Ramón Guzmán Ramos
Ya sabes quién
Sábado 3 de Febrero de 2018
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Da la impresión de que quiere quedar bien con todos, que se ha propuesto eliminar la imagen de político rijoso, intransigente y extremista que se tenía de él; que no desea alarmar a nadie ante la posibilidad, cada vez más cercana, de que sea él quien gane las elecciones para presidente de la República; que todos sepan que no afectará los intereses de los poderes económicos, tampoco de quienes han formado parte de lo que él ha llamado “la mafia del poder”. Se podría decir que ha aprendido bien la lección. No lo dejaron llegar en las dos ocasiones anteriores porque pensaban que, una vez en el poder, se dedicaría a hacer expropiaciones sin freno y una cacería de brujas implacable contra sus enemigos políticos.

Ahora es otro, o el mismo pero con un giro profundo en su estrategia. Desde hace meses que se asume como el presidente de México que será. Haciendo a un lado los usos y costumbres de la clase política que domina en nuestro país, ha dado a conocer desde ahora a quienes formarían parte de su gabinete, lo mismo las ternas para ocupar la Fiscalía General, la Fiscalía Anticorrupción y la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE). No quiere que nadie se preocupe por alguna sorpresa desagradable que pudiera tener reservada. A todos parece decirles que las cosas van a cambiar para que todo siga igual. Una paradoja política que tiene su propia lógica, su fundamento en la razón. De hecho, es el alma misma de su propuesta.

El organismo social está enfermo. La violencia extrema, la corrupción estructural, la contaminación de la democracia, la barbarie como sustitución del espíritu civilizatorio, el fantasma del autoritarismo, la militarización como brazo fulminante de la justicia, la desigualdad y la falta de oportunidades, la pobreza que crece y se convierte en miseria para millones de familias, son síntomas de una crisis generalizada que no ha tocado fondo. Es una enfermedad de suma gravedad que preocupa y alarma a quienes mantienen en sus manos los controles del sistema. Podría haber convulsiones sociales, disturbios incontrolables, insurrecciones violentas, desestabilización, ingobernabilidad, ¡una revolución! Les urge entonces encontrar una salida que pudiera evitar el desastre y encauzar el descontento social. Se refieren a una salida que pudiera acabar, o al menos disminuir, con estos síntomas patológicos para salvar el sistema, o darle un respiro mientras se piensa en otra solución definitiva.

Por eso el giro en la estrategia. Se trata ahora de encajar en ese modelo de salvación del sistema que está exigiendo la situación. Los otros dos aspirantes no tienen mayores posibilidades porque la sociedad los identifica con los males que han caído sobre nosotros como una maldición bíblica. No hay manera que ellos pudieran ser vistos como los salvadores del sistema. Él es el que queda. Pero era necesario que mostrara otro perfil, que se volviera transparente, que suavizara su discurso, el tono con que les habla a todos los que quieren escuchar, que todos supieran desde ahora que le va a servir al sistema como un verdadero sanador. Desde luego que una cosa así requiere cambios, ajustes drásticos. Pero éstos han de elegirse y aplicarse sin modificar las bases y la estructura sobre las que descansa este sistema. Él se ha propuesto dar esta imagen: la del hombre que se convertirá en presidente para mejorar las cosas y que el sistema no explote por sus propias contradicciones.

Por eso se ha olvidado también de la ideología. En una circunstancia así la ideología estorba, los principios son obstáculos, la ética no permite avanzar, los escrúpulos inmovilizan. De manera que ha decidido abrirle la puerta al pragmatismo. En el pragmatismo, como se sabe, sólo cuenta lo que es útil para avanzar en el camino, para alcanzar como sea el objetivo deseado. La ética diría que es necesario legitimar el fin y los medios que se usan para perseguirlo. Si los medios se corrompen, terminan por corromper y deslegitimar el fin. Por eso es mejor dejar la ética y proseguir el camino sin la guía de los principios, salvo, como ya dijimos, los que dicta el pragmatismo político más acendrado. Una vez que se ha despojado de estos estorbos, no tiene mayor problema de incluirlos a todos en su proyecto, en abrirles los brazos a tirios y troyanos, a conservadores y progresistas, a fanáticos y moderados, a lo que queda de la izquierda y a la derecha desconcertada, a religiosos y ateos; tampoco en perdonar a quienes antaño lo ofendieron, lo atacaron, lo infamaron. Él gobernará para todos. Como debe ser, ¿pero es necesario gobernar con ellos?

 Él se ha propuesto dar esta imagen: la del hombre que se convertirá en presidente para mejorar las cosas y que el sistema no explote por sus propias contradicciones.
Él se ha propuesto dar esta imagen: la del hombre que se convertirá en presidente para mejorar las cosas y que el sistema no explote por sus propias contradicciones.
(Foto: TAVO)



Hay que matizar esta cuestión. Reconocer que muchos de los que han dejado sus partidos de origen decidieron en un momento dado que, en efecto, en él está la salvación del país, y se pasaron a sus filas firmemente convencidos. Pero es evidente que otros personajes han visto en este proyecto posibilidades reales de ganar y entonces simplemente dieron el salto sin mayores problemas. A otros les cerraron los espacios en sus partidos para esta contienda y vieron que acá se los ofrecían en automático. De llegar a la Presidencia de la República es obvio que no podrá gobernar el país él solo. Tendrá que hacerlo con los otros poderes y con toda la estructura que sostiene al Estado mexicano. No es de dudar que habrá militantes convertidos en funcionarios sinceramente comprometidos con el proyecto original, pero es seguro que habrá muchos otros que seguirán pensando sólo en sus intereses personales. No sólo de buena voluntad se gobierna un país. También de acciones coordinadas y que respondan a un proyecto de bienestar general.

No había mencionado a los que desde siempre trabajaron por el proyecto y se comprometieron con él. Ellos son los fundadores, los que dejaron todo por apostarle al futuro sin más elementos que su entusiasmo y su confianza en él. Muchos están siendo marginados para que él pueda cumplir con sus compromisos y darles los espacios a los advenedizos, a los que pueden contribuir para dar la imagen de pluralidad, a los perdonados, los arrepentidos, los que simplemente llegan a la mesa cuando la mesa ha sido construida y está siendo servida por otros: los que ya estaban allí desde que todo esto era apenas una idea, un sueño, una necesidad social. Aun así es la única esperanza para un porcentaje de la población que crece y que ya está cansada de los que no han hecho sino aprovecharse del poder para su propio beneficio. La verdad es que este país se nos ha convertido en un infierno. Cualquier señal de que las cosas pueden mejorar es mejor que seguir como hasta ahora… y empeorando. Digo.

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