Julio Santoyo Guerrero
¿La peor elección?
Martes 6 de Febrero de 2018
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El hartazgo y la desconfianza social en la clase política mexicana tienen una historia perfectamente identificable en las prácticas y modos de ejercer el gobierno de la mayoría de los políticos. La deshonestidad, la ineficacia y la ausencia de un estilo adecuado para representar los intereses sociales han prevalecido, no obstante que nuestro endeble sistema democrático permita la alternancia de partidos y de cabida a la oportunidad de cambiar de representantes de origen partidario y hasta cívico diverso.

El problema ya no es la alternancia como lo era hace décadas, el problema es la credibilidad en quienes están pidiendo el voto.
El problema ya no es la alternancia como lo era hace décadas, el problema es la credibilidad en quienes están pidiendo el voto.
(Foto: Cuartoscuro)

Antes de la declinación del régimen de un solo partido gobernante había la certidumbre de que un triunfo opositor, cualquiera que éste fuera, permitiría el rompimiento con todas las prácticas autoritarias, antidemocráticas y corruptas que tanto se detestaban y que el país caminaría hacia la construcción de una cultura democrática propia transformando positivamente a las instituciones y dotando a los ciudadanos de un empoderamiento que antes jamás habían tenido.

A más de un cuarto de siglo de alternancias políticas, primero en los gobiernos estatales y municipales y luego en la Presidencia de la República, el saldo no es elogioso. Las mismas prácticas que se denunciaban al priismo de mediados del siglo XX aparecieron con regularidad asombrosa en todos los demás partidos y en los gobiernos que ganaban con la alternancia. La cultura priista se hizo viral y sin mayor obstáculo colonizó a sus viejos opositores en tal medida que lo mismo suena un escándalo en las derechas que en las izquierdas o en los centros y hasta en los independientes.

La socialización de la corrupción, la ineficacia y los autoritarismos han cubierto de lodo a todo el espectro político nacional y han marcado una profunda brecha con la ciudadanía que está al margen de partidos y el ejercicio del poder, pero que espera resultados de su gobierno y un comportamiento honesto de sus políticos. En los últimos años, con hechos reiterados, han alentando la desconfianza y un riesgoso sentimiento de frustración y enojo que no sólo le pega a la clase política toda sino que se lleva entre los pies la credibilidad en la democracia.

El problema ya no es la alternancia como lo era hace décadas, el problema es la credibilidad en quienes están pidiendo el voto. El grave problema es que todos están enlodados, que todos tienen historias que enojan al electorado. El problema es que la falta de credibilidad los está llevando a desdibujar proyectos sustentados en ideas para entregarse sin descaro a los brazos del pragmatismo más ruin con tal de ganar algunos votos. Han convertido el proceso electoral no en la oportunidad para plantear grandes ideas y debatir el destino de la nación y ganar, persuadiendo con razones, sino en un mercado de baratijas donde la mentira y la incongruencia deben sonar y verse bonitas, o rudas e inspiradoras, para despertar las emociones sociales, aunque sean las peores, y hacerse de votos.

Es sabido que los mexicanos cada vez creen menos en la democracia gracias a las actuaciones fatales de políticos y gobernantes, y esto no es nada saludable para el futuro del país. Y no obstante que es su deber cuidarla, estimularla y consolidarla, le dan la espalda y sin rubor ejercen las mismas prácticas que tanto se cuestionaban antes de 1990. Esta tendencia, bastante sólida por cierto en la vida de los institutos políticos, genera un contexto peligroso para la sucesión presidencial. Sumando el desprestigio de los políticos a las prácticas autoritarias en la partidocracia y la caída en la credibilidad en la democracia, tenemos las condiciones perfectas para un retroceso cabal hacia fórmulas autoritarias de gobierno.

Decía Francisco Bulnes en 1920 que "ningún gobernante de México ha gobernado democráticamente por la sencilla razón de que el pueblo mexicano no es demócrata". Y a 100 años esta realidad parece que no nos ha abandonado. Nuestra transición democrática se frustró y fue traicionada, sólo hemos visto una reforma política para los partidos y algunos cambios en las instituciones que francamente son más simulaciones que la expresión de una nueva cultura para construir instituciones sólidas y eficientes para el bien común. No se le permitió a la sociedad el acceso a una cultura para la democracia que es vital para la transformación de la cultura política nacional. Por eso hoy es fácilmente engañada por esperpentos que se afirman demócratas y no puede dilucidar porque efectivamente nuestra sociedad no ha sido demócrata, no tiene referentes.

La de 2018 será lamentablemente la peor elección. No hay opciones, lo único que se podrá votar es el continuismo de la carrera política de quienes han ejercido la corrupción, la ineficacia en el gobierno, la simulación, la incongruencia y el autoritarismo. Los electores votarán por quienes representan los valores contrarios a la democracia y a la decencia. Las oportunidades para romper con la descomposición no existen. Sólo una mirada rápida a los personajes centrales que mueven las campañas en todos los partidos es suficiente para refutar cualquier optimismo. El hartazgo y la desconfianza sociales no están como para que hoy digan que ahora sí serán mejores. Sólo les queda imponer dentro del marco del juego electoral. Si nadan como patos, graznan como patos y caminan como patos, son patos, no pueden ser ángeles.

El vacío moral del que están llenos los partidos y sus propuestas sólo es resultado de la pérdida de sus ideales, del divorcio con la sociedad de la que sólo les interesa el voto pragmático y de la ambición ciega de muchos que sólo ven en la actividad política un modo de vida y un estatus de poder que da privilegios. Por eso no convencen, ni convencerán a las mayorías nacionales, por eso sólo se quedan con el nicho electoral de siempre.

Mucho haríamos los ciudadanos si sólo fuéramos claros en un ejercicio: hacerles ver y sentir que no nos están engañando con las pieles de oveja con que han disfrazado a sus lobos. Mucho haríamos con señalarles que la disputa por la nación sigue siendo por la democracia efectiva frente al autoritarismo, optando por los honestos antes que por los corruptos, por los responsables antes que por los irresponsables, por las biografías decentes antes que por las historias de escándalo, por quienes dicen la verdad antes que por los mentirosos.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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