Alma Gloria Chávez
Entre costuras
Jueves 12 de Julio de 2018
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A partir del 25 de mayo, fecha en que se inauguró la exposición temporal El tiempo entre costuras, en el Museo de Artes e Industrias Populares de Pátzcuaro, hemos recibido comentarios, anécdotas y reflexiones muy diversas, de entre quienes asistieron el día de la apertura, de quienes prestaron y/o donaron piezas textiles y objetos utilizados para ejercitar las distintas técnicas costureras, o bien, de visitantes al museo o de quienes acuden a él buscando especialmente esta Muestra de muestrarios.

Porque literalmente, lo expuesto desde la fecha mencionada, y que permanecerá abierta a todo público hasta la tercera semana de julio, es una muestra de aquellos muestrarios o dechados que hasta hace pocas décadas realizaba toda niña, guiada por los conocimientos y destrezas adquiridos por madres, abuelas o maestras de escuela, imprimiendo testimonio del bordado, del hilado, el deshilado, puntadas variadas y tejidos aprendidos con dedicación y paciencia.

Se conoce que los dechados, por lo general realizados en lienzos de forma rectangular, de lino o algodón, tienen en México una historia que se remonta a la época de La Colonia, aunque estudios arqueológicos han indagado su presencia en culturas precolombinas sedentarias, en las que hombres y mujeres plasmaban toda una simbología en la indumentaria ritual, mediante pigmentos y tejidos elaborados sobre todo en telar de cintura.

Los más conocidos, desde La Colonia, son los dechados en que se emplean hilo y aguja, y en el caso de México se convirtieron en reflejo de las tendencias en la educación femenina, llegando a ser testimonio histórico de la actividad económica, educativa y social del siglo XIX en el país. Al introducirse materias primas y técnicas textiles de otras latitudes a tierras americanas, se dio una vinculación de culturas que produjo el rico mestizaje iconográfico, visible en las prendas de las mujeres de las comunidades indígenas, convirtiéndolas en una “memoria colectiva de diseño”. En ellas se plasma el intercambio de formas, materiales y estrategias entre uno y otro ámbito.

“En cada muestrario encontramos información no sólo del bordado, sino de la educación, del arte, de su historia, pero sobre todo de la mujer que lo elaboró. Cuidadosa y celosamente guardados, o confinados al fondo de un cajón, cuando un dechado sale de su rincón, afloran con él añoranzas, recuerdos y sentimientos que nos han acompañado desde la infancia, época en que se nos proponía llegar a convertirnos en un dechado de virtudes”, cita el texto de una cédula.

La exposición, planeada con mucho detalle por Blanca Estela Tinoco, quien se encarga de la museografía, consta de 110 piezas textiles, siendo las más antiguas, parte del acervo del Museo. Por ejemplo, en uno de los dechados se puede leer perfectamente que fue hecho por la niña Josefina Cortés, en el año de 1916, a la edad de cinco años; esta leyenda, que pudo reconocer una de sus descendientes, atrajo la visita de tres hijos, sus parejas, nietos y bisnietos, quienes compartieron recuerdos de quien hace más de cien años bordó con precoz habilidad las puntadas y diseños hasta entonces aprendidos. Y todos se congratularon por haber elegido a nuestro museo para entregar en resguardo esa y otras piezas que también pudieron admirar.

Entre costuras
Entre costuras
(Foto: Especial)

Piezas de manufactura indígena: randas para enaguas, el punto “pasado” o “contado”, purépechas y mazahuas; el deshilado, el punto de cruz o de asís, la litografía que se bordaba sobre pañuelos con hilos de seda o con cabellos, los tejidos de ganchillo, los realizados con bastidor y para los que se usan lanzaderas, como el frivolité, resultan el marco perfecto para dos espacios que representan el rincón de la costura y mi costurero, donde podemos apreciar la silla bajita, el cesto de los aros, agujas, tijeras y bastidores, el guaje que guarda los carretes de coloridos hilos, el alfiletero, el huevo, de madera para zurcir calcetines y medias; los dedales, ganchillos y agujas de distinto grosor. Objetos y términos que causan sorpresa y admiración, o recuerdos y añoranzas.

Las personas que prestaron algunas de sus piezas para esta exposición son Susana Rebeca Bravo, Gloria Castillo González, Guadalupe Guido, Reina Elizabeth y Rita Elia Martínez Villanueva, Irma Nelia Molina, Guadalupe Hernández, Esmeralda Pimentel, Carmen Simón, Antonia Vélez y Evangelina Villanueva. Además, por interés de algunas de las asistentes el día de la apertura de la exposición se organizó un taller de tres sesiones sabatinas (23 y 30 de3 junio y el 7 de julio) para practicar el tejido denominado frivolité, que generosamente proporcionó la señora Rebeca Bravo y que convocó a trece entusiastas participantes.

Los comentarios, anécdotas y experiencias compartidas en esos tiempos (de 10:00 a 13:00 horas) “entre costuras” permiten darnos cuenta de cómo en cada trozo de tela o tramo tejido se van enredando tantos sentimientos como puntos o diseños logrados. “Yo recuerdo a mi abuela, a mi madre, a mis tías, bordando sentadas junto a una ventana que daba a la calle”. “A mi me enseñó una maestra en la escuela primaria y cuando mi mamá vio que me gustaba, también ella quiso aprender”. “Yo preferí el taller de mecanografía en la escuela, pero cuando nació mi primer hijo aprendí a tejer y bordar para hacerle su ropita… entonces le encontré el gusto”. “En mi niñez era común que todas las niñas (y también niños) aprendiéramos costura en las escuelas públicas y privadas”. “A mí no me gustó esto de la costura, pero ahora veo cuánta falta hace este tipo de actividades que ayudan en el desarrollo de otras aptitudes. También los varones debían practicar bordados y tejidos… como sé que lo hacen en otros países”. “Bordar y tejer resultan actividades terapéuticas… y más, si se realizan en grupo, platicando entre todas”. “Yo padezco artritis y tejer me ha ayudado a ejercitar mis articulaciones… como me han recomendado los médicos”.

Cristina Pacheco, en sus Mares de historias escribió: “En mi memoria, aquellas mujeres de manos aladas, infatigables, siempre aparecen junto a la ventana, envueltas por una luz tan brillante que aun en la imaginación arranca destellos metálicos a las agujas: fisuras en el tiempo, lanzas, manecillas, aguijones, fragmentos congelados del relámpago breve. Aquellas mujeres conquistaron prestigio de excelentes bordadoras, a fuerza de constancia y apego a un código de trabajo -el revés tiene que ser tan bonito como el derecho-. Inclinadas sobre sus materiales de trabajo, sin deponer sus armas -las agujas- aquellas mujeres reían y conversaban”.

Esta exposición, aparentemente tan sencilla, tan modesta, ha sido, para quienes participamos de ella, ocasión para ofrecer un pequeño tributo a todas las mujeres que se han atrevido a tomar el hilo, una aguja, unos aros, un ganchillo o una lanzadera y han plasmado sobre el textil elegido o el tejido realizado un testimonio de su vida, de un mundo tan propio del que nunca se puede ser arrojada. “Lo que bordamos o tejemos siempre nos traerá recuerdos… algunas veces dejaremos una pieza sin terminar… y será por un acontecimiento imborrable en nuestra vida”, compartió la maestra Rebeca Bravo, a quien agradecemos su generosidad.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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