Viernes 15 de Junio de 2018
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(Primera de dos partes)

México Let´s go

Como casi todo mundo sabe, ayer dio inicio el mundial de futbol Rusia 2018, y con ello el brote de fiebre futbolera que en mayor o menor grado afecta cada cuatro años a gran parte de la población mexicana. Aclaro, no se preocupen, no voy a hablar de estadísticas ni hare un análisis sociológico de dicha fiebre, solo pretendo compartir mis recuerdos mundialeros.

He vivido 9 copas del mundo (Rusia será mi décima), aunque sólo tengo recuerdos de 8, ya que en España 82 aún no cumplía los dos años de edad, por tanto, es casualmente México 86 mi primer contacto con el mundo del mundial –perdonen la redundancia-.

Tengo mucha información e imágenes de ese mundial en mi cabeza, pero estoy seguro que fue recabada posteriormente; solo puedo afirmar sobre 3 recuerdos grabados en su momento a mis 5 años de edad: Pique, la canción El Equipo Tricolor y la Chiquitibum. Tengo la ligera sospecha de que si el mundial del 86 no hubiera sido en nuestro país, probablemente tampoco tuviera ningún recuerdo de él.

Transmisión del primer partido del mundial en CDMX.
Transmisión del primer partido del mundial en CDMX.
(Foto: Cuartoscuro)

De Italia 90 a Brasil 2014, he vivido los mundiales de tres formas distintas, la primera etapa va de Italia 90 a Francia 98, pasando por Estados Unidos 94; esta es sin duda la etapa que más disfrute de los mundiales, porque era una pasión puramente futbolera.

Italia 90: Escuche hablar de los cachirules, aunque no entendía con claridad lo sucedido; sufrí la ausencia de nuestra selección; coleccione mi primer y único álbum Panini (a la fecha), santifiqué a Totó Schilacci, (il salvatore di la patria, capo cannonieri) y al gran Walter Zenga, uno de los mejores porteros de la historia del futbol sin lugar a dudas; y me emocionó, aunque no entiendo porque, que un árbitro mexicano –de origen uruguayo, por cierto- pitara la final.

Estados Unidos 94: Le puse un altar al Rey de los Amates, Jorge Campos; aplaudí sus uniformes; sufrí el golazo de Hristo Stoichkov; mente la madre junto con García-Aspe cuando falló el penal, y descubrí que efectivamente a un gran cazador se le va una liebre; me enamore de la dupla mortal Romario-Bebeto, Bebeto-Romario, y de la mano de ellos y del triunfo de la canarinha, me contagie del gusto por la batucada y la samba, gustos que por cierto resultaron más perdurables que el del futbol.

Francia 98: El Matador Luis Hernández me enseñó que la voluntad y el espíritu de lucha son tan importantes como la capacidad o la genialidad; creí en un quinto partido; por partida doble, la final me dejo un mal sabor de boca, por la coronación casual del anfitrión y por la derrota de la verde amárela, la cual desde 1994 es mi selección favorita en cada mundial, después de nuestra escuadra off course (ello tiene tres motivos: juegan poca madre, su cultura en general me fascina, y porque por la sangre de mis hermanos Maisa y Vasco corre sangre carioca).

Mi siguiente etapa mundialera abarco solo dos copas, Corea del Sur-Japón 2002 y Alemania 2006. Estos mundiales los viví también con mucha emoción futbolera, pero había descubierto otra cara de los mundiales, y en general de los deportes como fan: el desmadre en torno a ver o asistir a un juego; así que esa pasión futbolística fue aderezadas con unas cheves y unos bacardis, que sin duda inflamaron las emociones.

Continuará…

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