Julio Santoyo Guerrero
Opinión
Democracia dinástica
Lunes 2 de Abril de 2018
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Política mexicana.
Política mexicana.
(Foto: TAVO)

Las malas tradiciones heredadas en el ejercicio de la política mexicana siguen teniendo tanto peso que la posibilidad de una democracia vigorosa sigue siendo una meta lejana. Cuando en los 90 se creía con fervor que el advenimiento de la democracia resolvería los grandes problemas nacionales de la época, jamás se imaginó que a la vuelta de los años la utopía democrática se desteñiría a tal punto que hoy muy pocos la toman como el estandarte en torno a la cual aglutinar la participación ciudadana.

Tanto se le exigió a la democracia, pero tan poco a los sujetos políticos para que la ejercitaran y muy poco a los ciudadanos para que asumieran también sus valores, que al paso de tiempo la exigencia llevó al desencanto. Creyendo que la democracia sólo consistía en la diversidad de la clase política y en sus expresiones político partidarias, se descuidó la eficiencia de los gobiernos y la transparencia de sus actuaciones.

Este círculo vicioso de relaciones, ciegamente impulsado por gran parte de los protagonistas del quehacer político, ha llevado al descrédito de tirios y troyanos. Perdida la ruta de la construcción democrática y perdido el compromiso de los partidos para ofrecerles a los ciudadanos gobiernos eficientes y transparentes, los resultados han sido desastrosos. Con honrosas excepciones en todos los colores partidarios, los gobiernos y el trabajo legislativo han sido cuestionados severamente debido a la ineptitud, a la omisión y a la complicidad con la corrupción.

La tradición patrimonialista, que se aferra en las creencias más profundas de nuestros políticos, pero también entre la población, ha debilitado el tránsito hacia una democracia fuerte y con resultados en los gobiernos. Y no parece que cambiará en nada con la elección sucesoria que viviremos el 1º de julio. Sólo basta que echemos una mirada crítica a las listas de candidatos para los poderes legislativos y presidencias municipales para encontrar que la herencia dinástica del poder es un ejercicio ordinario y componente fundamental del poder político en nuestro país. La predominancia filial y de compadrazgos en las listas de todos los partidos políticos está tan a la vista que las discrepancias partidarias que se hacen públicas suelen ser sólo resonancia de conflictos por el dominio familiar en distritos y municipios.

Incluso la distribución del poder en los propios partidos políticos suele resolverse dentro de los términos del poder de las familias que han colonizado a estas instituciones. No es desmesura pero nuestra democracia está siguiendo el camino dinástico. En los hechos el discurso de los valores democráticos, y una parte de sus prácticas, son tomados para justificar el acceso a las candidaturas y a la administración pública y partidaria de las dinastías que se han empoderado en los institutos políticos. La aceptación del hecho genera en cada partido sus propios sistemas de digestión, que procesa consensos "democráticos" para que las dinastías refrenden su fuerza y consoliden su permanencia.

A ojos de la ciudadanía más consciente, esta condición es inaceptable pues no corresponde a la aspiración democrática que se pretende para el país. La falta de rubor con la que los partidos justifican esta realidad es una fatalidad para las instituciones porque de ello se deriva también el sometimiento de éstas a los ejercicios patrimonialistas que tanto daño nos han hecho y que tanto abominamos.
Desafortunadamente la democracia dinástica será votada y con toda seguridad, refrendada en la elección de julio próximo. Tendremos nuevamente gobernantes y legisladores herederos de las varias dinastías. Es decir, una vergüenza para nuestro raquítico sistema democrático. Se entiende por qué el discurso comprometido con la democracia ha sido abandonado, para muchos políticos es tanto como darse un tiro en el pie, el pie de su dinastía.

Así que no esperemos el paraíso después del 1º de julio. Las cuestionables costumbres de la clase política, cualquiera que sea su procedencia, no han sido derrotadas, los electores las van a refrendar con su voto porque no hay más que los malos, los peores, los aborrecibles y los impresentables. No se ve por ningún lado una ruptura efectiva y consecuente con las prácticas y cultura que nos han llevado al lugar en que estamos. Más allá de los alineamientos electoreros, en ocasiones casi fanatizados, la realidad está ahí y seguirá después de julio, tan o más compleja como la que ahora ignoran nuestros candidatos, y a la cual pretenden exorcizar con simplismos programáticos y siguiendo la costumbre patrimonialista y dinástica de que en familia se puede mentir para obtener votos, al fin que ya siendo gobierno lo demás es lo de menos. Al fin que todo queda en familia, pues ahí estarán representadas, al modo de las cortes monárquicas.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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