Rafael Mendoza Castillo
El lenguaje público como derecho humano
Lunes 8 de Enero de 2018
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Cuando hablamos del lenguaje público nos referimos al contenido de la política. Por ese motivo invito el pensamiento reflexivo de Hannah Arendt: “Mientras que el aislamiento afecta únicamente al dominio político de la vida, la desolación afecta a la vida humana en su totalidad”. De ahí que el sistema totalitario no podría sobrevivir sin destruir el dominio público de la vida humana, es decir, destruyendo las capacidades políticas de los seres humanos. La desolación (deshabitado) acaba también con la vida privada y con la pertenencia al mundo. La tragedia es doble.

Empiezan por invisibilizar, marginar, aislar, desolar a las oposiciones, a quienes piensan distinto, en los medios de comunicación, prensa escrita, televisión, radio y redes sociales.
Empiezan por invisibilizar, marginar, aislar, desolar a las oposiciones, a quienes piensan distinto, en los medios de comunicación, prensa escrita, televisión, radio y redes sociales.
(Foto: TAVO)

Si los mexicanos continuamos olvidando la vida activa y solamente comemos, dormimos, bebemos, producimos cosas, nos divertimos, votamos por nuestros verdugos y dejamos de lado la acción constituyente, el hacer acontecer, esto es, la vida pública (política), las capacidades para crear algo nuevo, distinto a lo existente, a lo dado, entonces estaremos en un presente eterno, en lo mismo, sin opciones de futuro. Esto es grave y serio. Veamos.

Comer, dormir, beber y producir cosas artificiales no es suficiente, porque somos más que eso. Quedarnos en el mundo de lo privado es olvidar que el espacio o esfera pública es el encuentro con los otros, con los demás; es decir, la pluralidad de voces y razones. Así, el sistema del capital nos coloca en el trabajo alienado, enajenado, en la obra para activar el cuerpo (biopolítica) o la mente (psicopolítica) como mecanismos para el crecimiento exponencial del gran dinero. Seguir por este último camino es darle muerte a la deliberación pública.

Comer, dormir, beber, producir cosas artificiales es dejar el mundo como está, sin novedad, sin necesidad de conciencia, sin necesidad de voluntad, sin necesidad de otra realidad; es decir, sin opciones de un mañana mejor que el actual, soportando la impunidad (sólo el dos por ciento de los delitos se castiga), la corrupción (desbordada) del sistema y su entramado institucional. Con ello hemos perdido la capacidad de asombro, en síntesis, la capacidad de ser sujetos erguidos, en lo individual y colectivo, para desafiar lo brutal e inhumano de lo real, lo imaginario y lo simbólico, vía la acción pública o esfera política.

¿Qué cambió en la realidad, en el sistema económico, moral, cultural, social, durante la Navidad, Año Nuevo, Reyes Magos? Nada, porque el orden produce estos mecanismos para su propia reproducción y mantenimiento. Estos últimos son colocados en la familia, con los amigos, esto es, en lo privado. En este lugar el lenguaje público se clausura, se privatiza. Lo público se anida en el yo y el nosotros desaparece.

Los acontecimientos citados producen, vía el placer de las emociones (alegría, disgusto, ira, miedo, sorpresa, tristeza), las creencias religiosas y secularizadas, calmantes, para que la gente soporte gasolinazos, tortillazos, salarios de hambre, militarización del tejido social (Ley de Seguridad Interior), partidocracias que viven de la planeación de la política, que no de la política, como acción constituyente, etcétera. Las emociones y sentimientos son instrumentos de producción manejados para acumular más capital en pocos propietarios. Esto se llama deshumanización y despojo.

Somos más que dormir, beber, comer, cohabitar, producir, vender, competir, porque tenemos la voluntad de poder para decidir que deseamos ser libres para hacer de otro modo, de otra forma, con otros fundamentos el mundo y el sistema que le apuesta a lo primero. Cuando al pueblo se le instala en los primeros atributos se le margina de la acción política, se le quita esta capacidad de ir al encuentro con los otros, esto es, se le extirpa la facultad de pensamiento crítico y, lo peor, se cancela la libertad para construir la historia de lo emergente, lo nuevo.

No perdamos la acción constituyente (política) como prerrogativa de hombres, niños, jóvenes, ancianos, mujeres, la cual depende de la presencia de los demás. En el sistema corporativo neoliberal trabajamos y producimos en privado, conforme a la reglas del dinero, sin la presencia de los otros. Sin embargo, en la acción política, en lo público, vamos todos para transformar este mundo que nos excluye, que es de pocos propietarios e ignoran al pueblo, que es mayoría, los de abajo, a los que le apuesta la aspirante a candidata independiente Marichuy.

Un pueblo sin poder es un pueblo de súbditos, de esclavos, de entes privados que, sin relación con los otros, han perdido la esfera de lo público, la libertad para hacer la historia a su imagen y semejanza. Cuando el pueblo no es soberano no existe la democracia. Esta última es una ficción, un engaño. Con el modelo neoliberal estamos perdiendo las capacidades políticas, el lenguaje público, la libre expresión, la deliberación pública y el orden neoliberal las sustituye por las emociones de miedo y la militarización de lo social.

Si lo último se instaura, el capitalismo financiero (28 empresas del sector financiero controlan 50 trillones de dólares, tres cuartas partes de la riqueza del mundo) continuará con el despojo de territorios, aguas, playas, mares; es decir, la muerte de la vida humana y no humana. Con este hecho asistimos a la muerte de lo común, lo de todos. Con la muerte del lenguaje público se instalarán la intolerancia, la intransigencia, el autoritarismo prianista y las mentiras se perpetúan sin que nadie las denuncie. El derecho humano de la libertad de expresión corre peligro con la militarización de la sociedad mexicana, india, mestiza y negra. Sin este derecho los demás pierden sentido.

Con la militarización de la sociedad se reprime la libertad de expresión, se cancela la opinión pública, la deliberación pública de los asuntos y problemas del país, el derecho del público a ver y oír lo que le apetezca y formarse su propia opinión al respecto. Estos hechos están anunciando la nueva era del fascismo. Veremos un déficit en el debate y desafío político. El soberano hobbesiano intervendrá para cancelar disidencias, protestas y manifestaciones en contra del sistema de opresión actual.

Estamos asistiendo a la cancelación de la razón pública, es decir, a la argumentación racional, al lenguaje público, a la política. Los fascistas se alistan para seguir asaltando el poder de dominación y explotación.

Empiezan por invisibilizar, marginar, aislar, desolar a las oposiciones, a quienes piensan distinto, en los medios de comunicación, prensa escrita, televisión, radio y redes sociales. El odio y la mentira son las armas del prianismo militarizado y policiaco. Hitler empezó quemando libros y terminó quemando seres humanos. El prianismo y su sistema neoliberal van por este camino de barbarie. Otro mundo es posible y necesario.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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