la escuela, la familia, el centro de trabajo, las plazas públicas, los centros recreativos, etc.? He aquí el desafío.

La propuesta de cultura que tiene el nuevo gobierno de AMLO pretende dar una respuesta a esta cuestión. Sin embargo, como veremos más adelante, no es en realidad una propuesta original. La nueva secretaria de Cultura que ha propuesto el presidente electo será Alejandra Frausto Guerrero. Ella ha sido hasta el momento directora ejecutiva del Seminario de Cultura Mexicana. Egresada de la Facultad de Derecho de la UNAM, sin haberse titulado hasta la fecha, es considerada como una especialista en la promoción de la cultura popular y la transformación del espacio público.

Fue directora del Departamento de Difusión Cultural del Claustro de Sor Juana a partir de 1998; en 2011 fue nombrada directora del Instituto Guerrerense de Cultura en el gobierno de Ángel Aguirre Rivero; en 2013 obtuvo el cargo de directora del Departamento de Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), que presidía Rafael Tovar y de Teresa. Ella plantea que en el nuevo gobierno la cultura debe ocupar un lugar estratégico. Como secretaria de Cultura, se propone utilizar la cultura para recuperar la confianza de la ciudadanía, superar la fragmentación social y combatir la violencia; recuperar los espacios públicos y superar la vieja y falsa dicotomía entre “alta cultura” y “cultura popular”. Reconoce que no sólo se trata de llevar eventos culturales a todos los espacios donde sea posible, sino aprovechar las producciones y expresiones culturales que ya existen en las comunidades y los municipios. Habla de retomar algunas modalidades de redistribución de la cultura como las misiones culturales y los circuitos culturales.

En el fondo, su propuesta de cultura para la nueva época que se abre en el país es un refrito de aquel proyecto que Conaculta echó a andar por un tiempo en el país con la pretensión, también, de recuperar los espacios públicos y regenerar lo que se conocía como tejido social. Ese proyecto se denominó Cultura para la Armonía y tuvo su lugar de arranque en Apatzingán en 2014, cuando Alejandra Frausto estaba a cargo del Departamento de Culturas Populares. Alguna vez le preguntaron cuándo y de qué manera se obtendrían los resultados que el programa de marras se proponía, y ella simplemente dijo que al final del presente sexenio. El caso es que el programa, al que se le otorgó un presupuesto de 179 millones de pesos, se abandonó sin mayores explicaciones y sin los efectos positivos que en su momento fueron anunciados.

La nueva política cultural que está necesitando el país requiere de una visión mucho más amplia de la naturaleza de la cultura y los modos como encarna y se expresa en la sociedad y en sus componentes diversos. En efecto, hace falta llevar las acciones a todas las latitudes y rincones de la geografía mexicana, promoviendo y enriqueciendo las formas como se expresa en cada lugar, pero sin descuidar su dimensión universal y las repercusiones que tiene en el desarrollo del individuo y las sociedades humanas. Hay que enriquecer las culturas locales, pero no hay cultura que pueda florecer aislada del mundo y sin la necesaria comunicación con otras culturas.

En México, la cultura pudiera ser un componente importante en los planes para lograr una sociedad sin violencia y con oportunidades para todos. Pero es necesario que la política cultural sea definida desde abajo, con la participación directa de las comunidades, los promotores culturales y los artistas. O estaremos ante proyectos y acciones que ya se probaron en el pasado reciente y que fueron abandonados de la manera más irresponsable.

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