Rafael Calderón
Elegía del Destino
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 9 de Mayo de 2016
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Un libro que marca el mediodía del modernismo y lo sitúa como un antes y un después no es otro que aquella Breve historia del modernismo (1954), de Max Henríquez Ureña. Es un libro que abrió paso hacia una identidad más integral para todo el continente con cada uno de los poetas que en ese momento parecía estaban dispersos pero unidos por el tiempo y la circunstancia generacional entre México, Argentina, Colombia y otros países. La penetrante soltura de lo colectivo registra a cada autor y lo presenta individualmente: es parte de una fuente bibliográfica que permite comprender ese universo no sólo de Darío, sino que se extiende por todo esa legión de autores que son parte del modernismo. Por eso trasciende la presencia del nicaragüense, lo sitúa para el idioma; se impone como parte de una realidad que revoluciona por la métrica y el verso.

Es decir, el rumbo de su nombre y por sus primeros poemas muestra tempranamente que en realidad se llamaba Félix Rubén García Sarmiento, pero si se habla del poeta lo mejor es recordar que su nombre para la literatura lo estampa a los catorce años y desde ese momento se llamará Rubén Darío y “escribió versos antes de cumplir los trece años y mereció en su tierra el dictado de “poeta niño”. En su Autobiografía recuerda las primeras lecturas: “En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Era un Quijote, las obras de Moratín, Las mil y uno noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame Stäel, un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo que autor, La caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño”. Aun cuando dice no recordar a qué edad escribió sus primeros versos: seguro fue a una edad muy temprana, en su vida infantil, y le pareció algo normal, por eso no registra el momento de su vocación ni el momento preciso.

Y si perseguimos la esencia de sus estadías y viajes son parte de un camino que concurre con alegre y verdad única: lo presenta muy bien esta obra (del símbolo a la realidad) llena de luminosidad intensa, extensa; ahí gravita el amor al lenguaje. Dice la edición de su obra selecta: “Rubén fue un auténtico cosmopolita, pero a la vez su biografía acredita un panhispanismo vital que aureola con una indiscutible impronta novelesca de su vida ‘escrita por él mismo’ en 1912. Nació en Metepa, pasa su primera infancia en San Marcos de Colón, en Honduras, para regresar al León de Nicaragua, residir luego en Managua, trasladarse a El Salvador, regresa a la capital de su país y emigrar en 1886 a Santiago de Chile y Valparaíso. Ya como corresponsal del más importante diario hispanoamericano, La Nación, de Buenos Aires, recalará sucesivamente en Perú, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Costa Rica. Camino de España, cuando la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento, se detiene en La Habana, y a su regreso, se traslada a Panamá y de allí, vía Nueva York y País, llegará a Buenos Aires, como cónsul honorífico de Colombia. Y en 1898, de nuevo en España, encargado otra vez por La Nación de seguir in situ el impacto del llamado ‘desastre’. Su posterior residencia en París como cónsul de su país facilitó sus viajes por la Europa continental, que en 1906 se interrumpieron por su participación por parte de Nicaragua en la Tercera Conferencia Panamericana en Río de Janeiro. De regreso en América (Nueva York, Panamá y Nicaragua) fue nombrado embajador en Madrid. Sigue París una vez más, México, Brasil, Uruguay, Argentina, Mallorca, la ciudad del Sena, Barcelona, Nueva York, Guatemala y Nicaragua, donde fallecerá prematuramente en la ciudad de su infancia, León, el 6 de febrero de 1916, a los 49 años de edad”. Es decir, estos viajes dejan sentir una idea casi completa la biografía que encierra su vida entre su poesía y por su prosa.

Por su misma altura lírica, Darío es un puente entre dos continentes (América y Europa) y su legado literario a un tiempo de soledad entre volver e irse de España y ser un libertador en el terreno de las posturas políticas y con el discurso de precursor o estar ante un poeta que no es asumido como clásico precisamente por Pere Ginferrer, aunque acierta a decir con gusto, como lo han leído las generaciones y la suya propiamente, él naturalmente, y terminar afirmando que se encuentra al frente de esa lectura que es una consecuencia misma de su postura de poeta.

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