Viernes 23 de Marzo de 2018
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Las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio.

Antón Chéjov.

En gran parte de la historia de la humanidad, al menos desde el esplendor heleno, se tuvo por aceptada ampliamente la enumeración de seis bellas artes: arquitectura, escultura, pintura, música, poesía/literatura y danza; ello hasta que a principios del siglo XX apareció el texto El manifiesto de las siete artes, escrito por el dramaturgo y periodista italiano Ricciotto Canudo, en el cual acuñó el término “séptimo arte” para el cine, aceptándose desde entonces la inclusión de este avance tecnológico en la lista de las bellas artes, siendo, por cierto, la única que tiene un lugar fijo en la lista, ya que las demás pueden aparecer en diverso orden y jamás se les llama por su posición numérica como sinónimo.

Saco este tema del arte a colación por la reciente polvareda que levantó el Nobel peruano-español Mario Vargas Llosa con su artículo publicado en El País bajo el título Nuevas inquisiciones, en el cual dijo que “el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo”, lo que obviamente no agradó a muchas personas, principal y obviamente a las feministas.

Ahora bien, efectivamente la misoginia y el machismo, así como cualquier tipo de discriminación, debe ser reprobada en el ámbito público y social de nuestras comunidades, pero lo cierto es que las bellas artes debieran ser lugares de excepción a nuestras reglas comunes de convivencia, ya como tema de libertad, ya como válvula de escape psicológico para el sinfín de bajas o raras pasiones que habitan en ciertas mentes, las cuales no deben ser juzgadas si no existe afectación real a terceros.

Vargas Llosa, en el referido artículo, con mayor claridad y precisión abunda sobre esto al tenor siguiente: “Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral se verán siempre en aprietos. Y, una de dos, o aceptan que este quehacer ha estado, está y estará siempre en conflicto con lo que es tolerable y deseable desde aquellas perspectivas, y por lo tanto lo someten a controles y censuras que pura y simplemente acabarán con la literatura, o se resignan a concederle aquel derecho de ciudad que podría significar algo parecido a abrir las jaulas de los zoológicos y dejar que las calles se llenen de fieras y alimañas”.

Vargas Llosa, con mayor claridad y precisión abunda sobre esto al tenor siguiente: “Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral
Vargas Llosa, con mayor claridad y precisión abunda sobre esto al tenor siguiente: “Quienes quieren juzgar la literatura —y creo que esto vale en general para todas las artes— desde un punto de vista ideológico, religioso y moral
(Foto: Cuartoscuro)



Continúa el padre de Pantaleón y sus visitadoras: “Esto lo explicó muy bien Georges Bataille en varios ensayos, pero, sobre todo, en un libro bello e inquietante: La literatura y el mal. En él sostenía, influido por Freud, que todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y que, desde allí, puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia. ¿De qué manera lo consigue? A través de un intermediario: la literatura. Ella es el vehículo mediante el cual todo aquel fondo torcido y retorcido de lo humano vuelve a la vida y nos permite comprenderla de manera más profunda, y también, en cierto modo, vivirla en su plenitud, recobrando todo aquello que hemos tenido que eliminar para que la sociedad no sea un manicomio ni una hecatombe permanente, como debió serlo en la prehistoria de los ancestros, cuando todavía lo humano estaba en ciernes”.

El mismo Bataille decreta sobre la literatura que “no es moral ni inmoral”, lo cual yo sugiero que aplica para todo arte, desde una danza provocativa, una película violenta y erótica, hasta un desnudo al óleo; por lo tanto, el arte debe gozar de plena libertad y la única clasificación que debe recibir es la de bueno o malo, y esto, a pesar de lo relativo que puede ser, porque si algo tengo clarísimo, es que el arte es gustativo, aunque existan mayorías que consagran obras o artistas, y minorías que también lo hacen, las primeras por masificación y las segundas por elitismo.
En fin, que lo que pase en el arte se quede en el arte.

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