Alma Gloria Chávez
Rituales de la Semana Mayor
Jueves 29 de Marzo de 2018
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Es un color de montañas azules, es un olor de jazmines y azahares. Es un dolor permanente y silencioso: Semana Santa...

Julio Solórzano, cantautor.


La Semana Santa o Mayor es un suceso en el que participa un buen número de pobladores, por lo general creyentes católicos: algunos como actores y la gran mayoría como expectante público, testigos todos de la divina tragedia representada en Siria hace cerca de dos mil años.

Hace muchos años, en casi todo México, con el Viernes de Dolores se iniciaban las ceremonias de Semana Santa. Ese día, dedicado a la Virgen y pensando en el dolor que estaba próxima a sufrir con la muerte de su amado hijo, se levantaban en su honor y con el ánimo de distraer su pena unos altares profusamente adornados con los frutos de la estación, aguas de colores, recipientes con semillas de trigo, chía o lentejas germinadas; banderitas de papel oro, flores multicolores, veladoras y papel de china picado, desbordantes de ingenio y colorido. Desde el siglo XVIII llegaron a ser tan populares, que hablar de ellos era como identificar la artesanía de cada uno de los estados y regiones hoy en día.

La Semana Santa o Mayor es un suceso en el que participa un buen número de pobladores, por lo general creyentes católicos
La Semana Santa o Mayor es un suceso en el que participa un buen número de pobladores, por lo general creyentes católicos
(Foto: TAVO)



Décadas atrás estuvieron a punto de desaparecer (sobre todo en nuestro estado), pero en los últimos años se han vuelto a hacer presentes con renovado entusiasmo. “Culto a la fertilidad, representada en la Madre Divina y el simbolismo de la vida que renace a través de la muerte, que se expresa en las semillas germinadas, estos altares cobran mayor significado hoy que entendemos el grave daño que estamos causando a la naturaleza… Son como un acto de desagravio…”, me ha dicho un amigo antropólogo.

Seguramente para nadie resulta desconocida la emotiva ceremonia litúrgica donde se bendicen las palmas que recuerdan cuando Jesús el Nazareno llegó a la ciudad de Jerusalén, donde fue recibido por una multitud de hombres y mujeres que, ya advertidos de su llegada, lo aclamaron portando ramos y palmas, al tiempo que exclamaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Este hecho bíblico dio origen al denominado Domingo de Ramos. Y es creencia generalizada que, luego de llevar a bendecir los ramos bellamente tejidos por los “palmeros” de alguna comunidad, sirven para espantar a los malos espíritus y proteger nuestros hogares.

El Jueves Santo por la tarde se visitan las Siete Casas, costumbre popular iniciada por San Felipe Neri; ceremonial que consiste en acudir a siete iglesias en una especie de peregrinación, que recuerda cuando Jesús fue llevado de un lado a otro en el momento de ser enjuiciado. Seguramente para muchos fieles católicos este deambular entre tantas iglesias tenga un profundo valor cristiano, aunque para muchos otros el ritual se haya convertido en alegre romería. A mí, por ejemplo, me gustaba hacer ese recorrido en Morelia, porque al finalizar era recompensada con las coloridas y sabrosas rosquitas de caramelo que sólo ese día se ofrecían a la venta a la entrada de los recintos religiosos.

El mismo jueves por la tarde, en muchas poblaciones de Michoacán, se llevan a cabo las representaciones de la Pasión de Cristo, que inician con el lavatorio de pies, la cena con los doce apóstoles, la bendición del pan y el beso de Judas. Posteriormente, en otro escenario, se desarrolla la oración del huerto, el “sueño de los justos”, la detención de Jesús, su presentación ante los jueces, la flagelación de que fue objeto y su encarcelamiento.

El Viernes Santo se realizan los Viacrucis, que son el recorrido hecho por Jesús hasta el lugar donde fue crucificado: el Monte Calvario. Acompañan a estos Viacrucis (algunos de ellos dramatizados) a la figura del Nazareno, personajes como los dos ladrones Dimas y Gestas, la Virgen Dolorosa, que sale al encuentro de su hijo; las mujeres piadosas (Magdalena y Verónica) y numerosos fieles vestidos de centuriones romanos (que propinan latigazos a los reos durante todo el recorrido), o penitentes cargando pesadas cruces, haciéndose partícipes de los padecimientos sufridos por Jesucristo.

El triste sonido de la chirimía (flautas acompañadas por tamborcillo) o de una trompeta y un tambor se dejan escuchar como fondo a los rezos y plegarias, mientras los penitentes se flagelan y a través de tristes cantos piden perdón e indulgencias. En Pátzcuaro ha sido la hermandad franciscana la encargada de mantener vivas estas ceremonias, así como las parroquias de algunas colonias, como la Pedro Antonio de Ibarra. En Tzintzuntzan, Erongarícuaro y Huecorio han cobrado arraigo y relevancia gracias al esfuerzo y organización de sus pobladores.

La representación llega a su clímax cuando Jesús expira en la cruz, cerca de las 15:00 horas, y posteriormente su cuerpo es bajado de ella por los justos varones y entregado a su madre y a las mujeres que le acompañan para llevarlo a su sepulcro. Por la noche se realizan procesiones: en Pátzcuaro, con algunos de los afamados Cristos hechos con pasta de caña de maíz, con el Santo Entierro (el nicho donde será colocado el cuerpo del Nazareno) y con la imagen de la Virgen María, en esta ocasión en su advocación de La Soledad (vestida de riguroso luto).

El sábado todavía es “día de guardar”, aunque los jóvenes participen de los baños a cubetadas entre ellos o también haciendo partícipes de sus juegos a paseantes descuidados. Al caer la tarde empieza el repicar de campanas en todas las iglesias católicas, anunciando que se “ha abierto la Gloria”, o sea, que Jesús ha resucitado de entre los muertos “y que se encuentra en cada uno de nosotros, invitándonos a ser mejores cristianos”, me dijo sor Esther.

Por todo el territorio nacional la ceremonia de la Pasión, la Semana Santa o Semana Mayor, tiene especial significado para el pueblo mexicano, rico en historia y tradiciones que son mezcla de culturas milenarias de este y del otro lado del mar.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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