Estrellita M. Fuentes Nava
Adictos tecnológicos
Viernes 13 de Abril de 2018
A- A A+

El martes de la semana pasada, una vloggera iraní que se hacía llamar Nasim Aghdam tomó por asalto a punta de pistola las oficinas centrales de la empresa YouTube en San Bruno, California, Estados Unidos, hiriendo a tres personas y después suicidándose. Al parecer esta mujer era toda una celebridad en Irán por sus videos en los que promovía el veganismo y los derechos de los animales, y se argumenta que quizá su descontento fue por una supuesta manipulación de la empresa en cuanto al manejo de sus cuentas, lo cual le redujo el número de visitantes y, como consecuencia, sus ingresos. Al saberse los hechos inmediatamente se eliminaron sus cuentas de YouTube, Facebook e Instagram. Se infiere que estas empresas digitales pertenecen al mismo grupo, por lo que pueden actuar en simultáneo.

Por otra parte, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, está enfrentando lo que parece una de las más severas crisis de imagen pública de la empresa por haberse filtrado evidencias en las que se destapa la “fuga” de información de 50 millones de cuentas a través del corporativo Cambridge Analytica, conocida por haber incidido en la intención del voto en las recientes elecciones de Estados Unidos a fin de que ganara el actual presidente Donald Trump. El escándalo ya le ocasionó a Zuckerberg pérdidas millonarias en la Bolsa de Valores (-6 por ciento, algo no visto desde 2014), y ya fue llamado a declarar ante el Congreso de aquel país. Este gurú millenial ya reconoció abiertamente que le tomará años a Facebook realizar sus ajustes de seguridad.

Movilización policiaca durante el ataque en las oficinas centrales de la empresa YouTube.
Movilización policiaca durante el ataque en las oficinas centrales de la empresa YouTube.
(Foto: Especial)



Pareciera chiste un sketch del programa Nosotros los Guapos, de Televisa, en el que El Vítor y Albertano fingen tener un negocio de cartomancia para poder adivinar el futuro a pobres incautos, siendo que toda la información la obtenían a través de sus redes sociales y después cobraban por ello, pero en la realidad esto no dista de ser así. Todos los días, a través de los millones de usuarios que navegan en la red, se deja huella de absolutamente cada paso que dan: los lugares que visitan, los amigos que frecuentan, sus gustos, lo que les significa, lo que piensan, los mensajes que intercambian, su estado de salud, y gracias a la tecnología hasta se tienen ya registros del iris, la huella digital (como con los iPhone), y los rasgos faciales. Toda una gran base de datos que representa millones de ganancias para las empresas interesadas en vendernos lo que sea o para las agendas de seguridad de los países.

El problema es que a través de esta gran red de manipulación los más vulnerables son los jóvenes, que están rindiendo culto a la nueva ola de influencers (influenciadores) que promueven marcas, estilos de vida y más, gracias a lo cual algunos de estos nuevos “artistas” ganan millones por ello. Es tal la obsesión por seguirlos e imitarlos que se raya en lo patológico, e incluso los especialistas recomiendan ayuda profesional (algo que bien hubiera necesitado la loca iraní que disparó en la empresa de YouTube). Entre los niños y los jóvenes millenials es ahora un sueño convertirse de la noche a la mañana en estrellas de la red y vivir de ello, y esto los hace propensos a atentar contra su propia seguridad, su dignidad y su autoestima (si es que no obtienen el número de likes a los que aspiran).

Los influencers, por su parte viven, de eso, de hacer videos, aunque muchas veces sin contenido profesional serio o que promueva algo trascendente. Dan consejos sobre cómo tener pareja sin estar certificados como terapeutas; dietas, sin aval médico; entre otros temas, llegando a convertirse en verdaderos iconos con contratos de publicidad, portadas de revista y sus marcas propias.

Es tal la magnitud e importancia de las redes digitales que incluso los candidatos presidenciales en México ya están apostando en ello, invirtiendo millones de pesos, al punto que por no declarar estos gastos ante el Instituto Nacional Electoral ya recibieron multas millonarias. También la guerra sucia se da en esa trinchera si tomamos en cuenta las denuncias de Andrés Manuel López Obrador en el sentido de que hay quienes están pagando a empresas extranjeras para denostar su imagen, e incluso acusa directamente al empresario Claudio X. González de ello. Sin duda la autoridad electoral tendrá que pulir su marco legal sobre este nuevo aspecto de las herramientas electorales.

Andrés Oppenheimer, en su artículo “La crisis de Facebook”, publicado el pasado 23 de marzo, señala que en entrevistas con directivos de la empresa Google, reconocieron abiertamente que la intención es convertirnos como usuarios de manera deliberada en “adictos tecnológicos”, y pareciera que lo están logrando. La cantidad de horas dedicadas a los teléfonos inteligentes y las redes sociales se incrementa de manera exponencial, al punto que de no hacerlo llega a generar a algunos estrés y ansiedad, déficit de atención, insomnio, desconexión social, entre otras consecuencias.

En lo que se refiere a los contenidos, las empresas tradicionales de medios ahora se rompen la cabeza tratando de descubrir el quid de los nuevos contenidos que necesitan para poder vender en masa, pero me parece que justo ese concepto de “masa” cada vez se está fragmentando más, ya que cada uno de nosotros tenemos más posibilidades tanto de diseñar nuestros propios contenidos como de elegir nuestros criterios de consumo, por lo que ya es difícil establecer tendencias. También los gustos del público se han modificado: lo que llama la atención ya no es lo estético o lo moral, sino lo que en medio de un mar de imágenes que nos inunda, nos es diferente.

Los especialistas recomiendan que estemos alertas a la veracidad de los contenidos que consumimos, así como que aprendamos a gestionar de manera inteligente nuestro tiempo. Incluso ya hay lugares donde se ofrecen retiros para dejar de lado la tecnología y encontrar de nuevo un balance con uno mismo.

Esa revolución de las redes y los medios digitales llegó para quedarse y su onda será cada vez más expansiva y profunda. Sin duda nos modificará como humanos y como sociedad, pero a pesar de ello no hay que olvidar que nuestra esencia es una distinta a lo que sucede en las redes sociales, y que éstas no nos definen. Jamás un like sustituirá a la calidez de un abrazo, un icono de WhatsApp al candor de un beso, o una foto en Instagram al sabor de un platillo exquisito, o a la sensación de la brisa del mar que acaricia nuestro rostro. Nuestro espíritu no debe quedar atrapado entre las redes ya que éstas aunque parecieran liberar fronteras, en realidad nos encapsulan en un número o una estadística a conveniencia de empresas como Cambridge Analytics…

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

El éxodo que se avecina

En defensa de la confianza

Bodas fifí

Vergüenza y herencia

Gestionar los desastres

Austeridad republicana y política exterior

El agua nos hermana

Cultura de revista

El amor en tiempos de internet

Viajando sola

De la misoginia en el ejercicio periodístico

La burbuja de la ilusión

El mito de la privatización por las reservas del agua en México

Votar como un acto de valentía

¿Gobernadores a reelección?

El mercadeo de los debates

Mar de información

Regresar a la violencia

De subjetivos y tristes nómadas el debate presidencial

La velocidad de la confianza

Adictos tecnológicos

Amarrando tigres

El universo es el límite

Mujeres desechables

No hay ni a quién irle

En México sí se prioriza

¡Chanfle! Y ahora… ¿quién podrá defendernos?

Generación X

Los límites del señor López

Una brújula para 2018

Cristo libertador

De entre los más pobres: Santa María Zaniza, Oaxaca

Un vistazo a los ciudadanos-clientes

Mi nombre es Estrellita

Lecciones desde la Revolución

Los millones del PEF 2018 ¿hacia dónde?

De la muerte y sus ironías

Ecos de Rusia de ayer y hoy

Los cuatro jinetes del Apocalipsis en la agenda ambiental

Del feng shui a los Atlas de Riesgos

Los dos Méxicos

El costo de no invertir en el agua en México

In the name of dog

El otro México

Controlar lo incontrolable: del reino de la TV al Smartphone

La doble cara de la minería en México

Una mirada al agua con ojos de mujer

Viejo PRI, ¿nuevo PRI?

El mito que se desmorona

Adiós a Barbie

Una vida entre perros

El valor de lo simple y ordinario

Fanta elecciones

El Inlakesh del agua

Voces de conciencia por el Lago de Cuitzeo

Movilidad social y discriminación en México

El reto de ser hoy municipio en México

El gran reto del agua desde lo local

Crisis del Estado y gobernanza

Más gorditos para 2030

La discriminación por el agua en México

De juniors, mirreyes y lords

#SiMeMatan

Planear sosteniblemente a México

Mundo millenial

La sonrisa de Duarte

¿Qué tienen en común United y Michoacán?

¿Un nuevo orden internacional?

De la mediumnidad al New Age en la clase política mexicana

¿Por qué desperdiciar agua?

¿Cómo medir la salud mental de los líderes políticos?

La vía de las mujeres en México y el mundo

El paradigma del gobierno del agua en México

El modelo de hidro-diplomacia entre México y Estados Unidos

La seguridad humana en el renglón de la democracia

Comida orgánica, ¿sólo para las élites?

Reset México

¿Reviven la Ley Korenfeld en San Lázaro?

Surfear la ola según Davos

En mis ideas mando yo

Compactémonos

El valor de la confianza

Agarrados por el cuello

Crecimiento de las exportaciones agrícolas en México, sí, pero no sin agua

Calidad democrática y crisis de legalidad en México

¿Aires de esperanza para la agenda ambiental?

Agua, pobreza y agricultura

Día Mundial de la Educación Ambiental

Pensar globalmente y actuar localmente en el agua

¿Quién es quién en el agua?

Agua y pueblos indígenas: una asignatura pendiente

La cooperación por el agua

Desastres naturales y pobreza

Cambio climático: una agenda de seguridad para Michoacán