Julio Santoyo Guerrero
La alianza que no fue.
Lunes 18 de Junio de 2018
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Si en algo se equivocó López Obrador fue en su vaticinio de que entre abril y mayo todos se iban a unir contra él. Equivocación que desde luego ha de celebrar con entusiasmo. Efectivamente, ni la coalición de Meade ni México al Frente de Anaya concretaron ninguna alianza para detener y remontar la ventaja en las preferencias electorales del morenista.

Sólo en las especulaciones se llegó a pensar en que esto ocurriría, que iba a poder más el temor a un gobierno encabezado por Obrador que las discrepancias de viejos partidos aliados. Y podría pensarse que tenía sentido un compromiso político entre unos y otros, después de todo las diferencias programático ideológicas no eran tan abismales como si lo son con Obrador. Muchos observadores y estudiosos del comportamiento del sistema político mexicano llegaron asumir que esa gran alianza llegaría para detener el avance de quien hoy encabeza las preferencias electorales.

Si dicho escenario estuvo presente en los cálculos de los altos dirigentes de ambos bloques lo cierto es que entonces no supieron construirlo y los eventos se les fueron de las manos por falta de inteligencia y por estéril altanería. Desde el gobierno federal se utilizaron las instituciones para arruinar la campaña de Anaya, creyendo con ingenuidad que en automático las preferencias que este perdería las recogería Meade. El resultado fue contundente, el atasco o retroceso de Anaya consolidó y empujó la candidatura de Obrador, nada para Meade. Y después vino lo que está en curso, no la campaña para ganar la presidencia -la que ya dan por perdida-, sino la campaña por ocupar el segundo lugar.

Andres Manuel junto a su esposa en el tercer debate presidencial.
Andres Manuel junto a su esposa en el tercer debate presidencial.
(Foto: Cuartoscuro)

Esta es la primera elección presidencial de nuestra historia en donde dos de los principales contendientes hacen campaña para alcanzar un segundo lugar no la presidencia en sí. Con una campaña de tal calidad que no les permite crecer más y sí en cambio confundir a su electorado y hundirse más en la credibilidad ciudadana. Este escenario con seguridad le es muy divertido al tres veces candidato presidencial, mirar cómo sus adversarios corren tras él pero poniéndose entre ellos todo tipo obstáculos.

Por los resultados que se observan, debemos decir -y no exageramos-, que quienes realmente han engrandecido la campaña de Obrador son ellos mismos y sus recurrentes torpezas. Lo tragicómico de todo esto es que parecen disfrutarlo y parecen no comprender que están cavando su sepultura. No se les mira en su estrategia un cálculo sensato para su futuro.

El golpeteo entre Meade y Anaya influirá notablemente en la elección de senadores y diputados por los efectos del hartazgo, llevándose entre los pies a los postulados para estos puestos por sus partidos. Que si en otras elecciones había voto diferenciado en estas podríamos ver que la mayoría de los votantes obradoristas lo harán también por senadores y diputados.

Desde ahora están proyectándose como la minoría opositora más débil que pueda haber tenido presidente alguno luego de la transición democrática del 88 del siglo pasado. Esta lectura de hechos la tiene Obrador y le está sacando enorme ventaja. Sus adversarios no sólo le han dejado el paso libre para acceder a la presidencia sino que le brindan la oportunidad para hacerse de la mayoría en el Congreso de la Unión.

Tendrá que decirse que desde Los Pinos nadie pudo entender la dimensión del rechazo social hacía el peñismo y menospreciaron a los indignados y no supieron romper con la figura presidencial -más pesada que una lápida- y con otras que venían de su pasado. Su estrategia plena de altanería les ha llevado a disputarse no la presidencia sino el segundo lugar. Desde las filas de Con México al Frente el camino para llegar a la candidatura estuvo tan accidentado que sus dolientes aún lo siguen sangrado.

Si hasta hace algunas semanas se podía anticipar a partir de trascendidos y declaraciones públicas de protagonistas reconocidos de la vida económica y política que una alianza entre Meade y Anaya eran posibles para frenar a López Obrador, hoy día esa oportunidad parece ostensiblemente cancelada. Si en verdad había esa intención los eventos que unos y otros propiciaron terminaron por llevarlos a un escenario de confrontación dura que los atasca penosamente en una lucha focalizada por el segundo lugar, en tanto Obrador se congratula por haberse equivocado de que entre abril y mayo todos se unirían contra él.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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