Viernes 23 de Marzo de 2018
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Parece que Andrés Manuel López Obrador está a la cabeza como puntero de las encuestas de cara a la elección presidencial del próximo 1º de julio, y particularmente en este año se observaba como un candidato más mesurado, prudente y conciliador que en años anteriores; sin embargo, hace días, durante la pasada LXXXI Convención Bancaria celebrada en Acapulco, Guerrero, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia aseveró ante la élite de los banqueros: “Si las elecciones son limpias, libres, me voy a Palenque, Chiapas, tranquilo… Si se atreven a hacer fraude electoral, me voy también a Palenque y a ver quién amarra al tigre”. Se llegó a interpretar que con ello hacía alusión a la frase que Porfirio Díaz dijo en 1911, cuando presionado por la agitación revolucionaria, se sintió incapaz de contener el flujo social y debió renunciar. El 31 de mayo de 1911, el oaxaqueño partió al exilio y se despidió de Victoriano Huerta con una frase memorable: “Madero ha soltado al tigre. Ahora veremos si puede controlarlo.

También en los días recientes, en los que se cerró el registro para los candidatos presidenciales independientes, de entre quienes sólo Margarita Zavala se sobrepuso a las difíciles pruebas que el sistema a claras luces partidocrático les impuso a quienes osaron desafiarlo, el aspirante Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, al ver negadas sus posibilidades de contender por la Presidencia de la República por las inconsistencias en las que incurrió durante el proceso de recabar las firmas, declaró que el INE (Instituto Nacional Electoral) “despertó al México bronco”.

Andrés Manuel López Obrador está a la cabeza como puntero de las encuestas de cara a la elección presidencial del próximo 1º de julio, y particularmente en este año se observaba como un candidato más mesurado, prudente y conciliador que en años anteriores
Andrés Manuel López Obrador está a la cabeza como puntero de las encuestas de cara a la elección presidencial del próximo 1º de julio, y particularmente en este año se observaba como un candidato más mesurado, prudente y conciliador que en años anteriores
(Foto: Cuartoscuro)



Estas dos frases, expresadas por personajes antagónicos en la arena política, hacen alusión a un mito muy temido por las cúpulas del poder que refiere precisamente a despertar al México bárbaro, a las masas desbocadas, y que con ello pudiera representarse la posibilidad de que éstas salgan a las calles a recuperar el poder. En este 2018 incluso se hace alusión a la hipótesis de que si llegara a ganar el PRI sería una situación impensable, porque inmediatamente los ciudadanos armarían una revuelta al punto de casi dar un golpe de Estado. Sin embargo, la historia nos marca pautas muy distintas: las severas crisis económicas que azotaron a nuestro país durante los 70 y 80, en las que numerosas familias perdieron su patrimonio y vieron convertidas sus deudas patrimoniales en algo impagable de la noche a la mañana; el supuesto fraude electoral del 1988 y en fechas recientes los escándalos de corrupción en los que se han visto envueltos desde el presidente hasta los funcionarios de primer nivel que ahora aspiran a una curul en San Lázaro sin sentir ni el más remoto atisbo de pena, aunado a la terrible desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa –de quienes la comunidad internacional en días recientes ha hecho severos señalamientos por las inconsistencias en la investigación y las evidentes señales de tortura en los hasta ahora imputados– nos habla de un México que ha sido azotado por las más cruentas bajezas año con año y que sin embargo se sostiene en pie, funcionando, sin entender el cómo.

El modelo de política del país es sistémico y no depende de unos cuantos actores; está entretejido en un crisol de vetas culturales, sociales y hasta anímicas del psique mexicano. En ello están modeladas desde el típico macho mexicano que violenta a su mujer porque se siente con el derecho de hacerlo, la madre que golpea a sus hijos en vez de escucharlos, el policía municipal que se siente todopoderoso con sólo empuñar un arma y amedrentar a quien se le interponga en su camino, el alcalde que compra la camioneta del millón de pesos aunque su pueblo no conozca ni lo que es un adoquín decente en sus calles, el mafioso que mata y tortura con crueldad y saña, hasta la que tira la basura en la banqueta, el que maltrata a la mascota, el que copia en los exámenes… en fin, una lista interminable de caras, situaciones y contextos.

El México bronco despertaría cuando de manera unánime éste dijera “¡ya, no más!”, y comenzara a andar el camino de la ética, la comunidad, la transparencia, la solidaridad y sobre todo el respeto. Por ello, cuando personajes como AMLO o El Bronco hacen alusión a este despertar pero de manera amenazante, dando a entender que si no son ellos ninguno tiene la posibilidad de llevar las riendas de este país, se incurre más en un discurso que en un elemento reflexivo que abone a la democracia y al diálogo, o a la paz tan necesaria para el país. Pareciera un amarrar navajas, o provocar una pelea de tigres en la que los dos contrincantes saldrían perdiendo. Tampoco abona atizar más a la de por sí vapuleada credibilidad en las instituciones o en el sistema electoral, que nos sale tan caro como para que a estas alturas nos resulte disfuncional.

Nuestro país tiene que transitar de una manera unificada, madura y consciente a mejores estadios en los que la democracia no sea sólo una cita con una fecha en el calendario, sino una cultura de vida y de convivencia social permanente, y que nos ayude como trampolín a superar nuestras severas deficiencias en términos de inequidad y desigualdad. Para ello se necesita a un ciudadano maduro que actúe en consecuencia, y no en una perenne adolescencia en la que demos tumbos por doquier a capricho de unos cuantos y no lleguemos a ninguna parte. Han sido muchos los esfuerzos y los desvelos de quienes han luchado y participado por construir a este país de manera honesta y limpia. Ojalá este 1º de julio sepamos qué rumbo elegir…

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