Sábado 14 de Julio de 2018
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En el año 2000 la primera alternancia se produjo hacia la derecha. La llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República, postulado por el PAN, generó grandes expectativas de cambio en la sociedad mexicana. Durante 71 años el país había sido gobernado de manera hegemónica por el PRI. La ausencia de una democracia auténtica y la violación sistemática de los derechos fundamentales de la población hacían del régimen político una criatura semejante a la dictadura. Pero Fox no se atrevió a modificar la estructura sobre la que descansaba el régimen de dominación priista. Con Felipe Calderón la marca de derecha tuvo continuidad, aunque no hizo sino profundizar la crisis de inseguridad y de violencia en que nos encontramos atrapados todavía. La decepción por el cambio que no se produjo provocó altos niveles de desconfianza y rechazo hacia la clase política recién formada. El retorno del PRI al poder acabó de hundir al país en la ingobernabilidad y el desastre.

Dieciocho años después, con el ánimo de la población al tope de su resistencia, al borde de un estallido social, se produce la segunda alternancia, ahora hacia la izquierda. Cuando hablamos aquí de derecha e izquierda nos referimos a los dos polos extremos del espectro ideológico, que van desde el conservadurismo y la restauración del viejo régimen hasta la perspectiva de un cambio a fondo en pro de la igualdad y la justicia social. Tanto en la derecha como en la izquierda, sin embargo, existen diversas corrientes que se plantean las acciones con moderación y gradualidad o con radicalismo y disrupción. ¿Qué tipo de izquierda es la que representa Andrés Manuel López Obrador y hacia dónde se propone dirigir esto que él mismo ha llamado la cuarta transformación? No han faltado los politólogos oficiales que afirman que los referentes de derecha e izquierda simplemente deberían desaparecer. Lo que prevalece es el pragmatismo y sus derivados. Pero a la hora de tomar una posición política con respecto a los problemas más sentidos de la sociedad, los partidos y demás organizaciones sociales se colocan necesariamente en algún punto del espectro de marras.

La izquierda donde se ubica AMLO no es la izquierda anticapitalista y marxista que prevaleció en el mundo durante la mayor parte del siglo XX y que pretendió confirmarse de origen en la Revolución Bolchevique de 1917. Por demás está decir que esta revolución terminó en una degeneración burocrática del Estado –que debía ser transitorio para dar paso a la sociedad sin clases- y en una forma perversa de igualar al pueblo en la escasez y el sofocamiento de la libertad. Esta deformación revolucionaria contaminó, también de origen, a las revoluciones socialistas que habrían de surgir después en otras latitudes del planeta. Ni de lejos está en la visión de AMLO plantearse la expropiación de lo que en términos marxistas se denomina los medios de producción, mucho menos hablar de lo que en la concepción dialéctica de la historia se refiere a la lucha de clases. Esto explicaría por qué algunas organizaciones sobrevivientes del ocaso del llamado socialismo real han tomado distancia del triunfo electoral de AMLO y mantienen una postura de crítica intransigente con respecto a la nueva realidad mexicana y sus posibilidades cambio.

Hacia dónde
Hacia dónde
(Foto: Especial)

Me parece que, aunque no lo declare abiertamente, la postura política de AMLO se acerca mucho más a la socialdemocracia. De la socialdemocracia AMLO ha tomado la estrategia para lograr el cambio de régimen político por la vía electoral y parlamentaria. Como apuntan las cosas, es lícito decir que la naturaleza y orientación del cambio que se propone se basan también en los principios y objetivos programáticos que la socialdemocracia plantea. Del liberalismo político la socialdemocracia retoma la libertad y la democracia; y del socialismo democrático, la justicia social, la equidad y la igualdad ante el derecho. No reconoce la lucha de clases como fuerza motriz del proceso histórico y, en vez de ello, pregona la solidaridad entre las distintas clases en que está dividida la sociedad. De ahí la actitud de acercamiento y compromiso lo mismo con los grandes empresarios que con los sectores no favorecidos de la sociedad. La socialdemocracia no se propone, como los marxistas, eliminar el Estado una vez que se cumple la etapa de transición revolucionaria, sino construir un Estado de bienestar y fortalecerlo. La transformación a fondo que necesita la sociedad se hace a través de reformas, de una manera gradual y por la vía parlamentaria, y no por medio de la revolución.

Por lo que se refiere al sistema económico, la socialdemocracia plantea un equilibrio entre la economía de mercado y el Estado de bienestar; se retoma el principio capitalista de libre mercado, pero, a diferencia del neoliberalismo, se establece una regulación desde el Estado. El Estado interviene en la economía para asegurarse de que la sociedad no resulte afectada por las consecuencias de las leyes salvajes que prevalecen en la economía capitalista. Existe coexistencia entre la propiedad privada y la propiedad estatal, lo que resulta en una economía mixta sin conflictos de grandes dimensiones. La socialdemocracia sostiene que es posible generar dentro del capitalismo las condiciones para que los trabajadores y la sociedad en general logren niveles óptimos de vida, incluso, para avanzar progresivamente hacia el socialismo.

La socialdemocracia tiene sus orígenes en la Segunda Internacional, que fue fundada en Inglaterra el 14 de julio de 1889, en el centenario de la Revolución Francesa, por Friedrich Engels y otros dirigentes alemanes como August Bebel, Wilhelm Liebknecht y Karl Kautsky. En 1876 había sido disuelta en Filadelfia la Primera Internacional. A la muerte de Engels, la Segunda Internacional asume algunos compromisos importantes como luchar por la jornada laboral de 8 horas, decretar el primero de mayo como el Día Internacional del Trabajo en honor a los obreros anarquistas asesinados en Chicago, y el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Bajo la orientación de Eduard Berstein, la Segunda Internacional renunció a la concepción marxista de la revolución proletaria y adoptó una línea revisionista y reformista, llegando a la conclusión de que era posible lograr buenas condiciones de vida dentro del capitalismo. Rosa Luxemburgo y Lenin denunciaron este viraje oportunista y se deslindaron de la organización. Durante la Primera Guerra Mundial los socialdemócratas abdicaron del internacionalismo y decidieron apoyar a sus respectivas burguesías. La Revolución Bolchevique dividió a la Segunda Internacional. A la postre, los partidos socialdemócratas encontraron su lugar dentro del capitalismo y se dedicaron a luchar por mejorar este sistema y hacerlo más justo. En 1951 se convierte en la Internacional Socialista.

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