Arturo Alejandro Bribiesca Gil
Los tres alegres compadres
Viernes 9 de Marzo de 2018
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I´m mexican.

Guillermo del Toro.


Esta que pareciese fakenews es una verdadera historia de éxito y gran motivo de orgullo para el pueblo mexicano, que se empezó a gestar en 2014, cuando Cuarón gano su Oscar por Gravedad; al año siguiente, El Negro Iñárritu, por segundo año consecutivo para un mexicano, se llevó la estatuilla con Birdman, y contra todo pronóstico, en 2016 el mismo Negro repitió el logro con El renacido; posteriormente, y con una edición de los premios de la Academia de por medio, llega Del Toro y se lleva su Oscar con La forma del agua, para así subirse al pedestal mundial del séptimo arte, junto a sus dos laureados paisanos, amigos y compadres, con nuestra bandera tricolor cubriéndolos como un zarape familiar.

 Los cineasta Guillermo del Toro, Alejandro Gonzalez Iñarritu y Alfonso Cuarón
Los cineasta Guillermo del Toro, Alejandro Gonzalez Iñarritu y Alfonso Cuarón
(Foto: Cuartoscuro)


Esta triada, además de diversión, alegría, orgullo y fascinación, nos traen una gran lección: sí se puede. Y antes de que piensen que caigo en el simplismo de ver nuestra mexicanidad como fortaleza y no como el simple accidente geográfico que es, ni tampoco en el discurso patriotero, aclaro: la misma lección sacaría de estos hombres de valía y superior talento si fueran argentinos, colombianos, hindúes o de cualquier otro país del llamado tercer mundo.

Sus logros fílmicos nos dicen que sí se puede enseñarle como hacer chiles a Clemente Jaques, que la perseverancia, el ímpetu, la disciplina y la dedicación vencen cualquier muro, prejuicio o dificultad, por compleja que sea o parezca, y que la solidaridad y ayuda mutua generan más logros individuales que el simple egoísmo.

Imagino la dicha que debe embargar a estos aclamados cineastas, que por su amistad y origen, se inflaman con cada logro, aunque no sea el propio. La única preocupación que deben tener es la de no perder los pies de la tierra y caer en la veleidosidad hollywoodense, si es que no es demasiado tarde.

Ahora bien, no todo debe ser miel sobre hojuelas; en lo particular, no me gustaría estar en los zapatos de El Negro Iñárritu, quien todo lo que ha hecho ha sido laureado, cinco de sus seis obras han recibido nominación al Oscar (Amores perros, Babel, Biutiful, Birdman y El renacido), la única que no fue tomada en cuenta por la Academia, 21 gramos, humildemente sólo fue nominada al León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, repito: humildemente. En palabras coloquiales, de sus películas, la más tullida es alambrista.

Pobre Negro, a diferencia de sus dos compadres que han probado mieles y hieles por igual, él carga una pesada losa que lo puede llevar a tener una carrera poco prolífica, siempre temeroso de no estar a la altura de lo hecho. Sólo esperemos que se lo tome ligero y no termine como Rulfo, quien curiosamente acrecentó su fama dejando de hacer y no haciendo.

En fin, como mexicano en lo particular y como cinéfilo en lo general, espero que en próxima o próximas ediciones logremos el pentacampeonato oscaril, y que el mismo sea conquistado por un D’Artagnan, hoy no vislumbrado, que se una a los actuales tres mosqueteros del cine mexicanos –que no mexicano, repito– para acrecentar la gloria azteca y para deleite del mundo. (El paso de alegres compadres a mosqueteros obedece a la universalización inevitable que da la fama y el éxito, porque estos hombres de origen mexicano ahora son propiedad mundial).

Otrosí: Injusto artículo sería este si no hiciéramos un merecido reconocimiento también a Emmanuel Lubezki, El Chivo, ocho veces nominado al Oscar en la categoría de Mejor Fotografía y tres veces ganador consecutivo de la misma (Gravedad, Birdman y El renacido). ¿O acaso es él el D'Artagnan?

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