Alma Gloria Chávez
Apuntes para una historia
Jueves 28 de Junio de 2018
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Eugenio Calderón Orozco, historiador nacido y avecindado en la ciudad del lago, es el autor del libro “Apuntes para la Historia de Pátzcuaro”, mismo que recoge los apuntes históricos y biográficos, de antaño y contemporáneos, de dos personajes cuyo propósito fue y ha sido desentrañar, en distintas épocas, la memoria de hombres y mujeres que han abonado, con acciones, pensamientos y conocimientos, la generosa tierra que compartimos. Ellos son, el sacerdote Rafael Nambo Mendoza, cuya vida transcurrió entre el mes de mayo de 1866 al 3 de agosto de 1934, y el mismo Eugenio Calderón, a quien conocemos desde hace varias décadas; ambos, con similar interés: su gratitud al terruño donde vieron por primera vez la luz.

Esta obra, dedica especialmente a la memoria del Muy Ilustre Señor don Rafael Nambo Mendoza, primer Abad Protonotario de la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, contiene textos que a manera de bocetos primero y de crónica después, escribió el sacerdote Nambo “desde su retiro y a pesar de las amenazas del infortunio y persecución” en que se encontraba en sus últimos años de pastoral.

Eugenio Calderón, en su dedicatoria, menciona cómo fue que llegaron a sus manos los documentos celosamente guardados por su tía, Josefina Nambo, conteniendo las letras de quien se impuso la tarea de registrar datos y detalles de acontecimientos y personajes que marcaron indeleblemente la vida de nuestra ciudad… lugar de raíz indígena, elegido por el visionario Vasco de Quiroga para sembrar los cimientos de Utopía, el lugar anhelado, bajo el amparo de la bien amada Nana Iurixe: la Señora de la Salud.

Don Rafael Nambo Mendoza “fue cura párroco de esta ciudad, de los cuales 16 fue Abad de la Colegiata y 10 de la Basílica. En esos últimos 10 años, a partir de 1924, fue cuando sufrió persecución y el destierro, a causa de las leyes anticlericales de Plutarco Elías Calles”. Y en medio de esas vicisitudes que nutrieron su espíritu con la fortaleza de la fe, y sin duda tomando ejemplo del justo varón que fue don Vasco de Quiroga, a quien él tanto admiraba, logró esbozar la historia de un pueblo: su pueblo, que inevitablemente se tendría que aceptar complementado por dos culturas desde siempre confrontadas, pero partiendo y apelando a lo mejor de cada una de ellas: su religiosidad. Religiosidad entendida como el compromiso fuerte e indisoluble que adquiere el individuo íntegro, con su propio ser y con su entorno.

Estas reflexiones históricas que parten del intentar dar respuesta al quiénes somos, de dónde venimos y cuál es el viento que nos inspira y lleva, afirman la certeza de que es la cultura, no sólo en el sentido de los monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, la que nos indica hasta qué punto resultan inseparables la preocupación por el lugar que se habita, la justicia con los humildes, los pobres y los diferentes; el compromiso con la sociedad… y la paz interior. Los escritos del señor Abad Nambo permiten comprender cómo se ha transmitido, de generación en generación, la calidad del humanismo de nuestra cultura, que a menudo surge de entre las personas más sencillas.

Ocupan las primeras páginas de esta obra, la descripción de los indígenas de Michoacán: su aspecto físico, sus costumbres, sus destrezas y habilidades, así como la mención de algunos de los oficios sobrevivientes después de la devastadora conquista. La llegada de la Segunda Audiencia y con ella el abogado Vasco de Quiroga, quien por su meritorio trabajo de pacificación fuera nombrado Primer Obispo de Michoacán. La creación de sus pueblos hospitales, la fundación de esta ciudad colonial; la erección trunca de su Primera Catedral y de la actual Basílica, así como la fundación del Primer Colegio de San Nicolás, sitio en donde hoy nos encontramos.

Vienen luego los nombres de quienes fueron párrocos de nuestra ciudad desde el año 1597, hasta el año 1902, fecha en que el señor Nambo Mendoza realizó la documentación. Ofrecen especial interés las descripciones de la primera capilla de la Virgen de la Salud y de su antiguo santuario, ambas construcciones del siglo XVII; la consagración de la iglesia del Sagrario en 1893 y la solicitud para el Convento de Madres Dominicas en 1743.

Apuntes para una historia
Apuntes para una historia
(Foto: Especial)

Resultan de sumo interés los datos biográficos de dos mujeres notables, que siendo influidas desde la niñez por la fe cristiana, llegaron a adquirir un fuerte compromiso de servicio al prójimo y a su comunidad: doña Josefa Antonia de Nuestra Señora de la Salud y Gallegos, nacida en Tzintzúntzan, en el año 1688, conocida popularmente como “La Beatita” y Sor Manuela de Señor San José, oriunda de Zacatecas, quien habiendo tomado el hábito de Santo Domingo, en el año 1807, murió en el Convento de Pátzcuaro en 1857.

El señor Rafael Nambo describe las costumbres de antaño referentes a la formación de todo individuo, desde la niñez, en los preceptos y principios de la doctrina cristiana; las celebraciones religiosas durante la cuaresma y la Semana Santa, así como los oficios que se llevaban a cabo en las iglesias en un ambiente general de recogimiento. Encontramos un listado de nombres de algunos poblados de la región, así como el significado de palabras en lengua nativa; los nombres de árboles, plantas y hortalizas que se producen en la ribera del lago, y de otros frutos y legumbres que llegaban a complementar la alimentación de los pobladores en aquellos años.

Y es a Eugenio Calderón a quien corresponde complementar esta obra, hablándonos del Taller Escultórico de Pátzcuaro, donde se manufacturaron tantas imágenes religiosas con la técnica prehispánica denominada “pasta de caña de maíz”. La llegada de las famosas mojigangas que acompañan las fiestas patronales desde el siglo XVII… y finalmente, la descripción detallada de las principales fiestas religiosas que aún se conservan en los barrios de Pátzcuaro y en varias poblaciones regionales, en donde se llevan a cabo ceremonias de indudable sincretismo, que nos permiten afirmar cómo la fuerte impronta indígena, tan amada por Tata Vasco, permanece y se consolida al paso del tiempo.

La fiesta de la Ascención y el Corpus o Fiesta de los Oficios (que literalmente “da la vuelta al lago”); la Velación y Plática de los Santos en Huáncito; las Ofrendas, los alimentos ceremoniales; la Bajada de Panaleros en Cherán; la Tarasca en Salvador Escalante; la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo en Jarácuaro, Cucuchucho y San Pedro Pareo, resultan ejemplo de un patrimonio inmaterial que resulta ponderable conservar entre nosotros… y no como espectáculo.

Es de agradecer este esfuerzo que hoy nos presenta Eugenio Calderón Orozco, quien de manera generosa hace entrega de la memoria y reflexiones de un pastor de la Iglesia católica, el Abad Rafael Nambo Mendoza, así como de sus propias aportaciones, que sin duda contribuyen al mejor conocimiento de ese camino que nuestros mayores han marcado, invitándonos a recorrerlo investidos de compromiso… y de fé.

Palabras durante la presentación del libro, el día 21 de junio, en el Museo de Pátzcuaro.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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