Alma Gloria Chávez
Cuidar o atender a otros
Jueves 25 de Enero de 2018

Aunque pueda parecer egoísta, mientras no seamos capaces de cuidar de nosotras mismas, el apoyo o cuidados que ofrezcamos a alguien siempre llegarán a ser deficientes.

Sonia Toledo, en un taller.

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A pesar de que actualmente ha aumentado el número de varones que se encuentran acompañando, atendiendo o cuidando a familiares mayores, a quienes tienen problemas de salud o discapacidades, continúa siendo mayoritaria la población femenina que al interior de la familia se hace cargo de la atención, acompañamiento y cuidado de enfermos, ancianos y discapacitados. Seguramente por eso mismo somos mayoritariamente las mujeres quienes nos damos cuenta de que en los servicios de salud conocidos (sean públicos o privados) existen todavía muchas carencias y falta de sensibilidad para poder hablar de un auténtico “bienestar social”. Los servicios institucionales sin duda, son necesarios, pero no están disponibles en todas las comunidades y no cuentan ni con equipo ni con personal suficiente (ya no digamos instrumental y medicamentos), además de que están siendo permanentemente amenazados por los recortes en los presupuestos gubernamentales.

Muchas mujeres (y algunos varones también) empezamos a vislumbrar la necesidad de un proyecto social para la senectud a nivel gubernamental, y por otro lado, también la conciencia de que llegará un momento en que todo hijo o hija tendrá que ocuparse de lo
Muchas mujeres (y algunos varones también) empezamos a vislumbrar la necesidad de un proyecto social para la senectud a nivel gubernamental, y por otro lado, también la conciencia de que llegará un momento en que todo hijo o hija tendrá que ocuparse de lo
(Foto: Cuartoscuro)

Ante este panorama, que con frecuencia quienes se encuentran en edad productiva ni siquiera imaginan, el cuidado para un enfermo crónico o un adulto mayor en la familia se reduce al ser proporcionado por una mujer: con frecuencia aislada, carente de información o servicios de apoyo y sin la seguridad de que contará con algún tipo de entrenamiento para el trabajo, pensión o subsidio (si es empleada) mientras cuida a la persona, y en caso de que ésta fallezca. Pero igualmente, aunque se tenga un empleo (o incluso si se es profesionista), la asistencia para con nuestros mayores, en familia, resulta como un “designio divino” caído del cielo, que debe ser aceptado con resignación, so pena de ser catalogada como “mala entraña” o “mala hija” si la mujer “elegida” llega a negarse o rebelarse. Así lo dictan las buenas costumbres en culturas tradicionalistas como la nuestra.

Si echamos una mirada desprejuiciada a nuestro alrededor, encontraremos a muchísimas mujeres que en alguna etapa de su vida cuidan o cuidarán de alguien, y por consiguiente, tienen o tendrán problemas en su trabajo, en su propia familia y en su salud. Historias como la siguiente son frecuentes en cualquier ámbito social: “Los últimos años de mi madre requirieron de muchos cuidados. Al final ella ya no reconocía a nadie y su carácter se endureció. Acostumbrada a valerse por sí misma, cuando sufrió una fractura de brazo que la imposibilitó temporalmente también mi carácter empezó a cambiar: no podía salir ni por un día a visitar a mis hijas que viven fuera y me perdí momentos irrecuperables durante el crecimiento de mis nietos; mis hermanos (todos varones) se decían imposibilitados de hacerse cargo, ni siquiera de manera temporal. Más bien, gracias a la comprensión y solidaridad de algunas amistades y de mis propias hijas, que me apoyaron y asumieron los cuidados hacia mi madre en temporadas, fue que logré evitar un daño mayor a mi salud. La muerte de mamá fue dolorosa pero resultó menos traumática de lo que esperaba, al comprender que siempre se puede contar con alguien”.

Personalmente, al acompañar la vejez de mi padre (próximo a los 96 años), he logrado comprender mejor de todo lo que nuestra sociedad adolece o no prevé respecto a la etapa de la senectud. Actualmente cuento con (por lo menos) diez amistades (sólo un varón) que se están ocupando de sus padres en senectud… y todos además cumplimos con un horario laboral. Charlando con cualquiera de estas amistades, nos resulta claro que son necesarios los servicios de apoyo que posibiliten, además del empleo continuo, centros de cuidado diurno (pagados con nuestros impuestos) o trabajadores que acudan a domicilio para apoyar en las tareas que sean necesarias cuando se cuida a un enfermo o persona mayor.
Cuidados de enfermería de corto plazo (aunque sólo fuera por fines de semana o días específicos), ayudarían a aliviar la presión sobre las mujeres que trabajan a tiempo completo y además deben ocuparse del cuidado de otras personas.

En países como Estados Unidos y varios de Europa ha crecido de manera alarmante el número de personas mayores de 55 años que se encuentran crónicamente incapacitadas y permanecen confinadas en sus casas, sin posibilidad de hacer vida social; muy pocas de ellas pueden costear los servicios de estancias especiales para su atención. México también avanza en ese sentido debido al alto número de jóvenes que ya han empezado a padecer problemas de salud irreversibles y que además no están educados para atenderse, ni cuentan con recursos suficientes para pagar cuidados… mucho menos para pensar en cuidar o atender a alguien más.

Actualmente y a pesar de los avances en la medicina y servicios de salud, es nueve o diez veces más probable que una mujer, en vez de un hombre, cuide a su pareja, a un padre o a un suegro que envejece. Somos muchísimas las mujeres que pertenecemos a un sector de trabajo menos visible aún que el del cuidado del hogar y podemos estar seguras de que sin este esfuerzo (para nada reconocido y sí con frecuencia criticado) no podrían sobrevivir, ni el sistema médico ni todo el ejército de pacientes.

Cuando cuidar de alguien es un trabajo que queremos hacer, respetado por nuestra familia y la comunidad, puede y llega a ser altamente gratificante; además podemos considerarlo una experiencia que nos puede ayudar a prever para nuestra propia vejez. Sin embargo, muy a menudo es simplemente lo que los demás esperan de nosotras (“tú decidiste vivir con ellos”, “tú decidiste estar sola, nosotros tenemos familia”, “tú tienes más tiempo”) y así se convierte en una actividad tediosa y desagradable de la que se elude hablar.

Muchas mujeres (y algunos varones también) empezamos a vislumbrar la necesidad de un proyecto social para la senectud a nivel gubernamental, y por otro lado, también la conciencia de que llegará un momento en que todo hijo o hija tendrá que ocuparse de los padres, pensando en que todos necesitaremos esos cuidados al llegar a la senectud. Somos las mujeres en particular quienes más tememos la dependencia hacia otras personas porque se nos ha inculcado, desde pequeñas, a aceptar o esperar que otros dependan de nosotras. Es buena idea planificar de antemano, con la familia o las amistades más cercanas, el tipo de cuidado y situación de vida que deseamos para cuando ya no seamos capaces de manejarnos solas. Se trataría, idealmente, de una convivencia sin demasiadas reglas ni demasiado paternalismo, que ofrezca socialización y vida privada… y tanta libertad como sea posible.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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