Ramón Guzmán Ramos
La perversión del lenguaje
Sábado 10 de Febrero de 2018
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Los candidatos tienen que hablar en tiempo futuro. Nada de lo que proponen, de lo que prometen, de lo que anuncian podría concretarse en el presente porque carecen aún del poder para cambiar las cosas. El presente sólo les sirve como referencia para incorporar a sus discursos los elementos del diagnóstico que cada uno ha hecho de la problemática del país. Todo está por verse. ¿Cómo podrían saber los ciudadanos que cada promesa es realmente un compromiso formal que el candidato asume y del que no se olvidará en caso de ganar las elecciones? La cuestión de fondo está en la confianza. Que la gente confíe en la palabra de quien le ofrece acabar con los flagelos que desde hace tiempo azotan a la sociedad. Así de sencillo. Así de complicado para los aspirantes.

AMLO, mitín.
AMLO, mitín.
(Foto: Cambio de Michoacán)

El caso es que la gente ha dejado de creer desde hace mucho en los políticos profesionales, sobre todo los que han pasado por cargos públicos y los han usado para enriquecerse y para cambiar las cosas en perjuicio de la sociedad a la que dicen representar. La gente rechaza a la clase política porque ha visto que funciona como una casta aristocrática que no hace sino acumular privilegios para sí misma. Al resto de la sociedad le toca sacrificar sus derechos y hundirse cada vez más en la desigualdad y la injusticia. No hay vínculos auténticos entre la clase política dominante y las clases sociales que resisten como pueden contra el sometimiento y la infamia.

A falta de confianza, ¿a qué apelan entonces los candidatos que quieren gobernar el país?
El hecho es que no han renunciado a sus discursos, a los ofrecimientos que hacen cada vez que hablan y tratan de mostrar su capacidad de persuasión. Podríamos hablar de cinismo, esa capacidad asombrosa que tienen para mentir con todo descaro sobre las cosas que por sí mismas los ponen en evidencia y los desmienten. Pero hay algo más siniestro en el fondo. El discurso, que ya no convence realmente a nadie, se convierte en su coartada. Las palabras ya no tienen una relación directa y objetiva con la realidad. Forman parte de un lenguaje que ellos han inventado y perfeccionado en cada etapa, con cada experiencia, para camuflar sus verdaderas intenciones, para justificar el uso de otros medios con los que se proponen sustituir de una manera pérfida el recurso original, el que se ha alejado de ellos y al que han convertido en su enemigo: la confianza social.

Para confiar en la palabra de alguien uno se basa en las relaciones que ha establecido con tal persona, en su trayectoria, su honorabilidad, su historia de vida. Uno confía en la gente que no ha defraudado a otra gente. No es el caso de los políticos profesionales. Ellos no tienen empacho en usar el lenguaje como un medio para engañar a los demás. Una buena parte de su discurso está basado en los lineamientos generales que constituyen su declaración de principios y los programas de gobierno que proponen, es decir, en el papel. Pero suele ocurrir que su trayectoria en la política desmiente a cada momento sus palabras. El pasado suele imponerse y llega a opacar el futuro promisorio que ellos manejan en sus alocuciones. Cuando hablan de resolver los problemas que más agobian a la sociedad, casi nunca dicen cómo lo piensan hacer, con qué recursos, con la participación de quiénes, en qué tiempo, para beneficio de qué sectores, lo que implicaría el diseño detallado de un plan concreto para cada asunto que requiere atención gubernamental. Todo lo dejan para cuando estén en el poder. Pero todo se les olvida en cuanto se colocan la banda presidencial y se enfrentan directamente a una realidad con la que no están dispuestos a lidiar.

O quizá no sea el olvido lo que les sucede realmente. Más bien estamos ante una gran obra de simulación. Ellos saben lo que se proponen hacer cuando estén en el gobierno, para beneficio de quiénes y con quiénes van a gobernar. Sólo que no lo dicen. Es lo que su discurso oculta. Habría que aprender a escucharlos y leerlos al revés. Cuando digan que van a acabar con la pobreza y la desigualdad, lo que van a hacer es darles la espalda a los pobres, a los miserables, a los que no tienen nada que dar salvo su voto el día de los comicios. Y si nos hablan de la violencia y la necesidad imperiosa de acabar con ella, es probable que estén pensando en hacer un nuevo pacto con los criminales para bajar hasta donde sea posible la intensidad de la tragedia. Siempre hablan de México. Ellos se erigen en los garantes indiscutibles de este país atrapado en el la barbarie y el caos. Con ellos habrá las oportunidades de desarrollo y mejoramiento que hasta ahora nadie ha podido construir.

Alguien dirá que estoy haciendo generalizaciones. Habría que particularizar, aunque son los rasgos que suelen caracterizarlos a todos. Pero veamos algunas particularidades para ilustrar lo anterior. José Antonio Meade es el único precandidato de la coalición denominada Todos por México, la cual está integrada por PRI-PVEM-Panal. Como se sabe, Meade fue secretario de Energía y secretario de Hacienda en el sexenio de Felipe Calderón. Desde estos cargos impulsó la reforma fiscal y la reforma hacendaria de 2009 y se hizo cargo de las primeras entregas de concesiones a particulares para la explotación del petróleo. En el gobierno de Enrique Peña Nieto pasó por las secretarías de Relaciones Exteriores, de Desarrollo Social y nuevamente de Hacienda. Aquí se convirtió en un defensor de la reducción de impuestos a las grandes empresas. En 2017 hizo un recorte de 240 mil millones de pesos al gasto público, lo que obviamente tuvo un impacto negativo en el desarrollo y el bienestar social. Cuando se hizo cargo de la Secretaría de Desarrollo Social, en sustitución de Rosario Robles, no hizo nada por esclarecer los señalamientos de desvío de recursos de 540 millones de pesos de esa dependencia, lo cual formó parte de lo que se llegó a conocer como la estafa maestra, que en conjunto habla de un desvío mayor de tres mil 433 millones de pesos, la cual involucró a once dependencias gubernamentales a través de universidades públicas. La pregunta es si Meade tendrá alguna autoridad ética para hablar de la violencia extrema que su antiguo jefe Felipe Calderón desató al arrojar el ejército a las calles; si podría hacer una defensa férrea de los bienes nacionales y atacar la corrupción; si estaría en condiciones de plantear igualdad para todos cuando en su trayectoria se ha distinguido por favorecer los intereses de los grandes dueños del dinero y afectar los bolsillos de las mayorías.

Ricardo Anaya Cortés es también precandidato único de la coalición denominada Por México al Frente, integrada por PAN-PRD-MC. Es el más joven de los aspirantes a la Presidencia de México. Casi todos coinciden en que ha tenido una carrera política meteórica. Ha sido diputado federal y presidente de la Cámara de Diputados. Dejó su responsabilidad como presidente nacional del PAN para participar en la contienda en que se encuentra. Anaya ha hecho de la anticorrupción su discurso más socorrido. El sistema político se encuentra contaminado hasta el tuétano, nos dice, y es culpa del PRI. Sacando al PRI de Los Pinos se acaba la corrupción. ¿Cómo podría seguir manejando el mismo discurso después de que la revista Proceso publicó un reportaje sobre su participación en un negocio inmobiliario de dudosa legalidad? Muchos de sus correligionarios en el PAN lo describen como un político que no repara en medios para conseguir lo que se propone.

El problema con Andrés Manuel López Obrador han sido sus colaboradores, algunos de ellos involucrados en asuntos espinosos. Hasta ahora nadie ha podido probarle alguna conducta ilícita. AMLO es también el único precandidato de la coalición Juntos Haremos Historia, formada por Morena-PT-PES. Participa por tercera ocasión en la contienda por la Presidencia de la República. El cuestionamiento que se le podría hacer a él es de tipo político. Para todos ha sido más que evidente el corrimiento que ha hecho desde una posición de izquierda moderada, que mantuvo durante mucho tiempo, al centro de indefinición ideológica en el que caben todos. Aquí podríamos hablar no sólo de un pragmatismo político acendrado y sin principios, sino de un oportunismo emergente que no se esperaba de él. Con todo, es el que se mantiene a la cabeza de todas las encuestas y el que concentra el sentimiento antisistema de la mayoría de los mexicanos.

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