Rubí de María Gómez Campos
Opinión
Madre Matria
Jueves 10 de Mayo de 2018
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El Día de la Madre exalta a las mujeres como sujetos domésticos dedicados exclusivamente al cuidado de sus vástagos, a quienes traen al mundo en medio de dolores además de cargarlos en su vientre aproximadamente nueve meses. Enseguida la madre continúa con la notable facultad biológica de alimentar con leche que sale de su cuerpo a los recién nacidos. De esta magia, con que la naturaleza dotó los cuerpos de mujeres, surgirá el sistema de organización social que enlaza la función reproductiva con valores culturales y prácticas sociales muchas veces injustas. La feminista italiana Carla Lonzi evidenciaba desde la década de los 60, “denunciamos la desnaturalización de una maternidad pagada al precio de la exclusión”.

Las relaciones establecidas a partir del parámetro reproductivo son opresivas para las mujeres, en cuanto excluyen sus otras facultades humanas. La división de las tareas de crianza y cuidado por un lado y las actividades sociales de competencia feroz por otro, sirvieron para ubicar a las mujeres madres al margen de la escena social y su prestigio (sin el valor económico del último). Hoy, la maternidad que patentiza cotidianamente el milagro de la vida en el cuerpo de las mujeres pasó de ser considerada un privilegio (cuestionable biológica y culturalmente por el dolor físico y psicológico que implica) a ser interpretado como un verdadero lastre para la autonomía y la realización humana de las mujeres. Cada vez más de ellas nos hablan de su rechazo a procrear y de las desventajas de ser madre. Algo impensable hasta hace poco, cuando la maternidad se concebía desde el romanticismo, mistificada probablemente para su prolongación y mantenimiento.

Esta magia, con que la naturaleza dotó los cuerpos de mujeres, la notable facultad biológica de alimentar con leche que sale de cuerpo a los recién nacidos.
Esta magia, con que la naturaleza dotó los cuerpos de mujeres, la notable facultad biológica de alimentar con leche que sale de cuerpo a los recién nacidos.
(Foto: Cuartoscuro)

El instinto materno fue el recurso ideológico de justificación del apego biológico (que la medicina explica como efecto hormonal), y que socialmente se traducirá en la tiranía de la suegra sobre su imaginaria rival: la pareja del hijo. También el sentimiento de veneración simbólica a la madre, a veces se acompaña de prácticas concretas de maltrato por parte de los hijos. Junto al reconocimiento de la condición humana de las mujeres: su igualdad social y sus derechos básicos e inalienables, técnicas reproductivas novedosas abrieron alternativas inéditas a la tarea de reproducir seres humanos. Esto permitió que las mujeres puedan hablar abiertamente de aspectos negativos de la función de crear vida, sin disfraces morales que los ocultaban. Jóvenes madres y no madres se han liberado de prejuicios a favor de cumplir con la dulcificada función reproductiva, y legítimamente sostienen con vehemencia críticas a la discriminación presente en los pliegues sociales y biológicos de dicha alternativa.

Tener hijas e hijos no es sólo una actividad ineludible que debería ser siempre voluntaria. El consentimiento tiene aquí un lugar preponderante. Además debería ser cuidada, protegida por el estado, con servicios médicos de calidez y calidad incuestionables, que eviten la mortalidad materna y el maltrato médico. Las leyes que intentan proteger a la infancia deberían ser eficientes y cumplidas a cabalidad por los varones, quienes, a pesar de los avances técnico-científicos para dilucidar su participación en la concepción, tienen la opción personal de reconocer o no su involucramiento, sin que pueda obligárseles a realizar una prueba científica de paternidad; a diferencia de lo que las mujeres pueden hacer cuando el varón decide demostrar su paternidad, con el mismo recurso.

Formar seres humanos es la tarea social complementaria de la función humana de alumbrar y criar que las mujeres inician y completan muchas veces solas. En México, aproximadamente 30 por ciento de las familias son monoparentales, jefaturadas por mujeres. Pero educar seres humanos no puede ser una tarea que se reduzca a transmitir prejuicios, a repetir esquemas opresivos de relación humana y de comportamiento social. Criar y educar consiste en transmitir conocimientos, información, pero también valores, principios de actuación y sentimientos de amor hacia los otros. Frente a la adversidad constante de la vida, el cuidado, el respeto, constituyen la base de una colectividad sana y activa. Como dijera Carla Lonzi hace media centuria: “En una sociedad que es difícil de afrontar, la mujer libera incluso al hijo, y el hijo es la humanidad”.

La función de procrear no debe eliminar la fuerza subversiva de la maternidad como factor de transformación social. En lugar de vivir e interpretarla desde una lógica reactiva, como límite humano, es necesario extender las cualidades de la función reproductiva que las mujeres han alimentado (el amor y el cuidado) hacia toda la sociedad. Finalmente la maternidad se liga con el principio mismo de nuestra concepción acerca de la vida. Como dijera el pensador danés, Sören Kierkeggard: “No hay comparación entre el hecho de matar y el de dar a luz a un ser humano. El primer acto no decide el destino de la humanidad más que para un tiempo, el segundo para la eternidad”...

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