Rubí de María Gómez Campos
Opinión
Las mujeres en el primer debate
Sábado 28 de Abril de 2018
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Es sorprendente que en el primer debate entre los candidatos a la Presidencia de la República apenas se haya mencionado como de pasada la grave situación de crisis humanitaria que desde hace ya algunas décadas vive México, sin que se perciban acciones decididas (contra el feminicidio). La gravedad del fenómeno: asesinato sistemático de mujeres que no sólo no se detiene sino cuyo aumento progresivo es un signo de decadencia hasta moral, no impactó suficientemente la sensibilidad política de quienes aspiran a gobernar nuestro país los próximos 6 años.

El tema de la inseguridad ciudadana de por sí grave incluye -además de los delitos comunes como robos, asaltos y otros crímenes violentos a los que toda la población está sometida- los delitos dirigidos sobre todo a personas jóvenes, como la represión social por parte de los representantes del Estado. El uso abusivo del poder político que limita el derecho de expresión ciudadana o el apabullante asunto de la desaparición forzada que nos mantiene inermes ante el tono autoritario que adoptan las autoridades cuando desconocen la fuente de su poder que es el pueblo, es otra forma de vivir en la inseguridad social. Pero la seguridad ciudadana también debe incluir, si somos verdaderamente democráticos (salvo que la postura misógina sea tan absoluta que se crea que las mujeres no merecemos la condición de ciudadanía plena) y dado que las mujeres pagamos impuestos en el mismo nivel que los varones, los agravios sistemáticos y fatales que desde hace décadas niegan a las mujeres el derecho más elemental de todos: el derecho a la vida.

La fuente de la que deriva la violencia familiar o la comunitaria (significativamente apenas recientemente reconocida por el INEGI) es la desigualdad de género y la discriminación general de las mujeres, que se ejerce cotidianamente y a la que estamos tan acostumbrados que, a veces, ni siquiera es detectada con suficiente alarma por las propias víctimas. Este es el caso del acoso sexual callejero, que aún hay quien lo considera permisible o hasta absurda y sesgadamente deseable. La desigualdad asimilada hace que se considere natural agredir verbal, física, sexual y emocionalmente a las mujeres. Si fueran hombres los agentes pasivos del acoso no se les ocurriría considerarlo algo elogioso (vivir en constante observación y evaluación pública de tu aspecto personal es muy perturbador, por decir lo menos).

Margarita Zavala.
Margarita Zavala.
(Foto: Cuartoscuro)

Por otra parte debemos recordar la distinción que la filósofa política Hannah Arendt hace de la agresividad, a la que ubica en el nivel biológico como un rasgo natural de los seres humanos (junto con otros animales), como un mecanismo de defensa de cierta utilidad, y la violencia como adquisición cultural que no sólo es posible erradicar sino lo más deseable para mantener la sobrevivencia. La violencia que atraviesa gran parte de la historia encuentra su versión más feroz en el presente, como lo expresan las amenazas que se ciernen sobre las y los jóvenes a través del entorno del narcotráfico y la misoginia que lo acompaña. Pero hoy se ejerce mayormente contra mujeres y jóvenes (sobre todo hacia mujeres jóvenes) de forma cada vez más descarnada, muchas veces ante la mirada indiferente de quienes no se sienten inclinados a intervenir, detener o cuando menos cuestionar inadmisibles formas de violencia.

Esta naturalización de la violencia y sus mortales efectos, sumados a la ineficacia de las autoridades para castigar ejemplarmente a quienes ejercen violencia de cualquier tipo a sus anchas, pero sobre todo los crímenes de odio y particularmente contra las mujeres (los que, según la Organización Mundial de la Salud, han alcanzado el rango de epidemia), inhibe la participación social de las mujeres a través del miedo. La falta de sanción, la impunidad que caracteriza el aspecto social del feminicidio, es un factor social que lo promueve. También el silencio lo autoriza…

Una de las funciones del Derecho, más que tan sólo castigar al delincuente, es el efecto pedagógico de la ley. El castigo al delincuente es también –además de un acto de justicia que intenta reparar en parte el daño ejecutado- un ejemplo de lo inadmisible del comportamiento socialmente delictivo. Por ende, si pretendemos avanzar en la construcción de una sociedad equilibrada y sana, realmente democrática, incluyente y respetuosa de todas las personas, resulta imprescindible atender y enfrentar directamente el problema del feminicidio que nos ahoga, atacando sus causas y reparando sus terribles consecuencias.

A la pregunta de quién ganó el debate debemos decir que lo que quedó claro es quiénes lo perdimos: Los millones de mujeres que viven y se desplazan en México a través del miedo, las miles de mujeres asesinadas y sus doloridas familias, mismas que siguen esperando justicia. Ojalá que en el segundo debate este tema de justicia social y desarrollo humano definitivamente urgente no se olvide.

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