Eduardo Nava Hernández
Opinión
Lo que el debate no se llevó
Jueves 26 de Abril de 2018

Con dolor, indignación, y solidaridad con sus deudos, por el atroz asesinato de Javier Salomón Aceves Gastélum, Jesús Daniel Díaz García y Marco Francisco García Ávalos, víctimas directas del crimen organizado e indirectas de la corrupción del régimen.

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Pocas veces los debates entre candidatos a los cargos de elección popular han resultado decisivos para el resultado final de los comicios. Pero, como es sabido también, se convierten en un medio de propaganda y agregan a algunos sectores de los ciudadanos elementos para fundamentar las razones para votar o no votar por cierto candidato. También resulta cierto que en el limitado tiempo de que disponen los candidatos para exponer es muy difícil argumentar con profundidad o siquiera con suficiencia sus propuestas de campaña. Para conocer bien éstas, lo conveniente es remitirse a las respectivas plataformas electorales de los aspirantes y partidos o a artículos que logran comentar más ampliamente y en lo particular los puntos de propuesta. En los posdebates que hemos visto desde el pasado debate presidencial esto tampoco se ha realizado, y los comentarios bordan sobre lo dicho y ocurrido durante dos horas de intercambio de acusaciones y críticas entre los aspirantes.

Asimismo, es natural y previsible que cada una de las fuerzas proclame a su candidato ganador del encuentro para capitalizar el impacto mediático que el evento tiene en la opinión pública.

Aun así, es de celebrarse que estas confrontaciones se realicen, particularmente en un régimen político dominado por décadas por el presidencialismo y donde el Poder Ejecutivo no dialoga ni debate con los otros poderes y menos aún con la sociedad.

En México, incluso la comparecencia del Presidente ante el Congreso para rendir su informe anual de gobierno ha sido cancelada desde el periodo de Felipe Calderón, de manera que sólo durante la campaña electoral tenemos ocasión de observar a quien habrá de ocupar la titularidad del Ejecutivo en una situación semejante.

Pero más allá de las apreciaciones, siempre cargadas de subjetividad, lo ocurrido en el Palacio de Minería el pasado 22 de abril, y sobre todo después, no deja de ser de interés público. Y lo más significativo es que, a pesar de todo el escándalo y declaraciones en torno a los candidatos (no los partidos ni sus plataformas o planes de gobierno) las tendencias electorales no se han alterado de manera sensible y más bien los protagonistas se han afirmado en los lugares en que ya previamente las encuestas los ubicaban.

A pesar de que mostró inconsistencias y limitaciones en su estrategia de debate, al no dar respuesta puntual a algunas impugnaciones y no alcanzar a clarificar algunas de sus propuestas, López Obrador sigue bien instalado en el primer lugar y con una muy cómoda ventaja en las preferencias de los ciudadanos que ya han decidido su voto; y quienes estaban indecisos —el sector a quien en realidad se deberían dirigir los aspirantes en estos forcejeos oratorios— tampoco han modificado sensiblemente su actitud.

Y esto es porque, bien vistas las cosas, Andrés Manuel López Obrador no es ya, desde hace mucho tiempo, meramente un individuo o cabeza de partido aspirando a un cargo de elección popular. Es la expresión de un muy amplio sentimiento social de decepción e insatisfacción con el gobierno actual, con su partido y con el régimen político y lo que éste representa. La digna rabia de la que han hablado algunas corrientes de izquierda está aquí y se está canalizando a través del candidato morenista como la salida visible frente al desastre nacional y el agotamiento de la gestión oligárquica ultraliberal y rapaz que ha prevalecido por más de treinta años en el país.

No es necesario abundar en las causas de esa indignación rabiosa canalizada por la vía electoral. El casi nulo crecimiento de la economía; la brutal concentración del ingreso; el deterioro de las condiciones sociales, nunca compensado por los programas asistencialistas aunque sí convertido en base de la compra venta y coacción del voto; el crecimiento de la inseguridad y la violencia, desapariciones forzadas, feminicidios y bajas colaterales hasta niveles nunca vistos; la corrupción sin freno ni límite y la impunidad y encubrimiento que la han acompañado, destacan entre ellas. Lo notable es que esa indignación se ha conformado como un movimiento político-social de dimensiones inéditas, probablemente el mayor en la historia del país.

Dos horas de intercambio de acusaciones y críticas entre los aspirantes.
Dos horas de intercambio de acusaciones y críticas entre los aspirantes.
(Foto: Cuartoscuro)

Como parte de la lucha ideológica entre lo que ya son, a estas alturas, dos polos bien definidos de poder en el país, la visión oligárquica neoliberal llama despectivamente populismo a cualquier atisbo de justicia social. Pero eso es justamente lo que tal polo está enfrentando: la demanda de la mayoría de la sociedad políticamente activa de revertir los filos más dañinos y lacerantes de una política de inequidad en la política pública y la gestión del poder.

Pero, contra lo que plantea esa oligarquía reaccionaria en su desgastado argumento, Andrés Manuel López Obrador no es un populista por su discurso o por sus propuestas de campaña. Lo es como cabeza de un movimiento pluriclasista, sin caracterización ideológica muy definida pero con un fuerte componente popular en el que incorpora demandas básicas de las clases explotadas y oprimidas para un momento histórico determinado. Es decir, un populista en el sentido en que lo plantearon los autores más reconocidos en el análisis del tema (Ionescu y Gellner, Hofstadter, Hennesy o, para América Latina, Octavio Ianni). Lo es en el mismo sentido que el Cárdenas gobernante, que, sin ser un exponente ideológico de la clase obrera, tomó partido por ésta y por la reforma agraria, apoyó a la República Española y dio asilo a sus defensores vencidos así como a León Trotsky, y golpeó al poder imperial con la nacionalización de las empresas petroleras.

La descomposición del bloque de poder oligárquico originado en el salinismo y exitoso por casi treinta años, y la adhesión de algunos de sus antiguos integrantes al obradorismo no es sino resultado de sus propios fracasos y su desgaste social. Pero no es el menor de los méritos del mismo López Obrador el haber logrado acelerar su desgajamiento y atraer a esos elementos. Por eso, también, entre otras cosas, es aborrecido por el retazo más reaccionario de esa elite de poder económico y político: Servitje, Enrique Coppel, Claudio X. González, Salinas, los Hank, Fernández de Cevallos, etc.

Desde las izquierdas hay también una deficiente caracterización de ese formidable movimiento político social. Hay quienes afirman que el proceso electoral no sirve ya que cambiar al presidente no modifica por sí el sistema económico-social (lo cual es cierto); pero niegan así, implícitamente, toda capacidad de iniciativa a las bases de ese movimiento y a su capacidad de iniciativa frente a la hoy cuestionada ofensiva del capital depredador contra las clases subalternas, al menos bajo su forma más draconiana, que es la que ha prevalecido durante más de tres décadas en nuestro país y en muchos otros del mundo.

Y quienes plantean que lo importante no es emitir un voto sino organizarse, acaso se están negando a sí mismos el apreciar que esa conformación plural en movilización ya está en gran medida organizada, no es espontánea, y que su potencialidad como movimiento de transformación se podrá desplegar en muchos frentes y aspectos (como ocurrió con el movimiento social izquierdista tras el triunfo de Salvador Allende en 1970), sobre todo si logra conquistar el poder del Estado y debilitar al gran capital depredador.

Pero el hecho ya evidente e importante, con debates o sin ellos, es que las tendencias hasta ahora registradas no se modificarán fácilmente y que ese movimiento político-social y una mayoría de los ciudadanos ya definidos, han decidido no dar al régimen plutocrático, corrupto, ineficiente y criminal que se encuentra hoy vigente, ninguna oportunidad más de seguir por seis años más manejando al país. Y ya lo había dicho ese viejo barbón alemán a punto de ser bicentenario: “cada paso del movimiento real vale más que una docena de programas”.

Addenda: Hace unas semanas denuncié aquí el proceso de fascistización en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. No era una figura retórica. En días recientes fue apedreada la casa estudiantil Josefa Ortiz de Domínguez, donde habita la consejera universitaria representante de las casas. Y alguna autoridad, anulando la libre expresión de los universitarios, ordenó retirar una lona donde el Frente en Defensa de la Universidad Pública se manifestaba en contra de la expulsión de nueve estudiantes por su participación política. Así hoy las cosas.

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