Rafael Calderón
Elegía del Destino
Leer al poeta Rubén Darío
Lunes 25 de Abril de 2016
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¿La poesía de Rubén Darío como lectura? Esto es posible si sucede a partir del acontecimiento del propio lenguaje y si sirve de modelo por un puñado de poemas que son parte de una lectura desprejuiciada y llena de sorpresas alegres y maravillosas. Ya sea por el toque de su ritmo, el resultado de su musicalidad; su presencia sigue siendo imponente estos tiempos. Darío deja sentir un aroma renovador en sus versos, aunque pareciera estar olvidado. La realidad es que no es así y más bien es dueño de una obra amplia y radica en que hay que visitarlo por esa condición de clásico a partir de los títulos principales de su poesía. Lo podemos reconocer como descubrimiento a través de esa revelación que encierran las páginas de la que hoy día es conocida como su Antología personal. Por lo mismo, hay que recordar que esa antología tiene origen en tres tomos que publicó originalmente entre 1914-1916, seleccionada por el propio autor; incluye 150 poemas de los títulos principales de su obra y es donde muestra la originalidad de esa renovación que deja sentir la suerte de la selección más bien personal. Es el resumen que al mismo tiempo puede ser considera como fundamental para afirmar que se está ante el inequívoco testamento de su obra poético.

Los títulos que agrupa en esa selección lo presentan de cuerpo completo: Muy siglo diez y ocho; Muy antiguo y muy moderno Y una sed de ilusiones infinita para recordar lo que certeramente escribe Ricardo Llopesa: “Era consciente de lo fundamental del orden para alcanzar la armonía, siguiendo la teoría pitagórica. De esta manera alcanzó el equilibrio, el ritmo y la música en cada uno de sus libros”. Para afirmar que es un poeta vivo por el verso de encendida visión y en este radica su fuerza y se antoja renovadora: una imagen que se mira por la fuerza de sus destellos que a veces está llena de luz y otras de melancolía o unas cuantas veces con el aroma de la naturaleza. Casi siempre por la presencia de la mujer y sus encendidas imágenes pasionales que nutren un erotismo confabulador entre el aroma de las palabras y la elevación del lenguaje y el perfume femenino. El amor platónico es parte de la fuerza encendida de la visión erótica –elemento muy vivo– cuando nombra a Margarita, diciendo que está linda la mar… y de ella hace una llama viva y por su voz el crepúsculo nombra el amor, la melancolía, la soledad atroz; encierra recuerdos que son parte de aquel encuentro de serenidad y quietud propia: “Todos hechos de carne y aromados de vino”.

Es un espacio entre la poesía cumulada y la selección que realiza para recordar que el autor es dueño de una entonación rítmica. Es el resumen de su vida y síntesis que permite mirar con acierto la sobrevivencia de una personalidad muy suya. El estilo de su voz, obliga al encuentro con su voz, y afirma una nueva obra que es en sí es muy distinta, pero por sus antecedentes, renueva magistralmente la presencia de dos títulos de toda su poesía. Estos nutren lo que mejor abarcan ese cuadro lírico: me refiero a Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. Acierta con brillo la selección propio, porque ha practicado la escritura de poemas en todas las formas, sabores y sabes y estilos. Es, por eso, un autor que sabe asumirse heredero de la tradición de la lengua castellana.

El resumen lo hace Sergio Ramírez en su texto “El libertador”: “La Obra poética fue publicada en tres tomos entre 1914-1916… Los 150 poemas que formaron esa antología personal única fueron elegidos bajo un criterio que asombra por su rigor, al grado de dejar por fuera todo Azul… libro inaugural de la novedad de su escritura, ‘el comienzo de mi primavera’ y asimismo la oda ‘A Roosevelt’, que fue en su tiempo un manifiesto continental antimperialista y que aún se suele entonar con ardor. Los títulos de cada uno de los tomos están sacados de la tercera estrofa de ‘Preludio’ de Cantos de vida y esperanza, ese que comienza ‘yo soy aquel que ayer no más decía…’ un poema que además de tener un tinte autobiográfico es una verdadera declaración estética personal”. Pero al ser leída nuevamente confirma su vigencia. Ya lo dijo Antonio Marchado con esa claridad poética ante la muerte de Darío: “Si era toda en tu verso la armonía del mundo,/ ¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?/ Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, corazón asombrado de la música astral, / ¿te ha llevado Dionisos de su mano al infierno/ y con las nuevas rosas triunfantes volverás?”.

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