Eduardo Nava Hernández
Donald Trump ante López Obrador
Jueves 19 de Julio de 2018
A- A A+

Al cumplirse un año y medio de su gobierno, si algo continúa siendo irrefutable —y como se vio en Helsinki el lunes 16 de julio— es que el presidente estadounidense Donald Trump es imprevisible. Pero hay, al menos, una excepción a esa regla: su demostrada aversión a México, a los mexicanos y centroamericanos y, en general, a los inmigrantes pobres que llegan a su país en busca de oportunidades o escapando de la violencia dominante en sus países de origen. Desde su campaña en 2016 esta aversión, traducida en bandera política, le fue de suma utilidad, quizá más que ninguna otra, para conquistar la candidatura del Partido Republicano y ulteriormente la presidencia.

Por ello resultó sumamente notorio el que el pasado viernes 13 de julio una delegación de alto nivel enviada por Trump y compuesta por su secretario de Estado, Michael Pompeo, el del Tesoro Steven Mnuchin, su secretaria de Seguridad Nacional Kirstjen Nielsen y su yerno y asesor Jared Kushner, quien ya tenido responsabilidad en la relación con el gobierno mexicano, se entrevistó con López Obrador en las oficinas de éste, aun cuando no ha sido declarado ni siquiera presidente electo. La visita de los funcionarios estadounidenses, en un ambiente de cordialidad, contrastó, además, con la frialdad con que en general Trump ha manejado hasta ahora su relación con el presidente Enrique Peña Nieto.

La entrevista debió tener muchas motivaciones sin duda, dada la complejidad de las relaciones entre ambas naciones que, en este como en otros periodos de la historia, se ha caracterizado por la desconfianza mutua y la tirantez entre sus respectivos gobiernos. “Vecinos distantes”, llamó el ex embajador Alan Riding a esa relación en un famoso libro de 1984. Pero también destacó que el anfitrión aprovechó para tomar la iniciativa, al entregar a sus visitantes una carta dirigida a Trump en la que se presenta su propia agenda de discusión. Al parecer, los puntos de ésta serían libre comercio, migración, cooperación con México y Centroamérica y seguridad.

A lo largo de la campaña, seguramente por una actitud pragmática y por cuanto las encuestas siempre dieron a López Obrador el lugar más adelantado, el gobierno trumpista se mantuvo a la expectativa y sin ningún signo de hostilidad contra el tabasqueño, ni de ser más favorable al triunfo del PRI o del PAN, sin duda más afines ideológica y políticamente con la nación norteamericana. Esto corresponde, por supuesto, a una política ortodoxa; pero el multimillonario gobernante no se caracteriza, en esa materia y casi en ninguna otra, por la ortodoxia. Sus lemas: “Hacer a los Estados Unidos grandes otra vez” y “Estados Unidos primero”, los traduce en política exterior como una política de presión no sólo contra naciones adversarias o incómodas —entre estas últimas se encuentra para él nuestro país— sino incluso contra las aliadas, como se vio también en su recién concluida gira por el Viejo Continente, enfilada a someter a la Gran Bretaña, Alemania y toda la Unión Europea, aunque finalmente concluyó en una ridícula capitulación en Helsinki ante el presidente ruso Vladímir Putin, hoy visto con razón como el hombre más poderoso del mundo.

La melodiosa diplomacia con que aparentemente tratará Donald Trump al entrante gobierno lopezobradorista no debe llevarnos, empero, a pensar en una luna de miel entre ambos gobernantes. No es posible pensar en que el presidente estadounidense abandone en un instante su agresivo discurso antimexicano, que tantos réditos le ha dado en materia electoral, ni que haga de México una excepción en su referida política de presión a tirios y a troyanos para reimponer en el siglo veintiuno la nunca abandonada pero sí adecuada a lo largo del tiempo “Política del Garrote” formulada en 1900 y cuyo enunciado se atribuye al entonces presidente Theodore Roosevelt: “Habla suavemente y lleva un gran garrote; así llegarás lejos”.

La política real de Trump frente a México se irá develando al asumir el tabasqueño la presidencia, en diciembre próximo. Pero es necesario elaborar algunas hipótesis.

Siendo López Obrador sin duda un político nacionalista, que ha hablado de aspectos como la autosuficiencia alimentaria y la reactivación del mercado interno, parece haber entre él y el magnate estadounidense puntos de coincidencia aunque, por supuesto, cada uno para su propio país. Para Trump la defensa de la economía estadounidense se ha entendido como desechar, al menos parcialmente, el libre comercio, imponer aranceles (acero y aluminio, hasta ahora), frenar la importación de manufacturas en ramas donde claramente su país ha perdido su antiguo predominio (automóviles), etcétera. La oferta de reactivar por esta vía el empleo para los estadounidenses fue esencial en su éxito electoral en 2016 y espera que lo sea también en 2020, cuando aspira a ser reelegido. En esa lógica, México es, además de un exportador de migrantes —que “compiten” por el empleo de los estadounidenses, según él— y drogas que “envenenan” a una población que en realidad las busca con avidez, un competidor desleal, por lo bajo de sus salarios en el sector manufacturero. Eso no va a cambiar.

Donald Trump ante López Obrador
Donald Trump ante López Obrador
(Foto: Especial)

Como se ve, las coincidencias no son, en este caso, convergencias, sino motivos de competencia. ¿Sobre qué bases podrían, entonces, fincarse relaciones de auténtica cooperación y complementariedad, cuando, por el contrario, el propósito del presidente estadounidense es echar abajo el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica y sustituirlo por tratados bilaterales donde pueda negociar desde una posición de fuerza aún mayor? Eso también difícilmente cambiará.

Creo, en cambio, que la amistosa y cortés visita de los altos funcionarios estadounidenses al candidato triunfador mexicano puede haber tenido dos propósitos, ambos de carácter político. Uno, simplemente hacerse presentes para hacerle sentir que en el futuro lo estarán analizando, y en su caso presionando, con la fuerza de las más altas instituciones del gobierno yanqui: el Departamento de Estado, el del Tesoro, el área de Seguridad y la propia Casa Blanca. Si ahora esa presión no se ejerce, es porque López Obrador aún no toma el aparato de Estado; pero podría ocurrir a partir de diciembre, cuando éste asuma plenamente las responsabilidades de gobierno, incluidas las relaciones externas y las negociaciones económicas.

Pero es muy probable que para el Departamento de Estado no pase inadvertido que López Obrador puede asumir, con su contundente triunfo del 1 de julio, un papel de liderazgo en el conjunto de Latinoamérica, donde se libra una lucha política encarnizada entre las fuerzas del conservadurismo y la reacción y los destacamentos populares agrupados en poderosos movimientos sociales y partidos que ya han ejercido o disputan el poder, particularmente en Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador y por supuesto Venezuela. En Uruguay se conserva un gobierno de centro-izquierda bien consolidado. En Brasil, aun estando en prisión, Lula da Silva sigue siendo el político más popular y el favorito para las próximas elecciones. En Colombia, en los recientes comicios, la izquierda encabezada por Gustavo Petro creció como nunca antes en su historia y amenazó con desplazar a las tradicionales opciones derechistas. En Bolivia el gobierno de Evo Morales y su partido Movimiento al Socialismo se mantienen inamovibles, conservando el respaldo popular. En la Argentina los sindicatos peronistas, bases del Partido Justicialista y del Frente Unión Ciudadana, desafían abiertamente al ultraderechista presidente Macri. En Venezuela, pese a las presiones internas y externas —sobre todo del Departamento de Estado y de la OEA—, y pese a sus propios errores, sigue en el poder el bolivariano Nicolás Maduro. El gobierno cubano ha realizado el relevo de Raúl Castro a Miguel Díaz Canel de manera ordenada y sin sobresaltos, conservándose intacto el poder del gobierno revolucionario. En Nicaragua la insurrección contra la neodictadura de Daniel Ortega y su putrefacto sandinismo ha comenzado, y parece inminente su caída; pero es incierto qué tipo de gobierno lo sucedería, si uno adicto a la política del imperialismo estadounidense o alguno de otra línea.

En ese escenario de pugna por la hegemonía de la región y de incertidumbre para los intereses estadounidenses, la presidencia de López Obrador puede asumir un papel decisivo, que incline la balanza hacia el centro-izquierda y las izquierdas. Su gobierno tendrá que abandonar el alineamiento y activismo antivenezolano de Peña-Videgaray y reasumir los principios tradicionales de la política exterior mexicana de sus mejores tiempos: la autodeterminación, la no intervención, la igualdad jurídica de los Estados y la solución pacífica de los conflictos. En organismos multilaterales, particularmente en la OEA, la voz de México puede volver a sonar con fuerza y sobre todo con independencia de la política estadounidense.

Esto no puede pasar inadvertido para el jefe de la diplomacia estadounidense, Pompeo, quien ha sido director de la Agencia Central de Inteligencia, la CIA que en su historia tantos gobiernos han contribuido a derrocar en la región latinoamericana y el resto del mundo. Es claro que les interesa a los jefes del gobierno yanqui estar pendientes de cada movimiento que López Obrador realice, particularmente en relación con Nuestra América. Pero esto es, después de todo, sólo uno de múltiples aspectos; aún hay muchas incógnitas en la siempre difícil relación México-Estados Unidos; en diciembre comenzarán a despejarse y podremos asumir posiciones más claras.

Sobre el autor
PENDIENTE
Comentarios
Columnas recientes

El desafío de la caravana migratoria centroamericana

La prueba salarial del gobierno lopezobradorista

Doce tesis acerca del 1968 mexicano

El núcleo de la corrupción en la Universidad Michoacana

Universidad Michoacana: marchas, opacidad y fraude a la nación

La primera insurrección socialista en la historia de México

Donald Trump ante López Obrador

Elecciones: el bloque de poder en disputa

La recta final, elecciones al borde del riesgo

Presea de ignominia y afrenta a la universidad

La Universidad, el Congreso y la memoria

Lo que el debate no se llevó

La sombra del fascismo en la Universidad Michoacana

Universitarios, ciudadanos y el fraude que viene

El TLCAN, Trump y el dilema salarial

Cómo malograr impunemente una institución benemérita y centenaria

El pragmatismo en la política mexicana

Transición a la dictadura

La Universidad Michoacana en la encrucijada

La candidata del Congreso Nacional Indígena y el EZLN

El futuro del Frente Ciudadano por México

La Propuesta Aguirre para la Universidad Michoacana

El INE hacia 2018

Efrén Capiz y Eva Castañeda

Gobernar con el cinismo

Maquiavelo en el Estado de México

Rebelión de los trabajadores de Walmart

La Universidad Michoacana bajo fuego

Natalio Vázquez Pallares, México y la segunda posguerra

Fuerzas Armadas: coerción y politización

Seguridad interior y militarización, un horizonte no deseable

Donald Trump, México y la tormenta perfecta

La crisis financiera de la Universidad Michoacana

Huelga de hambre en la Universidad Michoacana

Universidad Michoacana: el regreso de la represión y las expulsiones políticas

La toma en la Universidad Michoacana

La beligerancia de la clase empresarial mexicana

La crisis múltiple del régimen político

De víctimas y déficit de atención

Crisis multifacética y vías de acción popular

Guerra contra el magisterio

Cherán: entre la utopía y la institucionalización

Por qué defender las jubilaciones en la Universidad Michoacana

Universidad Michoacana: quebrantar la huelga

Segundo acto: La represión

Ayotzinapa: ¿qué sigue?

El tercer mundo no es un mundo de tercera

Cinismo destilado

Guerra antipopular prolongada

La segunda fuga de El Chapo: ¿Estado paralelo o narcoestado?

El régimen canallesco y las sublevaciones que vienen

El terror y el gobierno que no nos merecemos

Tiempo de crispación

Iguala, la sociedad política y el freno de la historia

Tlatelolco, Tlatlaya, Iguala…

La consulta del PRI sobre plurinominales, una nueva amenaza a la democracia

La crisis de representación y la autodefensa social

Recuento de daños

Cherán y el futuro de las autodefensas

El despropósito del desarme

“No dialogar bajo presión”

Autodefensas: el principio del fin

Universidad Michoacana: un conflicto nada gratuito

Pluralidad de poderes y legitimidad en Michoacán

Cierre de ciclos inconclusos

La entrega petrolera

2013: Rosa Luxemburgo revisitada

La División del Norte en 2013

Los Sentimientos de la Nación

El monólogo del poder y la resistencia social

Reformismo febril e ingobernabilidad

El cerco a San Lázaro: dique al autoritarismo legislativo

Entrega del petróleo y conciencia nacional

Arlen Siu como motivo: un recuerdo y una reflexión

Reforma petrolera: ¿Unión o desunión social?

Francisco Field Jurado, defensor del petróleo mexicano

El petróleo, la batalla que viene

El Pacto por México, cadáver insepulto

La consagración de la primavera: barbarie y revolución

Evaluación educativa e insurgencia magisterial

El intento de reconstrucción del presidencialismo omnipotente

El Gordillazo: sismo sin réplicas

Universidad Michoacana: la huelga de la opacidad

El zapatismo en los tiempos de la restauración priísta

El 1 de diciembre y las izquierdas

El rumbo incierto de las izquierdas

Ante la insurgencia social, ¿contrainsurgencia oficial?

De casas del estudiante, albazos y miseria presupuestal

Universidad Michoacana: la violencia y el Consejo de la infamia

Universidad Michoacana: reconstruir la comunidad

La ley, la gracia, la verdad

La transición mexicana: entre Montesquieu y Monex

México: la democracia granuja y el síndrome de Watergate

“Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”

Institucionalidad o ilegalidad

PRI, regreso sin gloria

El voto nulo y la abstención fortalecen la partidocracia

La elección se cierra

#yosoy132: el retorno de los jóvenes

La primavera estudiantil contra la reversión democrática

Casas del estudiante y crisis universitaria

El asalto a la Universidad Michoacana

Un atentado mortal contra el cooperativismo

Saldos y desafíos de la visita papal: México y Cuba

Lo que la partidocracia es

Tiempo de intercampaña y judicialización política

Noventa y cinco años de la Constitución y los trabajadores

Oaxaca: matar para defender al capital

El informe de la CNDH sobre Chilpancingo

2012: 50 causas para la indignación

Chilpancingo, la violencia de Estado

Las izquierdas después de Michoacán

Gobierno de coalición y proyectos de nación

El método del “mejor posicionado”

Degradación de la justicia en la Universidad Michoacana

Genovevo Figueroa: la historia negada

Genovevo Figueroa: la historia negada

Genovevo Figueroa: la historia negada

Genovevo Figueroa: los hechos de 1989

Genovevo Figueroa: los hechos de 1989

PRD Michoacán: fin de ciclo

Un recuerdo para Adolfo Sánchez Vázquez

El bloque de poder, la debacle y la izquierda electoral

Del pacto de Juárez al diálogo público

Cinco años de impunidad, no de olvido

Llegando al límite

PAN y PRI: precarizar el trabajo

Las alianzas estratégicas

Anexión de baja intensidad

La tragedia del PRD y la izquierda mexicana

A diez años de la fuga del Chapo

El eterno problema del transporte

UM: pasmo, farsa y retroceso

La Universidad Michoacana en su laberinto

Elogio de Lula

1810: la insurrección popular

El mensaje presidencial y el de la muerte

Ya no, Cayetano

Desincorporación o interés público

La huelga de hambre

El rector José Narro ante la UM

El Gran Hermano del neoliberalismo

La acometida contra el trabajo

La lucha sigue

Acuerdos bajo la mesa y crisis política

Dos y dos no siempre suman cuatro

Para 2010: Reforma, libertad, justicia y ley

El CUPIA, la toga y la soga

El SME y el movimiento social

Sólo el Estado (de excepción)