Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
En ausencia de un presente, recordar
Martes 10 de Mayo de 2016
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Para este martes no hubo nada de música clásica en Morelia de qué escribir y he decidido, por hoy, no teorizar, sino recordar. Recordar cuando me dio por ser promotor de la música. Teníamos conciertos periódicos y frecuentes con artistas invitados; después del concierto los invitábamos a cenar y platicar sabroso. Una noche de marzo de hace bastantes años, después de un hermoso concierto que ofreció María Teresa Frenk en el Conservatorio de las Rosas, compartimos con ella el pan y la sal en una cena a la que nos acompañaron el esposo de María Teresa, pianista también, y José Luis Gálvez, violonchelista radicado en Morelia. Fue un buen grupo de conversadores.

Nuestro punto de comunión era el amor por la música y la plática giró alrededor de la misma, pero no desde el punto de vista profesional, sino anecdótico, y sobre algunos detalles técnicos que, a los que ahí estábamos y no somos artistas, nos dejaron pasmados.

Los pianistas congratulaban al maestro Gálvez porque a pesar de lo bromoso y en ocasiones costoso de cargar con su instrumento para todos lados, ello le permitía asegurar la calidad de un concierto, por lo menos la que depende de la calidad del instrumento. En cambio, los pianistas corren la aventura cotidiana de usar un piano nuevo cada vez, cuyas características siempre ignoran y que lo mismo puede ayudarlos al éxito que empujarlos al fracaso.

Entonces nos enteramos de la variedad casi infinita de pianos que hay, que todos parecen iguales a los ojos del público y a sus sordos oídos. Los hay buenos y malos, algunos insufribles e imposibles de afinar. Los hay duros, que necesitan un verdadero alarde de fuerza para tocarse, y suaves, que ellos llaman "aguados". Los primeros, como los pianos checos, son de sonido brillante, quizás algo metálico, capaces de llenar con sus notas un gran auditorio y dispuestos a resistir los pianazos de los aguerridos seguidores de Liszt. Los suaves son de sonido aterciopelado, para salas pequeñas y para el virtuosismo de los clásicos, como el de Beethoven o Schubert.

Nos decía María Teresa: “Hay obras que no se prestan para tocarse en determinados pianos”. La Sonata Waldstein, de Beethoven, es muy difícil en un piano duro. Hay una parte que tiene unos glissandi en octavas (esto es como tocar resbalado), que Beethoven tocaba en un piano "aguado". Están prescritos tan rápidos que no se pueden tocar en un piano duro. Pero existen las alternativas: tocarlos con las dos manos (por fortuna, en ese momento la izquierda está desocupada) o hacerlo más lento que lo prescrito. Es lo que suele hacerse. Pero pianistas ha habido muy puristas que se niegan a tocarlo distinto de como lo prescribió Beethoven, como Claudio Arrau. Si este extraordinario pianista llegaba a una sala de conciertos en cualquier lugar del mundo y se encontraba un piano duro donde debería ejecutar la Waldstein, simplemente cambiaba el programa en ese momento y tocaba otra. ¡Se las sabía todas!

El violonchelista nos platicaba que a pesar de lo dicho lo suyo no es tan fácil, pues resulta que idealmente debería tener tantos violonchelos como tipos de concierto pudiera ofrecer. Si se va a presentar en una gran sala, acompañado de una gran orquesta, deber usar un instrumento moderno, sonoro y brillante, aunque no tenga una gran gama de colores pero que sea capaz de llenar un gran espacio. Si va a tocar en un cuarteto, en una sala pequeña, necesitará de un violonchelo suave, que tenga muchos colores para dialogar, aunque no sea muy sonoro; digamos un Amati del siglo XVI. ¡Casi nada quería el maestro! Ah, pero si va a tocar un trío con violín y piano, necesita un instrumento utópico, suave, con gran plasticidad fónica, tierno y presto a dialogar, pero tan brillante y sonoro que pueda competir con el abusivo piano, que casi siempre se lo ponen de cola completa.

Hay una sala en la capital que tiene el peor piano del mundo, es el auditorio de la Facultad de Arquitectura en Ciudad Universitaria. Todos los defectos que puedan concebirse para un piano, los tiene, empezando por ser viejo. Pero nuestros amigos pianistas sólo se enteraron de ello recientemente, cuando los invitaron a tocarlo. Habían escuchado ahí a Claudio Arrau y a Angélica Morales y pensaban que era un piano soberbio. La calidad final de una ejecución depende del artista, no del instrumento. Entre los ejecutantes hay un código ético no escrito que dice: “No se vale echarle la culpa al instrumento si el concierto fue un fracaso”. En este caso, culpa es del instrumentista, que no del instrumento.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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