Alma Gloria Chávez
Contando y recordando
Jueves 19 de Julio de 2018

Alguna vez escuché decir a alguien: “Recordar es pasar los pensamientos por el Corazón”.

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Hace poco más de treinta años empecé a trabajar en el Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro: el sitio que desde pequeña, algunos de mis mayores me enseñaron a conocer y apreciar, sobre todo por el hecho de que ahí se entrelazan tres épocas de la historia local y regional, que para muchos, todavía, permanece poco conocida.

Desde mi infancia conocí ese Museo, primero, por el maestro Salvador Solchaga González, quien fue mi maestro de dibujo y pintura en los años sesenta; también por el maestro Antonio Salas León, quien fue mi maestro de matemáticas en la escuela secundaria. Y posteriormente, quien verdaderamente me enseñó a amarlo, fue la maestra Teresa Dávalos Maciel, quien fue, además de directora del sitio, una excelente promotora cultural, que se encargaba de convencer a cualquier niño, niña o adolescente que pasara por el lugar, para entrar a recorrer las salas llenas de artesanías de la región y luego dibujar o escribir lo que nos haya gustado del recorrido.

De estos tres personajes, además de familiares como mi abuelita paterna, mis padres, y algunos otros adultos, debo agradecer mi gusto por escuchar historias, porque hoy reconozco en todos ellos esa especial manera de transmitir cuentos, anécdotas, historias y leyendas que hacían las delicias de quienes, en aquellas épocas, teníamos sabiamente regulados los tiempos que se dedicaban a la televisión… y en cambio, se preferenciaban las reuniones familiares alrededor de la mesa y después de las comidas.

Seguramente algo que también marcó mi inclinación lectora y a la vez mi gusto por contar, fue la sugerencia de mi padre al terminar la secundaria: ofrecerme como colaboradora voluntaria en la biblioteca del CREFAL, que entonces estaba a cargo de la maestra Alicia Coria. Con ella descubrí el placer de compartir parte de todo ese acervo que la Biblioteca poseía, en especial la literatura infantil y juvenil, ya que una de sus iniciativas de promoción a la lectura, consistía en llevar libros de temas variados en una biblioteca móvil: una camioneta cerrada, adaptada para tales fines y que causaba tal admiración, que su sola presencia atraía a los pequeños de las poblaciones adonde acudíamos una vez por semana.

Así, motivada siempre por personas que cultivan el hábito de la lectura y de la narración, ha transcurrido mi vida: formando parte de grupos teatrales y de lectura de atril en Pátzcuaro y en Morelia, adonde nació mi hijo, al que desde mi embarazo empecé a leer en voz alta; colaborando como locutora en algunos programas de Radio Nicolaita en Morelia y en Pátzcuaro, abriendo la Sala de Animación a la Lectura (junto a la maestra Lupita Martínez) en el Antiguo Colegio Jesuita; acudiendo como invitada a algunas comunidades para dar lectura a historias y leyendas, o contando cuentos tradicionales a los pequeños… además, claro, en espacios sabatinos que por iniciativa personal propuse desde mi llegada al Museo.

Personalmente, creo que el escuchar y el contar son necesidades básicas para el ser humano. Luego viene la escritura, como intento de perpetuar la memoria. Sabemos que en todas las culturas se ha mostrado un profundo interés por el relato de historias, seguramente porque el acto narrativo llega a lo más profundo de la mente humana, que con lo que escucha se ve motivada a encontrar explicaciones, transmitir o estimular experiencias de vida y generar conocimientos, además de “dar rienda suelta a la imaginación”.

  Contando y recordando
Contando y recordando
(Foto: Especial)

Trabajando en el área de Divulgación para el Instituto de Antropología e Historia, desde el Museo de Pátzcuaro, y como promotora social y cultural desde hace cerca de cinco décadas en mi ciudad natal, hoy entiendo mucho mejor la importancia de incorporar el cuento y la narración en toda labor educativa. Porque aun no sabiendo leer ni escribir, todo individuo puede comunicarse mediante la oralidad. Pensemos que así fue como como aquellos ancestros “analfabetas” resultaron depositarios y transmisores de una poderosa tradición oral, de la cual nacieron mitos, cuentos y leyendas, que después darían origen a la literatura.

Contar, dicen quienes profesionalmente lo hacen, es una experiencia única que devuelve a la palabra el lugar que ha venido usurpando la “era de la imagen”. Y para contar o narrar, no se necesita mucho: solamente disponer de una escucha atenta, sobre todo para las historias que cuentan los mayores y personas de experiencia; mantener alerta nuestra imaginación; tener a la mano un modesto acervo bibliográfico y, sobre todo, tener la disposición y el gusto por hacerlo, con la confianza de que “todo en la vida es corregible”.

Siendo considerado un arte entre las más antiguas culturas del mundo, contar sigue siendo una de las herramientas favoritas de todo educador que apuesta al desarrollo de la imaginación, inteligencia y creatividad de sus educando. Actualmente, en poblaciones orientales, aún se pueden encontrar grupos de personas reunidas por el simple placer de asistir a una narración. Y en países europeos que están pasando por serios problemas derivados de crisis económicas y conflictos sociales, hay redes ciudadanas que convocan a las personas de cualquier edad para que, en lugares determinados, se organicen “conversatorios” en los que se puede participar hablando sobre un tema previamente seleccionado y dando un determinado tiempo a cada participante.
Actualmente y debido a que todo niño y niña tienen acceso a tantos medios de información, resulta mucho más importante ejercitar y promover los hábitos de la lectura y de la narración, que nunca dejarán de ser las herramientas más valiosas para el sano desarrollo del individuo y de su personalidad.

Cada vez que me presento ante un grupo de niños/as, cuyas miradas encierran tantas expectativas e interrogantes, hago mi mejor esfuerzo para que el tema del que voy a hablar, fluya de manera espontánea, libre de palabras rebuscadas o incomprensibles para su edad, sin perder de vista que ese acto narrativo puede ayudarles a recuperar la alegría y la pasión, sintiéndose capaces de cambiar las cosas y su propia historia.

Contar, leer y narrar, forman parte de ese patrimonio cultural “que no se toca ni se ve”, pero que resulta tan valioso como cualquier otro objeto preciado. Estos tres elementos nos ayudan a imaginar otras épocas, indumentarias, ceremonias, paisajes, danzas y rituales, otras vidas, otras creencias y experiencias de culturas tan antiguas como la purépecha.

Me gusta contar, porque así puedo tocar, de alguna manera, el corazón de alguien más.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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