Julio Santoyo Guerrero
Votos y nada más
Lunes 15 de Enero de 2018
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El tipo de precampañas y campañas electorales que iniciaban con definiciones de postulaciones programáticas ha pasado a la historia. Si antes ese era el punto de partida para definir estrategias y grupos sociales con los cuales priorizar compromisos, hoy en día la diferenciación parece no tener ningún sentido político y ningún incentivo electoral.

La descomposición de nuestra clase política, proveniente de la acusada corrupción de muchos de sus líderes y los desempeños ineficaces en la ejecución de las políticas públicas que ha exigido la ciudadanía, ha dejado sin autoridad a la mayoría de quienes hoy buscan un puesto de representación popular. El fenómeno no excluye a ningún instituto político y tampoco a los independientes. Todos tienen grandes y pequeños corruptos, grandes y pequeños ineptos, grandes y pequeños mentirosos, grandes y pequeños incongruentes, grandes y pequeños detestables.

Todos están empeñados en reproducir las prácticas que nos han llevado a la descomposición actual.
Todos están empeñados en reproducir las prácticas que nos han llevado a la descomposición actual.
(Foto: TAVO)

La pérdida de confiabilidad no es privilegio de uno, se reparte con justicia entre todos porque todos han caminado en el fango. Que unos tengan mejores o peores publicistas de sus pecados no altera la abominación del pecado. Por esta razón es que el abandono de lo programático tiene sentido. ¿Con qué cara, con qué autoridad puede un político convocar a la credibilidad de los principios?, ¿para qué detenerse en un debate profundo sobre la eticidad de su actuación política y la consistencia de un programa con compromisos políticos cuando de antemano se sabe que esa tierra para ellos no existe ni ha existido?

Frente a esta realidad, que hace tiempo los ha trascendido, nuestros políticos, todos, avanzan debocados en la ruta más eficiente para lograr el acceso al poder: cosechar votos a diestra y siniestra, sólo y exclusivamente votos, provengan éstos de donde fuere, con los argumentos más contradictorios si fuera necesario. No importa el debate profundo sobre el destino de México, lo que importa es el método eficiente para conseguir franjas electorales que hagan la diferencia de tres puntos porcentuales.

La ausencia del debate argumentado sobre los problemas económicos de México, la inseguridad, la corrupción, la educación, la cultura, nuestro sistema político, el desempeño de nuestra democracia, el funcionamiento de nuestras instituciones, ha dejado el paso libre al pesado debate que en las redes sociales se está ventilando, cargado de odios, linchamiento verbal, resentimientos enfermizos, mitos, calumnias y de ninguna propuesta que contribuya al gobierno de todos los mexicanos.

La búsqueda pragmática del voto sin más, como tendencia contemporánea de la lucha electoral, le ha dado un valor de alta eficiencia "persuasiva" a este modelo de debate. Al hacerlo está contribuyendo a pronunciar la descomposición de la vida política nacional y la confusión en los valores cívicos. El lodo que portan en sus alforjas muchos personajes de la clase política es el contenido argumentativo del debate para cuestionar adversarios, y al socializarlo con sus seguidores convierten en lodazal público todo el proceso de la alternancia en 2018. Por este camino llegaremos con certeza a una elección llena de fango, con ganadores y perdedores enfangados y deslegitimados por igual.

No sería exacto en sus valoraciones quien afirmara que con lo que nos dicen los precandidatos se puede inferir cómo sería su gobierno. No existen elementos para ello. Lo único cierto es que cada uno ha construido un Frankenstein político, un ente hecho de pedacera, y en ocasiones de la peor pedacera. ¿Cómo derivar de esto qué tipo de gobierno pueden realizar? Lo único tangible es su política pragmática de conquista de votos, basada en el histórico principio de que el fin justifica los medios.

La otra certeza es la ausencia de voluntad en los institutos políticos para iniciar desde adentro la lucha contra la corrupción, la simulación y la reconstrucción de la eticidad en las actuaciones que definirán la sucesión presidencial ya en curso. Y de esta responsabilidad no está eximido ningún partido político, baste recapitular lo que está ocurriendo en cada uno de ellos. Si en los partidos, que son el aula máter de nuestros políticos, no inicia la transformación de los valores de la política mexicana, no esperemos nada nuevo después del 1º de julio. Todos están empeñados en reproducir las prácticas que nos han llevado a la descomposición actual.

Desafortunadamente el empoderamiento civil es aún tan frágil que no se mira aún por ningún lugar la fuerza para imponerle a la vida política la dinámica que necesitamos para salir de esta terrible tragedia. Esta fatal descomposición que ha dado pie a una estrategia que privilegia la sola y mezquina consecución de votos sin el ingrediente humano que supondría el compromiso transparente con los modos de pensar y con las necesidades dolorosas de los mexicanos.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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