Ramón Guzmán Ramos
Opinión
La educación en Rosseau
Sábado 28 de Abril de 2018
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La educación del niño empieza de hecho al nacer; antes de saber hablar; antes de comprender lo que se le dice, el niño está siendo ya educado a través de la acción de la experiencia que es anterior a todas las lecciones que el niño pueda recibir. Las sensaciones son los primeros materiales del conocimiento. El niño tiene que formar sus primeros conocimientos en el plano de las sensaciones que lo ponen en contacto inmediato con las cosas y no a través de explicaciones que es incapaz de comprender. De esta manera, se podría hablar de una especie de razón sensitiva. Las sensaciones se convierten en ideas y posteriormente forman parte del universo racional de la conciencia.

Otra de las grandes aportaciones que hace Rousseau es en relación con el aspecto significativo del conocimiento. Toda educación debe partir del interés del sujeto que se va a educar, en este caso el niño. Toda enseñanza, si se quiere que enseñe realmente algo, debe responder a la curiosidad y a las necesidades del niño; debe ser una respuesta a los problemas que él se plantea o que a él se le plantean; debe ser deseada y aceptada con gusto.

De esta manera, la educación sería el procedimiento por el que se da al hombre todo lo que no tiene al nacer y necesita para la vida. Las cosas educan en la medida que hay una experiencia sobre ellas. Si el gran descubrimiento de la psicología de Rousseau es el niño como ser distinto del hombre, uno de los grandes hallazgos de su pedagogía es la consideración de los intereses y la capacidad de aprendizaje del niño.

«Haced que vuestro alumno dedique atención a los fenómenos de la naturaleza y pronto despertaréis su curiosidad, pero para alimentarla no os deis prisa en satisfacerla. Poned a su alcance las cuestiones y dejad que las resuelva; que no sepa algo porque se lo habéis dicho, sino porque lo haya comprendido él mismo; que invente la ciencia y no que la aprenda. No se trata de enseñarle las ciencias, sino de estimularlo de que se aficione a ellas, y proporcionarle métodos para que las aprenda cuando se desarrollen mejor sus aficiones. Este es el principio fundamental de toda educación».

Es lo que Rousseau aconsejaba a los maestros. No se trata de que el mentor le transmita al alumno los conocimientos que han sido elaborados por otros y que el alumno se limite a recibirlos, a absorberlos y almacenarlos pasivamente. Es necesario motivar en el alumno su propio interés por la búsqueda de respuestas, por la construcción de los conocimientos que responden a los cuestionamientos fundamentales que el alumno se hace sobre la vida, la naturaleza, el mundo, el universo.

Y fue más allá. Si de lo que se trata es que el niño desarrolle su propio potencial humano, entonces su formación ha de tener lugar en ambiente de libertad. Criticando los métodos tradicionales, sostenía que el más preciado de todos los bienes no era la autoridad, sino la libertad: «El reino de la libertad debe serle, por tanto, preparado y posibilitado al niño, dejando a su naturaleza manifestarse espontáneamente, poniéndole en condiciones de ser siempre dueño de sí mismo y no contrariando su voluntad».

Los principios fundamentales en que sostiene su teoría de la educación se encuentran en una de sus obras magnas: Emilio, novela pedagógica que ve la luz en 1762 y que provoca reacciones encontradas entre el público y las autoridades. El Parlamento de París condena la obra y ordena el arresto de su autor. Rousseau se ve obligado a huir. El filósofo Hume le brinda hospitalidad en Inglaterra. Después de una vida errante que lo marcaría profundamente regresa a París en 1770.

Muere el 2 de julio de 1778 en Emenonville, donde estaba como huésped de uno de sus admiradores. Y es que Rousseau hablaba de principios que cuestionaban a fondo el estado de cosas prevaleciente y daban lugar a una visión distinta de la sociedad. La libertad, decía, no puede ir desligada de la democracia. Libertad y democracia eran un binomio indisoluble, pero correspondían a una realidad que no existía entonces y que era necesario construir.

En su Contrato Social (1762) nos habla de que se trata no tanto de conservar intacta la libertad natural, sino más bien de transformarla en libertad cívica, con un enriquecimiento real y una ulterior expansión de la personalidad. Ser libre, decía Rousseau, es respetar la ley. Ser libre, sinónimo de ser moral, es sujetarse a una ley que no está dirigida sólo a uno mismo, sino a todos los seres humanos en cuanto tales. Sostenía también que el único soberano es el pueblo y que las leyes deben emanar de su voluntad. Sólo así el individuo aceptaría someterse a la ley, que no se le impone desde fuera. Hablaba de una voluntad democrática, esto es, la voluntad de aceptar la convivencia democrática fundada en el juego de mayorías y minorías, con absoluto respeto al derecho de las minorías. Hacía la extrapolación al ámbito educativo. ¿Cómo es posible educar al individuo para que piense en términos democráticos, es decir, en términos de voluntad general, en una sociedad que no está fundada sobre la voluntad general, no democrática? «Sólo es proficua y digna del nombre la educación que, en vez de constreñir y atormentar, libera, desarrolla y da felicidad.»

Confianza en la naturaleza del niño y defensa de su libertad, eran los ejes fundamentales de su propuesta educativa. Rousseau rescata al niño de los espacios cerrados y oscuros en que se le educaba. Lo descubre mostrando su esencia original, su naturaleza primigenia. Para que su formación vaya en concordancia, en armonía, de su condición natural y su potencial de realización, es necesario colocar al niño en un ambiente totalmente distinto, esto es, en un medio donde se le respete su personalidad y se creen las condiciones para su realización individual y en sociedad.

Era necesario un cambio a fondo en la sociedad, orientado precisamente hacia la conquista de la libertad y la democracia, hacia la igualdad entre los hombres, para que una visión educativa como la de Rousseau tuviera posibilidad de realizarse. La Revolución Francesa fue un anuncio promisorio. Pero la llegada de Napoleón lo echó todo por tierra.

Con el paso del tiempo, el niño volvió a quedar cubierto por una bruma densa de prejuicios y de ignorancia. Aun cuando se han hecho investigaciones a fondo sobre la naturaleza del niño, sobre la psicología infantil, confirmando muchos de los presupuestos hechos ya por Rousseau, la verdad es que la escuela, sobre todo nuestra escuela mexicana, volvió a deslizarse por la pendiente oscura del tradicionalismo. Con todo y que desde hace varias décadas la lucha por la democracia y la libertad ha sido parte de nuestra realidad cotidiana, la escuela se ha mantenido al margen de estos procesos. Los avances democráticos que hemos tenido, con todo y que han sido limitados y que han sido los partidos los principales beneficiados, no han permeado los muros de piedra que rodean las escuelas. En su interior se sigue enseñando como en la época de la escuela tradicional. El niño ha sido desplazado por el programa, el maestro lo hace todo; las condiciones en que se organiza y funciona la escuela no son las apropiadas para generar un ambiente de confianza en el niño, una atmósfera de libertad. Y la reforma educativa que se impuso desde el inicio de este sexenio no toca a la escuela para promover su transformación democrática.

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