Sábado 3 de Febrero de 2018
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Cuento corto (primera de tres partes)

La miró asombrado, en su vida jamás había visto tanta belleza, una belleza singular, exótica. Era la singularidad de algo grato lo que lo había llevado a catalogar como belleza lo que sus ojos le presentaban.
La belleza era una chica michoacana, originaria de la Meseta Purépecha, a quien llamaremos Ireri, a falta de poder conocer su verdadero nombre. La joven no era nada fuera de lo común, medía aproximadamente un metro con 60 centímetros, era delgada, de tez morena –muy morena–, el pelo lacio y color negro como la noche más profunda. Su mayor atractivo era su juventud, e incluso, para la mayoría, ese era el único. Su descripción podía ser genérica en ciertas zonas del México de los siglos XX y XXI, sobre todo en las zonas rurales y de orígenes prehispánicos.

Entonces, ¿por qué su visión había conmocionado a Troy? La respuesta era sencilla, Troy pertenecía a otra época, era nacido y criado a finales del siglo XXII y esta era su primera visita al pasado.
Antes de que especulen. No, en 200 años no hemos logrado viajar en el tiempo, no como lo imaginan, ni mucho menos para los fines que quisieran (cambiar la historia). Para decepción de muchos, el viaje en el tiempo sigue siendo una ilusión en pleno siglo XXIII. Lo que se logró, a través de la realidad virtual, fue recrear ciertos momentos y lugares de la historia de la humanidad gracias a las cámaras de vigilancia públicas y privadas que a partir de comienzos del siglo XXI empezaron a inundar las calles, lugares públicos y espacios privados, en los que uno puede acceder por medio de un simulador integral que te transporta al lugar y la época de tu elección. Se vive la experiencia con todo y sensaciones físicas. La única restricción es que no puedes interactuar con nadie. No es una prohibición, simplemente es imposible. Eres un fantasma deambulando por el pasado.

Se podrán preguntar cuál es el fin de todo esto. Para los sociólogos, antropólogos e historiadores es un invento maravilloso que les permite conocer de primera mano el mundo que intentan entender y explicar a sus contemporáneos, más allá de libros o grabaciones proyectadas en un solo plano. Y en general para cualquier persona que puede darse el lujo de hacer estas visitas al pasado, que no son muy baratas –media hora de pasado virtual cuesta 100 mil nuevos dólares (moneda única del continente americano)–, son una gran aventura. En muchos de los casos, son viajes de nostalgia, para ver a familiares que ya no están o para recrear momentos importantes del pasado personal.

Lo personalísimo sólo cada quien puede valorarlo, pero imaginen estar en el auditorio de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) y desplazarse por él sin mayor restricción que la interacción humana el día en que Steve Jobs, uno de los padres fundadores de la ciencia posmoderna, dio un fenomenal discurso a los graduados de ese año. O el día en que Michelle Obama, en 2024, rindió protesta como la primera mujer presidenta de los Estados Unidos.

Es importante destacar que las relaciones con Estados Unidos desde mediados del siglo XXI son estrictamente comerciales, el muro construido a mediados del siglo XXI (2044) había creado un muro psicológico sobre todo en los mexicanos. No había enemistad pero tampoco amistad. Se había dejado de dar lugar sagrado a las ligas deportivas de ese país y los viajes de recreo dejaron de existir entre ambos lados.

Regresemos a nuestro personaje central, Troy Mercader, un joven mexicano nacido el siete de febrero de 2190 en el seno de una familia de clase media asentada en la ciudad de Acuitzio del Canje, Michoacán.
Continuará…

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