Julio Santoyo Guerrero
Opinión
Ceguera antilaboral
Lunes 2 de Mayo de 2016
A- A A+

Hasta hace algunos años era tema obligado que llegado el 1º de mayo, desde el poder y desde la oposición se hiciera un balance a las políticas laborales en curso y de las condiciones de vida de los trabajadores. Se consideraba imprescindible saber qué tanto se estaba avanzando en los compromisos sociales de la Revolución Mexicana.

Ceguera antilaboral
Ceguera antilaboral
(Foto: TAVO)

Desde el poder no compartido, que prevaleció durante décadas, el gobierno asumía el discurso obrerista de sus centrales sindicales y puntualizaba medias verdades, medias mentiras, los logros salariales, de vivienda, del sistema pensionario, de recreación y del derecho a huelga que la alianza del gobierno con las centrales había hecho posible. Presidir el "desfile obrero" expresaba con claridad la simbología política de esta alianza y la materialización de un ideal de justicia social.

Desde las oposiciones, principalmente las izquierdas, a partir de la concepción clasista se valoraba el estado de la lucha de clases, las condiciones organizativas de los obreros, el nivel de desarrollo de la conciencia de los proletarios, el estado del movimiento independiente de los sindicatos y su disposición para la lucha de fondo, la histórica, la del poder. En ambos casos los trabajadores jugaban un papel central para la legitimidad y los equilibrios políticos. Esta tensión permitió que durante décadas los trabajadores, a pesar del charrismo y del control corporativo gubernamental, mantuvieran hasta cierto punto a salvo los derechos esenciales consagrados en el artículo 123 de nuestra Constitución y jugaran un papel en la vida política de México. El gobierno asumía entonces un papel de mayor contención ante los intereses empresariales frente a los sindicatos.

El desmantelamiento del Estado de bienestar y el triunfo arrasante de los postulados económicos del neoliberalismo entre las élites de la clase política del país y la construcción de la alianza de la poderosa partidocracia mexicana, como sustento de los nuevos mecanismos para ejercer el poder, terminaron por desplazar las fuerzas "vivas" de los sindicatos obreros y las organizaciones campesinas o populares. La prudente y pragmática gracia con la que desde el poder se había tratado a los trabajadores fue sustituida por nuevos mecanismos de aproximación con las bases de la partidocracia para generar mecanismos sustitutos de control y legitimidad. A pesar de ello la resistencia persiste en algunos gremios y tiende a expandirse como fenómeno nacional ante el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores.

De mediados de la década de los 80 del siglo pasado a la fecha los sindicatos han perdido notablemente el poder que tenían, y lo han perdido también en el momento en que claudicaron ante algunas valiosas condiciones laborales que estaban plasmadas en su respectivo Contrato Colectivo de Trabajo. No templados en la verdadera lucha obrerista sino acostumbrados y domesticados por un sistema de negociación tutelado desde la Presidencia de la República, no pudieron ni supieron enfrentar la embestida de los intereses de las grandes empresas globales que, constituidas en un efectivísimo poder fáctico, empinaron a la partidocracia para que en las cámaras, una y otra vez, reformaran la legislación laboral para beneficiar las ganancias de estas empresas.

Los resultados del desvanecimiento de un movimiento laboral nacional sólido, enarbolado desde los sindicatos y respaldado al menos por uno o dos de los partidos políticos más influyentes del país, ha devenido en un desastre de los derechos de los trabajadores mexicanos. Las empresas globales se han salido con la suya pues mientras en Estados Unidos y Canadá los socios comerciales de México en el TLC dedican entre 50 y 55 por ciento del ingreso nacional en el pago de salarios a sus trabajadores, en México se dedica apenas el 25 por ciento. Esta voracidad también se refleja en el crecimiento de la pobreza del país, que puede ya compararse dramáticamente con la del país más pobre de la región, Haití.

La ceguera del poder es tal que han llevado su credo económico a los extremos de la brutalidad y la barbarie expresadas en el ataque feroz y continuo a las ya menguadas conquistas de los trabajadores y sus salarios para beneficiar al capital. En aras de la modernidad, la productividad, la eficiencia y la competencia, están decididos a llevar al límite del hambre y la precariedad del derecho laboral a los trabajadores. No se han detenido a valorar que una política así sólo ocasiona descontento social e inestabilidad política.

México no puede seguir más por esta ruta antilaboral, nos está conduciendo paso a paso al estallido social. La política laboral reivindicativa ha sido la gran ausente en los órganos representativos de nuestra democracia.

Como no lo hace, la democracia a ojos de los trabajadores pierde sentido y pierden legitimidad quienes por ella nos gobiernan. Su ceguera puede ser su derrota frente a un México empobrecido donde los ideales de justicia social han sido abandonados o vistos con recelo, o francamente declarados herejía en la práctica de los gobernantes de la globalidad.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
Comentarios
Columnas recientes

De la abdicación a la imprudencia

No avivemos la hoguera

¡No puede ser de otra manera!

Simplismo y eficacia

El gobierno de Fuente Ovejuna.

El sindicato de Elba Esther.

Protagonistas de piedra

Carta al gobernador Silvano Aureoles

La relatividad del cambio

¡Pero si ya son gobierno¡

La reforma educativa es con Gordillo

¿Derogación educativa o moderada reforma?

Matando la lluvia a cañonazos

Electricidad, el olvido de los pioneros.

El nuevo consenso

También son dueños del cielo

La familia y el árbol

El impulso

Que prevalezca la paz

La alianza que no fue.

Encuestas: falibles o simple manipulación

Alemán y los límites de la libertad

El olvido electoral del medio ambiente

Manual para vencer la credulidad y la falsedad electoral

El obsequio michoacano para AMLO

La prioridad

Democracia dinástica

El agua, ¿asunto de seguridad nacional?

A quien corresponda: SOS, prevaricación ambiental

Elecciones limpias o ganar a toda costa

El arte del engaño y el caso Anaya

Los trabajos de los justificadores

Desdén suicida

Ni ven ni escuchan

¿La peor elección?

El rito de la fantasía del cambio

Época de oportunismo, demagogia y espejismos

Votos y nada más

La mayoría imposible

¿Ya en serio... cómo le van a hacer?

Nos quedan los atajos de la política mágica

La tierra es plana, el cambio climático es una mentira

Una Presidencia desierta

Entonces, ¿otra vez se perdió la guerra?

¡El agua se teñirá de rojo!

No se pierde lo que no se tiene

Estas nuevas independencias

Sí, ¿pero cuál es la fórmula?

El boom de los independientes

Nieves y Umécuaro, donde vale más un aguacate que la vida de una familia

Desbordados de fraternidad

Desde Madero, construyendo un Área Natural Protegida

La política que tenemos... y que somos.

Inseguridad, esa letal costumbre

El precio político del proteccionismo de Trump

Juegos de fuerza

Cada loco con su guerra

Acuerdo para recuperar los bosques

Gratitud a los maderenses

Líderes "ejemplares"

Escépticos, desconfiados e indignados

Contrarreforma ambiental

Los ecocidas son genocidas

¿Ganaron los aguacateros talamontes?

Justicia en obra negra

Hoy comienza

Creer en la democracia

El aguacate del narco

Desafío al Estado

Piromanía y codicia

Los padrinos del ecocidio

¡Que se jodan los bosques y las aguas de los michoacanos!

La espléndida guerra de Trump

El consenso antisistémico

La carcajada del aguacate ilegal

El poder de los ciudadanos

Sin concesión al ecocidio

Delincuencia ambiental... ¡organizada!

La sucesión presidencial y de cultura cívica

No cualquier unidad nacional

La defensa de México

El futuro está en el pasado

Dios salve de Trump a Estados Unidos y al mundo

Y sin embargo cambiamos

Furia sin cabeza

2017, el año del enojo social

Candidez de los buenos

La sucesión de la incertidumbre

La política del neoproteccionismo

La caja de Pandora que abre Trump

Beneficios de la debilidad institucional

Cuestión de confianza

¿Y después del repudio a la política y los políticos, qué?

Lobos del planeta

La ordinaria inseguridad

Gobierno de consenso para lo que falta

El arrogante Trump y el pequeño Peña

Dos largos años aún

Decreto para la popularidad

¿Diálogo o garrote?

¡Siguen ahí!

El discreto gasolinazo del débil presidente

¿Es que nuestros bosques morirán?

¿Como caballeros o como lo que somos?

Pintaron su raya

No es el conflicto en turno, es la ruta del país

No es la flama, es que todo está seco

La sacrosanta corrupción

Actualidad de la oposición

Atraco a los bosques

La trampa

Bagatelas en lugar del oro

Que arda la corrupción, no los bosques

Ceguera antilaboral

No había entrado a un lugar parecido

La sorpresa

El que da y quita

El arte de inducir olvido y confusión

Crónica de 3 desacatos o el reto a las instituciones ambientales

Sierra de Madero: deforestó, robó, se burló de juez federal y está libre

¿Otra vez perdiendo, otra vez el infierno?

No es la envidia, es la fragilidad

¿Qué esperaban?

Julio Santoyo Guerrero

Mireles, la venganza de un sistema omiso

¿Quién quemó Roma?, ¿acaso Kate del Castillo?

Por una jodida placa

Reconsideración

Pagar y castigar

El tino de Arnaldo

Silvano y Nuño

El traje del gobernador

Voluntarismo y gobernabilidad

Los vulnerables municipios

El bono de confianza

Silvano y el recurso de la política

Días de mea máxima culpa

El paso decisivo

Libres y cortesanos

Informe oficial de la realidad

Silvano y el minotauro de papel

No debe pasar

Sembradores de lumbre

Los hombres del presidente

Ojalá sólo fuera el organigrama del gobierno

\"Inteligencia, honestidad y huevos, si no va a valer madres\"

De resultados y de oficio político debe ser

El respiro del 7 de junio

La era del nuevo comienzo

¡Votamos por la democracia!