Rafael Calderón
Elegía del Destino
Rubén Darío, Del símbolo a la realidad
Lunes 2 de Mayo de 2016
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Soy lector asiduo de la poesía de Rubén Darío y de otros modernistas, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y Salvador Díaz Mirón –me fueron reveladas por michoacanos como Porfirio Martínez Peñalosa y Alfonso Méndez Plancarte– para nombrar únicamente en este espacio dos de estos modernistas mexicanos. Yo persigo en mis lecturas una forma distinta a las que comúnmente realizan mis contemporáneos. En el caso de Darío, prefiero ir a sus poemas y sentir su voz, aprehender un mínimo o máximo de ello: su voz lírica, su estilo, su ritmo. Toda su escritura se impone como parte de una revelación. Por lo mismo sus poemas son parte de una innovación que me trasmite la presencia de los clásicos del idioma y de éstos he bebido la forma y riqueza de su voz. Por eso lo digo: se me impone como un clásico vivo y lo confirmo ahora con las páginas de la antología que lleva por título Del símbolo a la realidad. Obra selecta (edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, 2016), pero extrañamente a México no ha llegado, y a partir de ésta ahora puede avanzar y generar reconocimiento total al poeta. Porque me descubren una voz, la voz de antaño; aquella que entonces como ahora deja un sabor de renovador y sobre todo porque sirve para continuar la revelación viva y esencial del idioma. Con esta antología, también llamada obra selecta, mis lecturas se enriquecen o simplemente uno aprehende a leerlo gratamente.

Un tema apasionante es por sí mismo el nombre de Rubén Darío que, por su nombre de pila, nada dice, y el que registra toda una literatura y nombra la poesía sin olvidar los otros géneros sucede que por un heterónimo y es donde brilla una obra literaria. Este nombre lleva a explorar esos giros que son para el idioma un estilo metafórico que agrupa a su alrededor. La revisión que de la obra y de su nombre se ha realizado implica recordar que su legado es el de un clásico que perdura entre los lectores y solamente el día que el idioma muera, su nombre, sólo entonces, será olvido y su literatura dejará de existir.

Para muestra de su vigencia basta un botón de su elegante ritmo; elegante por el tono de su voz y su musicalidad, la escritura está viva por el amanecer de sus imágenes y distinta por la entonación de cada palabra, y cuando ejerce desde su verso la vida que nombra un trino, un pájaro, unas ramas del árbol, o nombra asimismo a la mujer y el eco de su erotismo se siente y se hace presente entre distintas formas y estilos opuestos como hablar de la belleza y el amor y de la muerte inesperada.

Lo mejor, en su caso, será ir por partes: escribe poesía, centro principal, y escribe excepcionalmente crónica, ensayo literario y por su autobiografía es también un tema aparte; en el otro extremo estarán sus manifiestos poéticos: el prólogo a Prosas profanas, el “Prefacio” a Cantos de vida y esperanza, sus “Dilucidaciones” de El canto errante y sus comentarios críticos agrupados principalmente en su libro Los raros, donde figuran textos sobre Edgar Allan Poe, José Martí, etcétera, para llegar al justo reconocimiento de una ebullición que no termina ahí ni en la quietud de su breve vida, sino que debemos recordar que desde muy temprano empieza a viajar, primero por Centroamérica, visitando países como El Salvador, Nicaragua y Chile; más tarde retorna a su país; los viajes se intensifican por países como Chile, Guatemala y Argentina –donde vive una etapa muy prolífica para literatura–, donde publica títulos fundamentales: primero, Azul, 1888; más tarde la segunda edición (1890) salió en Guatemala; siguen los poemas de Prosas profanas y los ensayos de Los raros. Más tarde viaja por primera vez a Europa y conoce París: el mundo que tanto soñó un día conocer y vivir se sitúa en sus calles y avenidas para mandar crónicas encendidas de colorido y de un lenguaje que evoluciona las formas más personales y pasionales y asume ahora el símbolo de su modernidad que refleja en su escritura para expandirse por todos los géneros literarios: lo mismo la crónica que la poesía y reflexiones de crítica literaria.

Mientras vivió, es verdad, Darío mantuvo un diálogo fructífero entre sus contemporáneos: muy temprano sucedía con Juan Varela y le siguen Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, en España; en América, primero, el mexicano Ricardo Contreras, y se enriquece esa amistad con José Martí, Justo Sierra, José Enrique Rodó, etcétera, para comprender que su legado fue una inventiva poética.

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