Alma Gloria Chávez
Festejos de tradición
Sábado 20 de Enero de 2018

Con afecto, para quienes me han contagiado de tanta querencia.

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En Michoacán, en particular en la región purépecha, como sucede dentro de tantos grupos culturales del territorio nacional, cuando el ciclo agrícola da inicio se acompaña de las fiestas y ceremonias con las que los pueblos originarios reiteran su pertenencia a la tierra y a la naturaleza. Ciclo agrícola: ciclo festivo colmado de amor y reconocimiento hacia el lugar común que da origen y destino.

Obviamente la religiosidad de los pueblos purépechas proviene del sincretismo creado a partir de la Conquista, cuando los primeros evangelizadores pudieron darse cuenta de cómo la estructura de creencias y ritos que practicaban los habitantes de este territorio respondía a las estaciones y los cambios climáticos y muchos de sus elementos se relacionaban con el control de la tierra y su cultivo, el ordenamiento del tiempo y la preservación de la memoria colectiva. La religiosidad católica entre purépechas evidentemente guarda algunos elementos de la cosmovisión precolombina y, a su vez, se ha apropiado y ha reinterpretado los elementos cristianos que les fueron impuestos.

Es bien conocido que los primeros religiosos llegados a estas tierras mucho tuvieron que ver en la conversión espiritual de los indígenas: los franciscanos, llegados en 1525, seguidos por los agustinos, en el año de 1537, y los jesuitas, en 1573. Aunque su principal función fue catequizar a los habitantes de las tierras conquistadas, también sirvieron de intermediarios entre ellos y las autoridades españolas, aprendiendo no sólo la lengua, sino también los elementos centrales de la cosmovisión que los pueblos precolombinos poseían, muy diferente de los preceptos filosóficos del catolicismo de aquella época.

Fiesta Corpus
Fiesta Corpus
(Foto: Cuartoscuro)

La mayoría de los estudiosos de la cultura purépecha afirman que desde épocas muy remotas y anteriores a la Conquista todas las fiestas ceremoniales se organizaban de acuerdo con un calendario fijo, ininterrumpido y sustentado en el ciclo agrícola, para promover la participación de la mayoría de la población y con ello consolidar las relaciones sociales.

Desde que en Michoacán se creara formalmente el Obispado, se tienen noticias de cómo ese calendario festivo entre las comunidades p’urhé se “fusionó” con el calendario festivo católico, adaptado por completo a las tradiciones (y a la cosmovisión) de los pueblos indígenas, surgiendo así los sistemas de “cargos”, y a la par el culto a los santos patronos y a otras imágenes religiosas. Instituciones como República de Naturales, el Cabildo, los hospitales, las cofradías y las mayordomías empezaron a ser elementos importantes (indispensables) de cohesión entre pueblo y autoridades de todo tipo (civiles, tradicionales, religiosas y agrarias).

Actualmente las fiestas y ceremonias tradicionales purépechas son el punto de confluencia de elementos con diferentes orígenes culturales y la supervivencia de prácticas prehispánicas, todos filtrados a través del mecanismo del control cultural. Así, a la vez que se rememoran celebraciones e imágenes cristianas o católicas, se pueden identificar elementos de origen mesoamericano (como las fiestas de inicio de siembra y de lluvias, las de la cosecha o de culto a los cerros, el agua y los bosques) mezclados con elementos introducidos por los árabes, los grupos africanos y también la incorporación de elementos de la vida contemporánea.

Así, por ejemplo, las ceremonias precolombinas que se realizaban con el primer movimiento del sol y el inicio de las labores agrícolas fueron reemplazadas por las conmemoraciones del nacimiento y adoración del niño Jesús o Cristo. El 2 de febrero, cuando inicia el ciclo del Fuego Nuevo y se “levanta” el Niño Dios, es ocasión también para la bendición de las semillas que se han de sembrar. Las festividades que tenían lugar cuando llegaba la temporada de lluvias y la siembra fueron sincretizadas con las celebraciones de la Semana Santa y el Corpus, y los festejos y ceremonias que se hacían para anunciar la temporada de cosecha y la sequía (o cuando se enfría la tierra y se deja descansar) fueron desplazadas por las celebraciones en honor de las ánimas de los difuntos.

En los festejos y ceremonias no falta la flor, la cera, las bandas y las danzas; las misas, las ofrendas, las cuelgas (pan especial colgado con listones al cuello del sacerdote o personajes de cierta autoridad), los adornos en el templo, para las imágenes y en espacios públicos especiales. En algunos oficios religiosos se llegan a interpretar los cánticos a manera de pirekuas, y cada vez menos se pueden escuchar a los chirimiteros o pifaneros interpretar sus nostálgicos acordes.
Algunos estudiosos de la cultura consideran que los festejos constituyen “pequeños sistemas hermenéuticos que responden a las cosmovisiones, expectativas y opios culturales con que el pueblo mexicano ha sabido sobrellevar sus frustraciones, o ha ejercitado su rica creatividad para encontrar en la pobreza un espacio para la utopía”, y algunos otros se atreven a considerar las fiestas como paliativos a las difíciles condiciones socioeconómicas de la mayoría de la población, ya que en ellas se percibe o se realiza la utopía de la igualdad, dejando de clasificar a la gente por su preponderancia económica, social o política, permitiendo con ello el que todos los miembros de la comunidad puedan convivir libremente.

Para cualquier comunidad purépecha la inversión social de esfuerzo físico y económico que supone la realización de una fiesta se ve completamente retribuida al recibir a cambio de sus empeños colectivos una mayor cohesión y participación de quienes se identifican con el espíritu comunitario, lo que fortalece los lazos de ayuda mutua y reciprocidad. La fiesta también contribuye a fortalecer la identidad étnica y el sentido de pertenencia, así como la vinculación con los miembros de la comunidad que radican fuera de ella.
Sin olvidar que la fiesta, como cualquier individuo, cambia, se regenera y evoluciona, dependiendo de los tiempos que corran, siempre será cuestión de agradecer a nuestros pueblos originarios su presencia y permanencia, como indicadora de temporadas puntuales en nuestra existencia.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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