Estrellita M. Fuentes Nava
Opinión
El mercadeo de los debates
Miércoles 23 de Mayo de 2018
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Ahora que están tan de moda los debates televisados, es interesante analizar la consistencia de lo que en realidad aportan al electorado, de cara a los comicios como los que ocurrirán en México el próximo 1 de julio.

El primer debate transmitido por televisión fue el 26 de septiembre de 1960 en los Estados Unidos de Norteamérica entre John F. Kennedy y Richard Nixon, y fue visto por 70 millones de personas. El primero de los candidatos fue asesorado por los publicistas emergentes que surgían en aquella época dado el auge de los medios de comunicación masivos, por lo que cuidó su imagen hasta el último detalle: vistió de un traje obscuro (contrastante el efecto si tomamos en cuenta que en aquel tiempo la televisión era en blanco y negro), lució recién rasurado y con un peinado natural. Sin duda contrastó con la imagen de Nixon quien vistió de color gris (se perdió con el fondo de la pantalla), la barba sin rasurar, y se negó a usar maquillaje porque pensaba que ello era propio de las mujeres. Y a pesar de que en realidad el primero era mucho más enfermizo que el segundo, el triunfo por la imagen carismática del más joven lo llevó a la presidencia de aquel país.

En el caso de México en el año 2018, para el primer debate presidencial que se llevó a cabo el pasado 22 de abril el Instituto Nacional Electoral reportó un gasto de 12.7 millones de pesos (un 50 por ciento más de lo que se tenía presupuestado), de los cuales el 16 por ciento correspondía al Impuesto de Valor Agregado (IVA). Los rubros se desglosan así: servicio de grabación dos mdp; logística, atención de asistentes y medios de comunicación por diez mdp. La moderación tuvo un costo de 243 mil pesos en el caso de Sergio Sarmiento, toda vez que Denise Maerker y Azucena Uresti declinaron de ello. De acuerdo a los cálculos del INE el costo del debate representó 1.11 pesos por cada una de las 11.4 millones de personas mayores de 18 años que vieron el debate en medios tradicionales, y 1.70 por cada uno de los 7.1 millones de personas que lo siguieron a través del internet.

El set que se acondicionó en la sede de la Universidad Autónoma de Baja California para el segundo debate.
El set que se acondicionó en la sede de la Universidad Autónoma de Baja California para el segundo debate.
(Foto: Cuartoscuro)

Para el segundo debate que se llevó a cabo el pasado domingo 20 de Mayo en la sede de la Universidad Autónoma de Baja California, es de llamar la atención la logística que fue necesaria para acondicionar el gimnasio de la universidad como el recinto oficial para el debate, así como de los camerinos en su biblioteca, aunado a la instalación de las vallas y el manejo de seguridad para resguardar a los candidatos. Ya el INE dará a conocer su reporte de gastos.

Sin embargo, a estas cifras faltaría adicionar un indicador de calidad con respecto a en qué aportó en términos reales de información contundente y profunda al ciudadano que lo atestiguó. También si nos adentráramos en las entrañas de los debates, le restaría aún más la calidad el hecho de saber que mucho de lo que vimos en estos dos debates en realidad fue ficción gracias a la magia de los expertos en Imagología, Marketing Político, etc., etc., quienes facturan millones de pesos en nuestro país por asesorar a los candidatos, y que en Estados Unidos representan también una industria multimillonaria. Esta legión de expertos (los que son buenos porque hay muchos improvisados) pueden aconsejar al cliente desde qué color de ropa usar, el corte de cabello, los ademanes, la tesitura de la voz, el contenido del mensaje, y ahora recientemente la incorporación de los principios del denominado Neuro Marketing, el cual apela a los sentidos, para poder traspasar los filtros de percepción de cada individuo y hacer llegar el mensaje. Más aún, a través de los focus group (grupos de enfoque) reúnen a ciudadanos comunes para poder verificar el impacto de la imagen y las propuestas del candidato antes de sacarlo a la luz pública, a fin de calibrar todo a lo largo de la campaña. Así que mucho de lo que vimos en estos debates como lo ha sido en otros, fue como una obra de teatro en la que los candidatos desempeñaron su papel como actores.
En realidad los debates son sólo una mínima herramienta, ya que lo verdaderamente importante debería ser la suma de la trayectoria personal, profesional y pública; si tienen o no escándalos de corrupción, quiénes conforman sus equipos de trabajo así como los antecedentes de éstos; su plataforma de propuestas, y detalles tan mínimos como la manera como se conducen en el día a día con un ciudadano cualquiera. Por ello resulta irrisorio pensar que un debate defina una tendencia o que se autoproclamen ganadores antes de la elección ya que responde sólo a una evaluación de la imagen, pero no lo es todo, porque falta analizar el relleno, el contenido.

A mí me gustaría ver por ejemplo una tertulia en la que hablemos con los candidatos sobre libros y nos emitieran sus argumentos; llevarlos a una exposición fotográfica o artística y que nos den sus impresiones; sentarlos a comer unos tacos callejeros con el pueblo y verificar cómo interactúan, qué es lo que platican, cómo son sus ademanes, si abrazan sincero o sólo por encimita. Hacerles pruebas psicométricas con un monitor público y sin trampas, o ponerles pruebas sorpresa como las de los sketches de cámaras escondidas para ver cómo reaccionan de manera espontánea, sin asesores de imagen ni mucho menos. De esta manera los más de 40 millones de pesos que se gastará el INE en los debates podrían haberse ahorrado a través de un tipo Big Brother que se promocionara en redes sociales, e incluso calculo que hasta saldría gratis especialmente para quienes pagamos impuestos. Y no habría filtros para que los ciudadanos interactuaran con ellos como el ejercicio de Tijuana (que fue muy incipiente y limitado).

De los cuatro candidatos quizás haya quienes estén muy bien asesorados en términos de imagen pública con los expertos, o quizás otros de plano se vayan por la vía espontánea como en el caso de Jaime Rodríguez El Bronco con sus ocurrencias; pero lo que bien es cierto es que los elementos que aportan los debates oficiales a los que se les destina tanto dinero, si bien son un paso importante si tomamos en cuenta el devenir histórico desde la época del partido hegemónico y la etapa de los “tapados”, aún carecen de elementos suficientes de aporte y de calidad para el electorado, y sí son muy festejados y vendidos a conveniencia (el INE para justificar su papel, los partidos para decir que están abiertos al diálogo ciudadano, los candidatos para hacer su pasarela, los fanáticos para darse unos buenos “llegues” entre sí, y las televisoras para “hacer su agosto”) convirtiéndolo todo en un gran circo mediático del que quizás el ciudadano indeciso se quede exactamente en su misma confusión e incertidumbre…

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