Estrellita M. Fuentes Nava
La velocidad de la confianza
Viernes 20 de Abril de 2018
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He pasado por una serie de vivencias personales en las últimas semanas que me hicieron reflexionar en torno a cómo la confianza acelera los intercambios cotidianos, y más cuando se trata de personas cercanas que lo conocen a uno, aunque sea de épocas recientes: el hermano de una amiga me traspasó su auto junto con el crédito de la agencia para que yo lo siguiera pagando con sólo un acuerdo de palabra de por medio, mientras él se iba a radicar a Estados Unidos, pude ayudar a colocarse a una amiga en un nuevo puesto sólo por el hecho de que di mi palabra para recomendarla, pude reunir a un grupo de amigas en menos de 24 horas para apoyar el proyecto político de otra amiga, a pesar de que no nos vemos con frecuencia; mis clientes en la oficina a veces hasta me depositan en mi cuenta para que les pague su recibo del agua, porque confían más en mí que soy una extraña, ya que han sido timados por su propia familia o amigos cercanos, quienes se los cuentearon con sus adeudos y nunca los pagaron. He tenido jefes que me han confiado las claves de sus computadoras personales o de sus cuentas bancarias, o que con el tiempo me han incorporado a su círculo cercano de consejeros y hasta de amistad.

En una época en la que estaba buscando empleo tuve la oportunidad de conocer y contratar los servicios de un consultor, quien es coach de currículos (¡sí existe eso!). El australiano Renny Dale, que vive en la Ciudad de México y a quien las empresas contratan para seleccionar y reclutar personal. De él tengo muy grabado algo que me dijo durante nuestra primera entrevista: “Estrellita, el 80 por ciento de las probabilidades para encontrar trabajo depende de a quién conoces”, y la verdad es que tiene toda la razón. Bendito Dios pocas veces he tenido que tocar puertas, sino que ha sido por mi propio trabajo y mis resultados, así como la confianza, que me han abierto las puertas a través de mi red personal de contactos para poder colocarme.

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(Foto: TAVO)



En el Facebook tengo casi dos mil 500 contactos, en mi celular llevo casi mil número y correos registrados, en LinkedIn tengo dos mil contactos también, y mi grupo más cercano de amistades elementales podría calcularlas en 100 aproximadamente, aquellas con las que interactúo cotidianamente, aunque claro que conozco a personas que tienen miles de millones más. En lo que se refiere a mi red, es el fruto de muchos años de trabajo y de cariño, además de honorabilidad, ya que jamás me he tranzado a nadie, ni he abusado de la confianza de alguien, y no ando por la calle buscando a ver a quien joderme (como diría Peña Nieto).

Claro que me he llevado mis experiencias nada gratas, como cuando me han dejado sin el pago de mis honorarios por confiada y no firmar contrato, contando con el hecho de que se trataba de un proyecto entre “amigos” (por supuesto que ya los eliminé de mi lista); ha habido gente que ha abusado de mí al llevarlos a mi organización a trabajar para que luego me grillen generando ambientes enrarecidos; actores políticos que en su momento apoyé y que ahora se hacen los occisos. Afortunadamente son los menos, y con el tiempo lo único que estos personajes lograron en mí es ayudarme a identificar y a valorar aún más a los que son mis verdaderos amigos.

En su libro La velocidad de la confianza, Stephen R. Covey traslada la confianza al mundo de los negocios y dice que ésta acelera las ventas y la generación de transacciones, acorta los tiempos, facilita los procesos, mejora los ambientes laborales, y todo ello redunda en el incremento de los ingresos de una compañía.

La confianza está presente en el mundo animal, ya que la manada confía en la guía del líder que los lleva a pastorear y los resguarda de los peligros ajenos; los bebés confían en sus madres y duermen plácidamente confiados en que ellas los arrullarán, alimentarán y cuidarán. Los niños confían en sus padres y viceversa. Eso es lo que mantiene al grupo unido, cohesionado y vital.

Desafortunadamente este valor ha sido quebrantado y está tan devaluado que ya nadie cree en los actores públicos, ni políticos: los ciudadanos ya no creen en sus gobernantes y también sucede a la inversa. En general no creemos en los medios de comunicación, ni en los líderes de opinión, ni en el vecino de al lado, y estamos todo el tiempo a la defensiva esperando a ver quién nos va a tranzar. Y no contentos con eso, todavía tratamos de regular la desconfianza a través de leyes, reglamentos y regulaciones inoperantes y muchas veces ilógicos, con los que tratamos de ponerle candados para mitigarla. La realidad es que nada podría regular nuestra confianza porque ésta no se compra, ni se mercadea: se percibe, se respira, se gana, se pone a prueba y se lleva por dentro en cada aspecto de la vida cotidiana.

En la época de mis abuelos el valor de la palabra era más importante que un pagaré: podían hacerse préstamos monetarios, repartir herencias y hasta reconocer las deudas del juego con sólo el dicho de una persona. Ahora eso ya no sucede así.

Por ello, quizá antes de pensar en el rediseño de un país y discutir en un Congreso la ley de mayor vanguardia para aniquilar la corrupción, tendríamos que reconstruirnos en lo individual y en lo comunitario desde esa dimensión de la confianza honrando la palabra y buscando en todo momento el bien hacer por el prójimo. Estamos en tiempos de franca crisis donde los egos brincan por doquier y se avasalla sin ningún sentido de ética; esto retarda el crecimiento y a la larga empobrece a un país. La confianza se erige pues como un baluarte que no requiere de presupuesto público alguno, y que a la vez podría llevarnos a la bonanza y a la plenitud como sociedad. Bien haríamos en considerarla…

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