Alma Gloria Chávez
Envejecer con dignidad
Jueves 8 de Febrero de 2018

¿Mi mejor regalo? Además de agradecer cada día, atenderme, cuidarme, conocerme más y compartir siempre y cuando se pueda.

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Al parecer somos las mujeres quienes actualmente, en el mundo, estamos viviendo un poco más de tiempo que los varones. Sin embargo muchas llegan a la etapa de la vejez encontrándose solas y frecuentemente llenas de “achaques” y múltiples compromisos familiares que no siempre resultan satisfactorios, y sí en cambio, desgastantes o frustrantes. Pero también muchas nos enseñan cómo vivir y disfrutar (aún en soledad) de esa etapa, siendo ejemplos de amabilidad, solidaridad y optimismo.

Ha sido hasta años muy recientes que el movimiento internacional de mujeres se ha planteado, como premisa principal, el cuidado o “reapropiación” de nuestros cuerpos y nuestras vidas como la mejor posibilidad que nos proporcione un envejecimiento saludable y pleno. Y si somos relativamente pocas las mujeres de mi generación que lo sabemos y asumimos, podemos percibir que las mujeres más jóvenes (aún con toda la información que hoy en día se genera) necesitan también aprender de nuestras experiencias.

La vejez no es algo que nos obligue a sentirnos derrotado
La vejez no es algo que nos obligue a sentirnos derrotado
(Foto: Cuartoscuro)


Es bien cierto el refrán que dice “saber es poder”, y somos las mujeres quienes lo entendemos como verbo a conjugar y una tarea compartida: con lo que sabemos y aprendemos juntas podemos transformar no sólo nuestro estado físico y emocional, sino que también podemos hacer mucho para mejorar las condiciones de vida básicas y necesarias para que nuestra salud y la de nuestras familias y comunidades sea buena. Saber es poder aprender, poder cambiar, poder estar en desacuerdo, poder explorar y poder disfrutar; saber es pasar de la indignación a las propuestas, es poder aprender y desaprender, saber es poder ser libres e independientes y también poder amar y apoyar el bienestar de todos los que nos rodean.

A lo largo de nuestras vidas podemos dar pasos firmes para mantener una buena energía y salud y reducir el impacto de la enfermedad o de condiciones crónicas cuando seamos todavía más mayores. Actualmente, aunque no resulta igual para todas las mujeres, existe mayor información acerca de la manera en que podemos cuidar de nosotras mismas y por supuesto que la mayoría, por lo menos intuimos, qué tipo de hábitos pueden –o no– servirnos para el resto de nuestras vidas. Podemos dejar de consumir tantas grasas y azúcares, bebidas embotelladas, el alcohol, el tabaco, tranquilizantes y medicamentos, y aumentar la ingesta de frutas, semillas y verduras de temporada, por ejemplo.

Está probado que muchos de los rasgos del envejecimiento, incluso de los considerados alguna vez biológicamente inevitables, pueden prevenirse y ser incluso reversibles con algunos cambios de hábitos, entre los que se encuentran también los actitudinales (cambios de actitud). ¿Y qué tal si en vez de utilizar tanto un vehículo nos proponemos caminar más? La vejez no es algo que nos obligue a sentirnos derrotados.
Pero nuestro objetivo no debe ser simplemente vivir más tiempo, sino lograr la más alta calidad de vida posible mientras transcurra nuestra existencia. La creatividad y el asombro deben permanecer siempre a nuestro lado.

A pesar del importante papel que podemos desempeñar en el cuidado de nuestra propia salud, a veces tenemos que recurrir al sistema médico y como mujeres de mediana o avanzada edad nos encontramos enfrentadas a distintos obstáculos para obtener una buena atención… con frecuencia de otras mujeres. Las mujeres adultas (y tal vez igual los varones) no cuentan demasiado para la profesión médica. En nuestro caso, los trastornos físicos y emocionales son caracterizados como un mero “síndrome posmenopáusico”.

Aún en nuestros días, cuando tantos avances existen en la investigación y atención médica, se presta poco interés a las necesidades de salud de las mujeres ancianas, centrándose la literatura médica en la menopausia como el principal aspecto de la salud en la edad mediana, como si sólo los órganos reproductores fueran el centro en torno al cual girara toda la vida de una mujer.

El profesional médico y otro personal de salud comparten las actitudes culturales negativas hacia los ancianos hombre y mujeres. En contextos médicos esto puede tomar la forma de evasión activa y disgusto, o un patrón de paternalismo menos obvio, pero sin dejar de ser discriminatorio. La discriminación por edad, que modula muchas actitudes de médicos hacia sus pacientes mayores, se magnifica con el sexismo.

Actualmente aún hay pocos geriatras o personal capacitado para atender a personas adultas, pero el interés por el envejecimiento va en ascenso y ello va generando nuevas especialidades enfocadas a la atención de adultos mayores. Los médicos familiares, médicos de atención primaria o de medicina general, son a menudo los más apropiados para la atención a las mujeres adultas, siempre y cuando posean una actitud positiva y dispongan de información suficiente sobre el envejecimiento.

Sin embargo, ¿quién mejor que nosotros para conocernos, querernos y cuidarnos? El doctor Arnaldo Kraus, en uno de sus libros, ejemplifica la relación médico-paciente cuando menciona que un amigo suyo no confió en el médico que “ni siquiera sabe lo que leo”. Y yo coincido con él.

Nunca es tarde para empezar a realizar cambios, y entre ellos seguramente uno de los más importantes es deshacernos de la dependencia que nos ha atado a los médicos durante décadas. Ello implica cambiar el estereotipo que se tiene de nosotras: al acudir a un especialista de la salud, hacer más preguntas, aprender todo lo que podamos sobre nuestros problemas de salud y tomar decisiones informadas, buscando segundas opiniones; revisar los efectos negativos de todos los medicamentos y buscar alternativas no médicas (alimentación, ejercicio, actitud), rechazando las cirugías innecesarias.

Pienso que la vejez resulta una época en que aprenderemos más de nosotras mismas, ofreciéndonos la oportunidad de ser más comprensivas, solidarias y amables (empezando por nosotras mismas). Recomiendo la lectura de Una receta para no morir, del doctor Arnaldo Kraus, y llevemos a la práctica lo que ahí sugiere.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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