Rubí de María Gómez Campos
La lógica del arribismo
Viernes 4 de Mayo de 2018
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¿Qué pasa en estos tiempos electorales con la identidad ideológica de los partidos y de las personas propuestas a las candidaturas?
La orientación que ofrecían los partidos de antaño al sostener posturas ideológicas indeclinables se ha perdido. Éstos no representan ya una posición política clara ni en sus acciones ni a través del discurso. Los principales partidos han mostrado una limitada capacidad de aplicación de sus ideales y principios fundacionales. La lógica neoliberal apresó tanto al partido en el poder (durante 60 años ininterrumpidos) como a su sustituto, aparentemente contrario a los ideales revolucionarios. Desde entonces (1989 en algunos estados y 2000 con el acceso al poder presidencial) el partido conservador (PAN) y el revolucionario (PRI) han alternado su presencia sin que cambie un ápice la dirección, el rumbo de un proyecto concentrado en el desarrollo material y económico de la sociedad, sin atención a la necesidad de un desarrollo humano paralelo.

En la foto: Aurelio Nuño, coordinador de campaña de Meade; Tatiana Clouthier, coordinadora de campaña de López Obrador; Jorge Castañeda, coordinador de estrategia de Anaya; Rodrigo Ocampo, representante de Rodríguez Calderón, y Fausto Barajas
En la foto: Aurelio Nuño, coordinador de campaña de Meade; Tatiana Clouthier, coordinadora de campaña de López Obrador; Jorge Castañeda, coordinador de estrategia de Anaya; Rodrigo Ocampo, representante de Rodríguez Calderón, y Fausto Barajas
(Foto: Cuartoscuro)



En el terreno ideológico era aparentemente fácil distinguir la propuesta de unos y de otros. El PRI mantuvo intacto durante 7 décadas un ejercicio de poder autoritario –que provocó entre otras cosas la rebelión juvenil de 1968 y la masacre subsecuente- y siguió así ante la definición del escritor peruano Mario Vargas Llosa: «La dictadura perfecta». Aunque su antecedente directo, el PNR (1929-1936), se fundara con un fraude, el primero de la historia de México, la paradoja de un supuesto origen «revolucionario» presentado como «tradición» fue naturalizando poco a poco la capacidad de las y los mexicanos de vivir en contradicción.

Frente al conservadurismo político sostenido en la ideología de la Revolución institucionalizada, surgió de los rescoldos del proceso subversivo el interés de grupos reaccionarios por detener el avance de la (llamada por Oscar Chávez) «Robolución». El PAN se constituye entonces, desde su fundación (1939), como una alternativa para las antiguas élites económicas; la oligarquía que aún sobrevive como una plutocracia disfrazada de oposición. No obstante, la ideología conservadora resultaba plenamente identificable frente al poder de facto de un partido que sólo después de cierto tiempo comenzó a flexibilizar sus triunfos absolutos, dando una imagen de apertura frente a sus prácticas añejas de control total. Durante cierto tiempo la dictadura, todavía imperfecta, mantuvo sus victorias casi sin concesión.

Progresivamente la falta de libertad política y el ejercicio democrático tan limitado hizo que -aún con la existencia de partidos de «oposición», que jugaban más bien el papel de comparsas que de oposición real- fuera inútil el ejercicio ciudadano de votar. El abstencionismo, que en ese período llegó a ser mayoritario, cumplía una función vital para el Estado: manifestar la inconformidad del pueblo frente a procesos electorales ya viciados de origen, en la medida en que el sistema político mexicano fue asentado sobre bases tan endebles como la desigualdad y la ausencia de educación.

El surgimiento del Partido de la Revolución Democrática (PRD, en 1988, que se derivó del Frente Democrático Nacional), consolidó una tercera perspectiva política, que se identificaba con el pueblo excluido, oprimido e ignorado por tantos años. La ideología de izquierda cuestionó de tajo los privilegios de la clase dominante, presente en el poder como fuera de él. La ideología de los excluidos del sistema político mexicano, su crítica de la desigualdad social, se convirtió en partido de oposición. Durante casi tres décadas ésta pareció real. El vertiginoso ascenso al poder local de Michoacán y posteriormente a otros estados, así como los múltiples intentos de enfrentar la poderosa maquinaria del PRI y del PAN, fueron modificando los enfoques de lucha hasta que las perspectivas de cada uno quedaron convertidas en ideologías confusas, cuyo propósito evidente es ahora ganar a como dé lugar.

Actualmente los intereses personales (muchas veces mezquinos) sustituyen la legítima y siempre dignificable lucha por el poder. Las opciones de voto se han multiplicado y no tiene sentido la opción por la abstención, que sólo repercute en la posibilidad de fraude electoral. Pero asimismo se ha complejizado la plataforma ideológica de los partidos. Las coaliciones permitieron que se olvidaran las razones y la motivación para un ejercicio del poder más… ¿más qué? Ya se les olvido cuál era su propuesta. Hoy sólo les importa que votemos por ellos a base de mentiras, sin que les avergüencen las múltiples traiciones, alianzas impensables y hasta representando a partidos que antaño combatieron. De modo que el electorado hoy tiene que elegir, entre los menos peores, a personas con calidad moral. No apostar por partidos difusos cuyo cinismo ideológico ni a la vergüenza llega. Resulta necesario respaldar a quienes, como personas honestas, sean capaces de devolvernos la dignidad política, antes que la verdad y la esperanza sean para todos irreconocibles…

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