Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
¿Soy yo o es la orquesta?
Martes 26 de Abril de 2016
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La noche del pasado viernes 22 de abril regresé al Teatro Ocampo para estar en el segundo concierto de la segunda temporada del año de la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem). Una vez más la dirigió su titular, el maestro Miguel Ángel García Ramírez, y en el programa musical hubo de todo: de chile, de dulce y de manteca.

Con el teatro casi lleno de un público desconocido por impertinente, abrieron con la “Obertura a las criaturas de Prometeo”, ballet unigénito de Ludwig van Beethoven (1770-1827). Se sabe que se puso por lo menos una vez en Viena. Lo único que sobrevive en el repertorio de conciertos es la obertura. Se ignora totalmente el argumento del ballet, pero por el nombre y por saber de la pasión libertaria de Beethoven, quizá se trató de una exaltación o elogio de la libertad. La obertura es de corte clásico, incluso con ciertos toques cortesanos, pero ya muestra la inquietud de ser manifiesto de abstracciones ideológicas. Es académica pero dramática, sin ser heroica todavía. Finalmente es una linda obertura, lírica y festiva.

Ahora bien, desde el acorde inicial el pasado viernes nos decepcionó la interpretación de la Osidem. Surgieron desafinadas y a destiempo las diferentes familias de instrumentos y esa fue la tónica de toda la obra, agregando que esas diferentes familias (cuerdas, maderas, metales) sonaban descoordinadas, sin una verdadera concertación que las unificara en un objetivo estético final.

El programa continuó con dos piezas breves para violonchelo y orquesta, que son versiones autorales de originales para violonchelo y piano. Para hacer la parte solista invitaron al maestro Marcos Franco Faccio Zanza, que es el principal de los violonchelos de la propia Osidem.

Fue primero el “Rondo opus 94”, de Antonin Dvorák (1841-1904), pieza de suave lirismo eslavo, juguetón y pleno de melancolía. Es conmovedora, mas no es triste; es eslava. Desgraciadamente, la interpretación por parte del solista y la orquesta dejaron mucho qué desear por desafinación, timbre hueco y feo del instrumento solista y falta de concertación entre los participantes en la recreación de obra tan breve cuanto hermosa. ¡Lástima!

Solista, orquesta y director siguieron adelante con la “Elegía opus 24”, de Gabriel Fauré (1845-1924), músico francés. “Elegía” es una pieza poética o musical que expresa un lamento. Esta de Fauré es breve, lenta, triste y sombría. Es de riqueza lírica y muy hermosa; todo un hito del género. Lo que escuchamos el pasado viernes fue una versión para violonchelo, orquesta y voces altas de niños en el público que reclamaban saber qué pasaba y que los sacaran. La tónica de desafinación global y sonido feo siguió durante toda la breve pieza. Durante ella me llamó la atención que lo que yo había visto como cualidad en Miguel Ángel García en conciertos anteriores, que dirigiera sin batuta y con dos manos izquierdas funcionales, se había convertido en un manoteo en espejo: las dos manos marcando exactamente igual, pero en espejo, sólo el tiempo. En la jerga musical esto se llama espejismo y contradice el viejo precepto de la dirección orquestal: “¡Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda!”.

Después de un intermedio breve cerraron con la Sinfonía 40 de Mozart, que es un verdadero icono del sinfonismo universal de todos los tiempos. Pero nada diré de ella, porque durante su ejecución el pasado viernes se completó el caos interpretativo de la noche. Los violines desafinados y sonando feo, y cuando algo se compusieron en el tercer movimiento, los cornos tomaron su lugar en el desastre. Los niños del público seguían protestando en voz alta, dos mujeres enfrente de mí platicaban, el espejismo del director era continuo y sólo marcaba el tiempo, el público interrumpía aplaudiendo entre los movimientos y el director les daba cuerda al voltear y agradecerles, con sonrisa y caravana, su benevolencia.

Llegué a pensar que todo esto era imaginario y que yo estaba alucinando. Con esa idea me levanté de mi asiento y quise salir para que me diera el aire de la noche, pero en el pasillo me detuvieron varios amigos y conocidos, entre ellos un músico, para preguntarme si yo había visto y oído las cosas tan desastrosas como ellos. Tranquilicé mi espíritu.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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