Ramón Guzmán Ramos
Ética y política
Sábado 24 de Febrero de 2018
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¿Qué hacer para que nuestros niños recuperen su infancia y puedan dormir sin el fantasma de las pesadillas que se hacen realidad...
¿Qué hacer para que nuestros niños recuperen su infancia y puedan dormir sin el fantasma de las pesadillas que se hacen realidad...
(Foto: Especial)

Quienes deberían hacerse cargo de que la sociedad funcione civilizadamente, promoviendo la armonía y el respeto en todas las relaciones que la gente crea en los diferentes ámbitos de su actividad cotidiana, ni siquiera lo mencionan. El hecho es que vivimos desde hace tiempo una crisis profunda de valores, algo que se nos ha convertido en una terrible crisis humanitaria. La sociedad padece una violación sistemática de los derechos fundamentales, no sólo por parte de instituciones y miembros del Estado mexicano, sino de quienes desde la propia sociedad ejercen poderes legales e ilegales para mantener sometidos y bajo cualquier tipo de explotación a los ciudadanos. La gente de a pie, la que tiene que salir diariamente a las zonas de riesgo para ganarse la vida con la certeza de que la puede perder de una manera súbita e irracional en cualquier momento, se encuentra en una total indefensión. Lo peor de todo es que la corrupción, la impunidad, la violencia extrema, la discriminación, son antivalores que se imponen como mecanismos de conducta en un mundo que se asemeja cada vez más a una selva que se consume sin piedad a sí misma.
Casi nadie habla ya de la necesidad imperiosa de recuperar nuestros valores, de promover en todos los espacios de convivencia humana los principios que pueden hacer de la vida una vida digna de vivirse. La familia y la escuela tendrían que ser los ámbitos primordiales en la formación de los individuos, en la construcción de una sociedad donde sea posible vivir sin la zozobra y la incertidumbre que se nos han vuelto una angustia colectiva. Pero la descomposición que sufrimos como un ataque generalizado al organismo social las ha alcanzado también. Ni la familia ni la escuela han sido capaces en este tiempo de ofrecer caminos viables para la recuperación de la integridad humana. La clase política que nos gobierna y que se reproduce a sí misma con una salvaje perseverancia ha sido la principal instigadora de esta época de sombras. No sólo ha provocado la corrupción que la define, sino que ha extendido a la sociedad este mal endémico, provocando la desestructuración de la familia y la pérdida de la visión original en el funcionamiento de la escuela. En este ámbito el estudio de los valores se sigue viendo con un enfoque abstracto, de dominio de definiciones y situaciones hipotéticas, sin plantear la transformación de las condiciones de convivencia en la comunidad escolar.
Hemos sufrido una inversión total de la escala de valores, tan es así que quienes se proponen asumir alguno de ellos como principio de vida se ven en desventaja y son objeto de burlas y menosprecios. En la sociedad de la hipocresía y la ambición lo que cuenta y es aceptado por la mayoría es el engaño, la agresividad, la rapiña, el despojo, el sometimiento del más débil, la perversión de los medios para conseguir fines que son ilegítimos de origen o que pierden legitimidad en el proceso, la amenaza, la defraudación, la violencia en todas sus escalas y modalidades. El más hábil e inteligente en este tiempo, en que el fantasma de la barbarie se nos impone, no es aquel que actúa con honestidad y transparencia, sino el que comete sus fechorías y evita que lo descubran o, descubriéndolo, que lo lleven ante la justicia y lo sancionen.
Cuando Andrés Manuel López Obrador hace su propuesta de Constitución moral genera una nueva andanada de ataques y descalificaciones. No sólo sus adversarios políticos y ciertos analistas de los asuntos públicos lo condenan y se pitorrean de él, también entre ciertos ámbitos ilustrados de la sociedad civil ocurre los mismo. El calificativo de mesías ha vuelto a llenar este aire de por sí enrarecido de la contienda electoral. Es verdad que el Estado nacional tendría que respetar el ámbito de la vida privada y el pensamiento personal de los individuos, siempre y cuando, desde luego, lo anterior no afecte los derechos de otros y la estabilidad social. Pero es obligación del Estado promover desde todos los ámbitos de su intervención pública las condiciones más propicias para una convivencia civilizada en la sociedad, basada en el respeto mutuo, el reconocimiento de la diversidad, el amor a la naturaleza, el bienestar colectivo. El Estado es el primero que está obligado a respetar y hacer que se respeten los derechos humanos, tanto de los individuos como de la sociedad. Cuando todos cuentan con las condiciones materiales para vivir sin la zozobra del hambre y el desempleo, de la quiebra y la caída, los demonios no tienen oportunidad para corromper las almas y llevárselas al infierno.
No es un código moral, sin embargo, lo que México necesita. Es necesario que se garantice la libertad plena para que todos podamos construir conscientemente nuestras propias convicciones, nuestro modo de ver la vida y de interactuar en el mundo, de reconocernos en los otros como en nosotros mismos. Me parece que en este aspecto AMLO se equivoca. No se trata de reunir a la gente de buena voluntad para que redacten un catálogo de buenas intenciones. Si las condiciones materiales que corrompen al hombre no cambian, de nada sirven los mandamientos morales que pudieran surgir de un evento como el Constituyente en cuestión. Pero tiene razón AMLO cuando toca este tema que parecía haber quedado en el olvido. Urge poner la cuestión sobre la mesa nacional. ¿Qué hacer para que nuestros niños recuperen su infancia y puedan dormir sin el fantasma de las pesadillas que se hacen realidad, para que nuestros jóvenes puedan amar sin el miedo a morir prematuramente y tengan las condiciones para trazar un proyecto de vida hacia el futuro, para que nadie tenga necesidad de defraudar a nadie y todos nos respetemos los unos a los otros, para que la vida sea lo que debería de ser: una aventura maravillosa que podemos compartir con los demás de una manera generosa, profundamente sustancial; para que el que la haga la pague y quede el ejemplo como escarmiento para quienes pudieran sentir la tentación, para que volvamos a andar por las calles y las avenidas, por las plazas y los jardines sin que el aire estalle de repente y nos arrebate la tranquilidad… y hasta la vida?
La gran debilidad de esta propuesta de AMLO tiene que ver con el espíritu contradictorio del discurso. Uno de los valores que más deberíamos cuidar y exigir de nuestra clase política es la congruencia. Que el discurso encuentre su concreción en los hechos, que la palabra que se dice, que se grita, que exalta, toque la realidad y la transforme. De otro modo, de lo que se trata es de demagogia. La demagogia, como sabemos, es el recurso que usan los políticos para engañar al pueblo, para hacerle creer las cosas que dice y que el propio político sabe que no cumplirá. Otro aspecto de la congruencia es la correspondencia entre el discurso y la propia conducta. AMLO les ha ofrecido a sus enemigos acérrimos una entrada para que lo ataquen y lo pongan en evidencia. ¿Cómo hablar de una Constitución moral cuando el propio AMLO está recogiendo los detritus de los basureros políticos? He aquí cómo una cuestión que se impone regresar al debate público se cae por sí sola cuando no encuentra una congruencia sólida de dónde agarrarse.

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