Jorge A. Amaral
La casa del jabonero
Los artistas
Sábado 13 de Enero de 2018
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Y pues sí, sigue el berrinche de la hija de Alfredo Zalce por la casa donde vivió el pintor. Ahora se suman personas invitadas por los reporteros de cultura a subir al tren y lanzan frases y comentarios que rayan en lo hilarante, pero en fin, si estas personas consideran que la casa debe ser un templo del arte, bueno, cada quién su religión, eso que les valga para salir en el periódico.
Dados los últimos chismes del mundillo cultural en torno a lo que no es más que una casa (bonita, sí, pero una casa) de la que el gobierno puede disponer como le venga en gana por ser de su propiedad, rescato este escrito que se publicó hace más o menos un año en estas mismas páginas sobre un artista de menor envergadura que el maestro patzcuarense.

Eutiquio Gongorino, el gran maestro local



Aprovechando que se acerca el mes de aniversario del natalicio del artista Eutiquio Gongorino Reyes, escritor, fotógrafo, pintor, escultor y músico de escaso talento pero de gran fama local, la Fundación Eutiquio Gongorino, creada por la hija del artista y algunos grupies, ha emprendido toda una serie de actividades para celebrar al artista local y de paso hacer algo de desinteresado lucro en aras de difundir la obra de quien fuera considerado el portavoz de la retaguardia vanguardista.

Sigue el berrinche de la hija de Alfredo Zalce por la casa donde vivió el pintor.
Sigue el berrinche de la hija de Alfredo Zalce por la casa donde vivió el pintor.
(Foto: ACG)


Para quienes no conozcan a Eutiquio Gongorino Reyes, basta decir que nació en esta ciudad de provincia en 1927, siendo hijo de un fotógrafo español y de una aristócrata de Tangancícuaro de prominente escote, por lo que pasó su infancia rodeado de los artistas e intelectuales que a diario frecuentaban su casa. Ya para 1942 fue inscrito en la Academia Guadalupana de Artes, donde fue alumno de connotados artistas de la época, como un amigo de Diego Rivera que también quería ser pintor pero nomás no se le daba, o un cercano colaborador de Alfonso Reyes; bueno, en realidad tenía como segundo empleo la limpieza del escritorio del gran intelectual mexicano, pero eso le daba la oportunidad de, de vez en cuando, leer las portadas de los libros que estaban sobre el mueble, tanto que aseguraba que por esa vía había aprendido alemán y latín.

Ya formado, Eutiquio Gongorino Reyes, al ver que en la Ciudad de México de plano no la iba a hacer, se regresó a la provincia, donde montó un estudio, empezó a dar clases y organizar comilonas en las que, ya borrachos, los asistentes terminaban comprando sus cuadros y esculturas, aunque a la mañana siguiente, en medio de la resaca, terminaban tirando tales objetos a la basura al no poder recordar qué eran o para qué servían.

Al paso de las décadas y ante la falta de vacas sagradas en la ciudad, Eutiquio Gongorino Reyes se consolidó como un gran maestro y un referente en la vida cultural local. A su muerte y en vista de que existían en bodega alrededor de diez mil piezas que el artista no había conseguido vender, su hija, egresada de la carrera de Cultural Business en una prestigiada universidad extranjera, creó la Fundación Eutiquio Gongorino, dedicada a mantener vivo el recuerdo del gran artista, seguir vendiendo su obra montando exposiciones por doquier y organizando eventos alusivos al artista local, por lo que la Fundación se ha convertido, sin ser considerada como tal, en una boyante empresa que ya hasta apoya a otros artistas con la condición de que hayan sido cercanos a Eutiquio Gongorino Reyes, como su jardinero, algún ex alumno, el que le lavaba el carro cuando iba al Centro, etcétera.

Así que el siguiente mes, para celebrar el aniversario del natalicio del ilustre artista jicarero, la Fundación Eutiquio Gongorino ha programado una serie de actividades, como la exposición Eutiquio Gongorino, los años sanitarios, en la que los espectadores podrán apreciar los trozos de papel higiénico que la hija del homenajeado fue guardando a escondidas del artista por su alto valor artístico y hasta médico; también estará abierta al público Eutiquio Gongorino, drama energético, en que la presidenta de la Fundación recopila los recibos de luz de Gongorino Reyes para que el espectador se dé cuenta de cómo la tarifa fue aumentando dramáticamente, pues ya para los últimos años de vida el maestro utilizaba dos refrigeradores: uno para preservar sus alimentos y otro para mantener vigente su obra.

Pero el gobierno, sabiendo que a la hija del artista le gustan las pataletas y rabietas mediáticas, también ha preparado un seminario en el que el gobierno pagará a los amigos de la hija del artista para que impartan cursos, talleres, conferencias magistrales y mesas redondas sobre Gongorino Reyes, todo esto en la casa que el gobierno remodeló especialmente para estos eventos y para –de pasadita– ver si se vende alguna pieza aprovechando la ingenuidad del público y que el nombre está de moda. Todas estas actividades serán durante febrero, pues el gobierno no quería que opacaran las actividades en honor a Alfredo Zalce, un verdadero artista.

Lo que se notó de Fausto



“Nosotros no lo invitamos, fueron ellos”, “¡no!, nosotros tampoco lo invitamos, él se invitó solo”. Tras su renuncia al PRI, que no cala salvo por la gente que pueda seguirlo pues ya lo habían congelado, Fausto Vallejo se dejó ver como un apestado, un alacrán que nadie se quiere echar al seno. Sólo el Partido Encuentro Social ha aceptado que lo arropará; total, ese instituto político ya no tiene nada más qué perder, sólo el registro.
Aunque pensándolo bien, si me dieran a escoger entre Daniela de los Santos y Fausto para la alcaldía… no tengo nada contra la diputada, pero quien traiciona a su mentor, su hacedor, puede traicionar a quien sea, lo bueno es que ya no está Alfredo Castillo para regalarle también la Presidencia Municipal de Morelia.

Para escuchar el fin de semana: Pancho & Lefty, de Merle Haggard y Willie Nelson


Entre los 60 y los 70, inclusive a principios de los 80, la música country se suavizaba acercándose peligrosamente al pop, esto por influencia de las producciones hechas al estilo del sonido Nashville (countrypolitan). Como reacción a esto hubo músicos que se rebelaron y optaron por mantener el sentido rural, incluso rudo, del honky tonk. De ahí nació el outlaw country.

Dos de estos cantantes son Merle Haggard y Willie Nelson, que en 1982 hicieron el álbum Pancho & Lefty, que con su sonido puro resulta ideal para las historias que cuenta, fiel a la tradición del honky tonk instituido por Hank Williams en la década de los 40 y que aún a la fecha se mantiene vigente, y es que de los subgéneros del country, el movimiento outlaw, contrario a muchas tendencias, no intentó cambiar nada ni evolucionar hacia nada; no, el sonido outlaw sólo quería seguir contando historias salpicadas de whiskey, y por eso las letras de este estilo suelen ser más intimistas y confesionales, basta escuchar este álbum o cualquier otro de Willie Nelson o Merle Haggard, recordando además que este último es un alma salvada por la música pues estaba preso por ser un ladrón de poca monta cuando en la cárcel en que estaba se presentó Johnny Cash y ahí su mundo cambió: decidió dedicarse a la música y en ella se mantuvo hasta el final de sus días.

En fin, sírvase un whiskey, ponga el volumen a la mitad (el honky tonk no es estridente, no busca llamar la atención), beba un sorbo, reclínese y cierre los ojos, que Merle Haggard y Willie Nelson tienen algunas historias que contarle. Salud.

Sobre el autor
Jorge A. Amaral Morelia, 1980. Melómano, aficionado a la cocina y poeta rehabilitado. Narrador ocasional, cronista eventual y articulista consuetudinario. Aprendió algunas cosas bastante útiles en la Facultad de Filosofía, tuvo un centro botanero, ha sido desempleado, obrero, carnicero, oficinista, funcionario, dirigente partidista y taquero. De oficio corrector, ha publicado en diferentes antologías editadas dentro y fuera del estado, en las revistas Letra Franca, Clarimonda y otras de menor notoriedad, además de ser columnista en la revista digital Revés. Abomina la presunción sabedor de que, en la casa del jabonero, el que no cae, resbala.
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