Jerjes Aguirre Avellaneda
En el año que comienza, tiempos para cambiar
Viernes 12 de Enero de 2018
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En este año que comienza y en este año de trascendentes elecciones es útil el repaso del tiempo, que es el repaso de los procesos, el repaso de la historia, para encontrar los referentes que permitan la identificación de los problemas del presente y de todo aquello que necesita ser cambiado para que la nación siga siendo México y sus habitantes sigan siendo orgullosamente mexicanos.

Es posible la coincidencia respecto a que ha llegado el tiempo de cambiar el propio tiempo, seguros de que es tiempo para ubicarnos en el proceso de la vida nacional, con cambios y aspiraciones que expresen las capacidades propias, en ideas, valores y acciones, así como en el impulso de creencias deliberadas para la construcción consciente del futuro.

Por otra parte, por su propia esencia, todo proceso electoral contiene posibilidades de cambio, de corrección y atención a nuevas necesidades y demandas en la continuidad del movimiento incesante de la sociedad. Las elecciones, la democracia misma, se inventaron para cambiar, contrariamente a las pretensiones existentes, para hacer de la democracia una herramienta del inmovilismo. Habría que recordar el viejo dilema consistente en que los grandes cambios de la sociedad se producen en la paz de la democracia o en la violencia de la revolución.

 Hay futuros mejores y hay futuros peores, dependiendo del contenido concreto del tiempo y lugar.
Hay futuros mejores y hay futuros peores, dependiendo del contenido concreto del tiempo y lugar.
(Foto: Cuartoscuro)



Sin embargo hay de cambios a cambios, los hay hacia adelante y los hay hacia atrás. Todo depende de los propósitos con que se promuevan y orienten junto a las ideas que prevalecen como grandes objetivos o del abandono de toda internacionalidad, en la creencia de que la espontaneidad resuelve por si sola todos los problemas, teniendo la capacidad para llenar todos los vacíos.

El tiempo como sucesión de luchas y evolución hacia el futuro no significa que necesariamente haya avance, desarrollo, progreso, complejidad eficiente. Hay futuros mejores y hay futuros peores, dependiendo del contenido concreto del tiempo y lugar. Alcanzar determinado objetivo, finalidad o propósito, representa el indicador fundamental que permite encontrar el sentido de los cambios.

En el caso mexicano, los objetivos prioritarios del cambio en este tiempo electoral son amplios y variados, si bien en un esfuerzo de selección, habría que destacar entre otros, los cambios que rescatan y fortalecen la vergüenza como país y como pueblo, recuperando el orgullo nacional, particularmente en la relación con los Estados Unidos, para dejar de ser el “patio trasero”, el “corral” norteamericano, que tiene el mérito de haber inventado el cero y representar el movimiento infinito en una espiral.

Estados Unidos es el principal “socio comercial” y el principal obstáculo en el reencuentro de México con su propia historia. Los tiempos del “muro fronterizo”, como tiempos de preocupación y ofensa para los mexicanos, deben desaparecer. ¡Que construyan su muro! ¿Por qué tiene que importarnos? Con Estados Unidos no habría que esperar ninguna ventaja de allá para acá, como tampoco ellos deben esperar ninguna ventaja de aquí para allá. De pie, erguidos, con Tratado de Libre Comercio o sin él, México tiene a su pueblo y amigos respetuosos en el mundo. La relación con Estados Unidos necesitan transformarla los mexicanos mismos.

Hace poco circulaban en Estados Unidos dólares en billetes con mensajes sobrepuestos con insultos denigrantes y ofensivos para los mexicanos. Entre otros textos se encontraban los siguientes, “mexicanos go home”, “mexicans the human versión of rats”, “fuck México”, que en su traducción al español significan “mexicanos lárguense a su casa”, “los mexicanos son la versión humana de las ratas” y, finalmente, una grosera “mentada de madre para México”.

Esos son nuestros “buenos vecinos”, cuyo presidente considera que los mexicanos son “criminales” y las mexicanas, unas “prostitutas”. El mismo que pretende repatriar empresas e impedir que nuevas empresas norteamericanas se establezcan en México. El que persigue migrantes y separa familias, el de la “supremacía blanca” y soberbia antimexicana, el que se burla diciendo, “ni modo que México quiera jugar a la guerra.” Si para ellos primero son Estados Unidos, para nosotros también primero es México.

Aparte está la corrupción que hay que eliminar de tajo. No sólo la que se refiere a la conversión de la riqueza pública en riqueza privada, utilizando los medios que sean, justificados por la finalidad del robo, sino la corrupción como cultura cotidiana, de las élites que la practican y de las masas que la toleran por ignorancia o complicidad, puesto que la corrupción puede convertirse o se ha convertido, con actores pasivos y activos, en un modo de vivir.

Hay corrupción creando un servidor público que viola la ley para favorecer intereses particulares, con los actos de cohecho, nepotismo o peculado, en las recompensas por favores de distinto tipo, incluyendo las decisiones atrapadas en las redes burocráticas, etcétera, etcétera. Las lealtades personales en el ámbito público, por encima de las estructuras institucionales y de los principios, ¿no son acaso una forma específica de corrupción? Definitivamente la ley y las instituciones están implicadas en la corrupción. Terminarla implica ir más allá de los controles y de los castigos.

En política, las prácticas electorales contienen diversas formas de corrupción, desde la “compra” de preferencias para votar hasta la mentira, el engaño, la manipulación y la alteración de los resultados finales de las votaciones. ¿Qué decir de los políticos y de los partidos que hacen política sin ideología y sin compromiso, entendiendo que la política es un simple negocio? El sistema de la corrupción debe sustituirse por un sistema sustentado en los valores que hacen del trabajo y de la autenticidad, las cualidades más elevadas de los mexicanos.

Finalmente, es urgente cambiar sustituyendo la desconfianza en todo, que destruye toda forma de unidad organizada, que debilita y anula las capacidades superiores de la sociedad, por la confianza en los mexicanos mismos, en su inteligencia, creatividad, honestidad y lucha para convertir en realidad los modelos ideales que considera apropiados para entender su pasado, su presente y su porvenir. Habría que cuestionarse cómo podemos creer en nosotros mismos, cómo podemos recuperar la fe en nuestras capacidades.

Hoy se desconfía de todo y de todos. Hay desconfianza en las instituciones, en la política, los políticos, los partidos, los gobernantes, los diputados y senadores, el presidente de la República, los gobernadores y los presidentes municipales, los “líderes sindicales”, las burocracias, los curas, las iglesias, los amigos y en todo cuanto rodea a los individuos, los grupos, generando lo que podría caracterizarse como la civilización de la desconfianza y el miedo, alentados adicionalmente por la violencia y la inseguridad.

Sin duda México necesita muchos cambios profundos ante lo inesperado de problemas que amenazan su propia integridad y existencia. Cambios integrales que sustituyan el modelo vigente fracasado en escala planetaria, según lo reconocen diversos liderazgos individuales y colectivos, incluyendo al propio Papa de Roma. La oportunidad de las elecciones venideras tendría que significar el inicio de nuevos tiempos.
En una visión cortoplacista, la historia termina en la jornada electoral. En la visión del largo plazo es apenas el comienzo de los nuevos tiempos por venir. ¡Ahora, antes de que sea demasiado tarde!

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