Estrellita M. Fuentes Nava
Opinión
Regresar a la violencia
Jueves 3 de Mayo de 2018
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Hay una carta del tarot de Osho (un juego de cartas que son más para la introspección que para las artes adivinatorias o los juegos de azar) que se titula “Lo Simple y Ordinario” la cual se ilustra con un personaje que camina en el campo, con una cesta de frutas. Ésta es un llamado a encontrar la verdadera fuente del disfrute en las cosas simples de la vida que nos rodean y en nuestras tareas cotidianas, desde preparar una comida, beber un sorbo de café y paladearlo, mirar el cielo y contemplar el infinito, dar un paseo en un bosque, armar un rompecabezas, encontrar el espacio de silencio perfecto para leer un buen libro. Este tipo de experiencias nos llenan de placer cuando nos vaciamos de nuestras ideas preconcebidas y nos abrimos a la posibilidad de que la magia de la vida nos inunde. Hasta mirar a una fila de hormiguitas puede sorprendernos cuando nos percatamos de su tesón y disciplina con las que a pesar de la lluvia o del calor, trabajan unidas por el bien de la comuna. Eso es ejemplo de perseverancia.

Observar a tu perro que te reciba siempre con alegría, sin importarle si estás de buenas o de malas o si tienes cara de disgusto, y que se lance a recibirte para demostrarte a su manera que te ama, puede convertirse en una lección de amor incondicional. Sentarnos a dialogar con un niño de dos, tres o cuatro años y sumergirnos en su lógica a través de la charla, de tal manera que nos comparta cómo se imagina el mundo, y que hable lo mismo de extraterrestres que de seres fantásticos, o de cómo entiende e interpreta el comportamiento adulto, o de cómo imagina qué es lo que sucede cuando alguien muere, en verdad nos sorprendería, ya que nos brindaría una sabiduría especial que no encontraríamos ni en las mejores bibliotecas.

Escuchar a los abuelos mayores cuando están en plena consciencia de que el final se acerca es otra experiencia maravillosa; recapitulan en los mensajes claves de la vida a partir de sus propias vivencias y de una manera generosa nos las comparten como pistas. A mí me ha pasado, y me han dicho: - Hija, en esta vida uno viene a ser feliz, no a desgastarse en enojos ni en cosas que no valen la pena-. O incluso mi sabia abuela materna que antes de irse me aconsejó: -Cásate para mejorar, porque si es para sumergirte en un hoyo, mejor ni te cases. Quédate como estás- (me imagino que a esa conclusión llegó al preguntarse acerca de mi soltería).

Escuchar a los abuelos mayores cuando están en plena consciencia de que el final se acerca es otra experiencia maravillosa.
Escuchar a los abuelos mayores cuando están en plena consciencia de que el final se acerca es otra experiencia maravillosa.
(Foto: Cuartoscuro)

Mi abuelo paterno, el Profesor Fausto Fuentes Rodríguez, quien cumplió 103 años en octubre pasado y se mantiene muy activo en su natal Zacapu, Michoacán me ha dicho que la mejor manera de conservar la cordura es mantener la mente ocupada, y él mismo lo practica en su día a día: escribe partituras, artículos para el periódico local; escucha música clásica y toma notas que guarda en sus cuadernos que él mismo diseña y cose con papel reciclado. Quisiera cuando yo llegue a su edad estar así de lúcida, entera y creativa como él. Ha sido gallero, sastre, director de orquesta, compositor, toca el violín, y escribe columnas. Todo un hombre de El Renacimiento.

En los medios públicos y privados estamos saturados de personas que se jactan de llevar consigo la verdad, y no toleran que nadie les lleve la contra, ni están dispuestos a escuchar opiniones contrarias. Quizás valdría la pena recordar la diferencia entre acumular información, ser inteligente y ser sabio. A mi entender el primero es el que lleva consigo montones de datos, estadísticas, autores y citas, pero no necesariamente las aplica en su cotidiano, o no ha aportado ni un ápice de idea nueva, y sólo las registra para regodear el ego; el segundo, las aplica para resolver tanto para bien como para mal, aunque tiene la vulnerabilidad a veces de incurrir en una suerte de vanidad para hacerse destacar por encima del resto de los mortales. El tercero, el sabio es el que de manera muy sencilla y simple nos puede ayudar a entender los secretos de la vida, y podemos toparnos con ellos incluso a través de quienes no necesariamente saben leer o escribir, o que son infantes. Recuerdo a una señora, Esperanza, originaria de Tiníjaro, Michoacán, quien nunca fue a la escuela y era gran amiga de mi abuela materna, su tocaya, Doña Esperanza Miranda. Era una delicia verlas platicar mientras preparaban juntas la comida de casa, con moles exquisitos y nopales guisados en ollas de cobre. Filosofaban de la vida, del clima, de las siembras y las cosechas, de las dolencias, de cómo curar huesos y empachos. La señora de Tiníjaro les decía a mis tías jóvenes: Cuídense de los hombres, porque son como los alacranes… (el resto no se puede narrar aquí).

Cuando volteamos a ver las declaracionitis de todos los actores públicos desbordados, tratando de imponer su propia verdad, o sintiéndose dueños del Santo Grial que nos llevará al paraíso como país, llenos de ego y en un eterno monólogo del yo-yo, y peor aún, dándose hasta con la cubeta con el que se le atraviese enfrente en aras de mantenerse en la cima de la opinión pública, me pregunto si alguna vez se han abierto al mágico torrente de la vida y éste les ha enseñado algo.

También como individuos queremos comprar experiencias a través de un iPhone, un viaje a Las Vegas, o sacarnos la quiniela, cuando lo que llena el alma no cuesta nada: en un acto de generosidad con el prójimo se siente uno mejor que comprando el reloj de marca del cual al rato uno se va a aburrir y a comenzar a pensar en otro, mientras que en el otro caso se ganará una simpatía y a un amigo quizás que nos dure de por vida.

Hubo un tiempo en el que estuve muy metida en la corriente de los Ishayas (un movimiento de conocimiento que apela a las enseñanzas originales de Jesús, El Cristo), y los maestros cada vez que queríamos adelantarnos en las lecciones o tener todas las respuestas de manera inmediata, con una sonrisa muy dulce nos veían a los ojos y nos decían: Be innocent! (Sé inocente).

Los niños nos enseñan a ser inocentes, porque no llevan consigo ideas preconcebidas del mundo, ni esperan mucho del otro; sus expresiones cuando se topan con sorpresas tan simples como un dulce, un perrito, o una muñeca, los llenan de singular alegría. Y ya lo decía Cristo cuando dijo que tendríamos que volvernos como niños para entrar al reino de los cielos; ese reino no está allá arriba, ni en otro plano: está aquí mismo. El verdadero cielo es cuando vivimos en plenitud, en alegría, en amor, descubriendo mágicas sorpresas por doquier, y para ello pues tendríamos que volvernos así de inocentes como lo es un niño.

No hay modelos, ni esquemas, ni sistemas o fórmulas mágicas que nos ayuden a resolver nuestra conflictividad social: volver a mirar con detenimiento nuestro entorno sin ideas preconcebidas, puede ser un primer paso para enfrentar nuestra realidad e identificar elementos nuevos que nos ayuden a encaminarnos hacia soluciones efectivas, sin personajes doctrinarios o gurús sordos en el camino, sino observando los detalles como lo hace un niño. Es llenándonos de inocencia como podríamos volver a comenzar…

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