Alma Gloria Chávez
Los diarios de María Luisa Puga
Sábado 23 de Diciembre de 2017
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Son testimonio notable de autoexamen, de exploración intelectual, de reflexión literaria y de una vida vivida a través de la escritura.

José Montelongo.


Mis padres y una servidora conocimos a María Luisa casi desde su llegada a la región Lacustre de Michoacán, a mediados de los años 80, como lo atestigua la dedicatoria que hizo “a la señora Gloria y al señor Eugenio” de su libro Crónicas de una oriunda del Kilómetro X en Michoacán, y sin duda esos, nuestros primeros encuentros con Puga, ocurrieron en casa de don Enrique Luft y Teresita Dávalos.

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(Foto: TAVO)



María Luisa Puga nació un 3 de febrero de 1944 en la Ciudad de México y siendo muy joven viajó a Europa y a África, regresando al país en 1978, cuando publica su primera novela: Las posibilidades del odio. Luego le siguieron Pánico o peligro (que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia 1984), La Reina, Inventar ciudades y Nueve madrugadas y media, entre otras. A la par también escribía libros de cuentos como Inmóvil sol secreto y Accidentes y algunos para niños como El tornado y Los tenis acatarrados. Por toda su extensa obra, en 1996 recibió el Premio Nacional Juan Ruiz de Alarcón.

Sinceramente nunca pude preguntar a María Luisa qué fue lo que encontró en tierras michoacanas para quedar tan prendada a ellas, haciendo su lugar de residencia en un bello pinar a orillas del Lago de Zirahuén. Pero lo que sí supimos de inmediato es que María Luisa dedicó muchos de sus afanes a la promoción de la lectura y sobre todo, a la impartición de talleres literarios abiertos a personas de todas las edades… y capacidades: en Morelia, en Zirahuén y en Erongarícuaro, en el recordado centro educativo y cultural El Molino.

María Luisa siempre irradió sencillez y jovialidad. Le recuerdo sentada bajo un árbol (luego sabría que era Esteban) cercano a su estudio donde escribía, la vez que acudí a buscarle para pedir nos acompañara a la presentación que una amiga y yo haríamos de un pequeño libro con historias escritas por niños y niñas de barrios antiguos de Pátzcuaro, en cuya introducción ella misma escribió: “…Son ellos, los niños, quienes a través de estos textos y dibujos nos platican las costumbres de Pátzcuaro. Son ellos los que nos invitan a revivir tradiciones y celebrar festividades. Al escribirlas se las han apropiado. Las han incorporado a su presente”.

Con mucha frecuencia encontrábamos a María Luisa y a Isaac Levín (su pareja durante 23 años) recorriendo las calles de Pátzcuaro para hacer compras, visitar a algunas amistades, atender o participar en algún taller literario o sencillamente caminar, llevando ella su radiante cabellera cortada al estilo “príncipe Valiente” y su sincera sonrisa, y él, el amable y adusto gesto que junto a su estatura le hacían parecer un patriarca de algún país del lejano Oriente. Posteriormente, a principios de la década del 2000, atestiguamos el doloroso proceso de rehabilitación al que tuvo que someterse María Luisa luego de haber sido secuestrada en la cabaña que habitaba con su esposo y sufrir varias caídas cuando sus secuestradores la arrastraron (literalmente) por el bosque. Como consecuencia de esa traumática experiencia, a María Luisa se le desarrolló una artritis reumatoide que le llevó a usar silla de ruedas y a escribir Diario del dolor, su último libro publicado.

José Montelongo, bibliotecario de estudios mexicanos en la Universidad de Austin, Texas, ha mencionado que “los diarios de Puga (327 cuadernos que abarcan de 1972 a 2004, año de su muerte) son un testimonio notable de autoexamen… que registran los conflictos vitales y artísticos de la escritora… son una ventana hacia las esferas sociales y políticas en que se movió durante sus años en Europa, en África y en México. Escritos en elegante caligrafía, casi siempre en la tinta sepia preferida por la autora, y salpicados ocasionalmente de dibujos, recortes y fotografías, las páginas de sus cuadernos presentan una carga emotiva extraordinaria”.

En estos días me ha llamado la atención que entre los libros que mi padre tiene “a la mano” en su recámara (esto es: sobre su cama, en la mesita de noche, en una silla, etcétera) he encontrado el Diario del dolor escrito por María Luisa, y entre sus páginas, a manera de “separadores”, trozos de papel que seguramente señalan algunos textos que han llamado la atención de mi progenitor, que a sus 95 años y padeciendo alguna derivación de la artritis seguramente se ha identificado con los síntomas (o presencias) que describe con tanta precisión la inolvidable oriunda del Kilómetro X.

“Cuando los demás hablan de él. Los escucho asombrada, casi como si estuvieran hablando de otra cosa. ¿Te dolió?, me preguntan si pasamos un bache en la carretera. ¿Ahorita te está doliendo? Siento que Dolor se duele cuando hablan así de él. Siento que me mira entristecido. Yo quisiera explicarles que no es así. Está ahí siempre, pero no es así. No emite vibraciones ni echa mal de ojo. Se deja ver apenas. Roza. A veces, pellizca. Está ahí, simplemente. A veces se acurruca junto a mí y yo de tanto en tanto le rasco la cabeza. Está bien, me hace llorar a veces; me mata de la rabia otras, pero la mayor parte del tiempo está. Sólo está. ¡Qué buen ánimo!, me dice la gente. ¡Qué fortaleza! Me vuelvo a asombrar. Me resultan más desconocidos ellos que Dolor”.

María Luisa Puga murió en la Navidad del año 2004 en la Ciudad de México, pero atendiendo su voluntad, fue cremada y sus cenizas esparcidas al pie de aquel árbol que conocí más joven y que fue llamado Esteban por los moradores de la encantadora cabaña en Zirahuén.

Hace trece años que María Luisa Puga no se encuentra entre nosotros, hace menos años que Isaac Levín tampoco está.

Me ha resultado conmovedor leer algunos de los últimos párrafos de María Luisa en su Diario del dolor, cuando le reta: “No te quieres ir, ¿verdad? Por eso ahora te haces presente mucho más seguido y por más tiempo. ¿Qué quieres de mí? Ya no puedo tomar más pastillas para mantenerte a raya. ¿Que no te aburres? Se ha terminado tu etapa conmigo. No tengo más que decirte y lo que tú dices es repetitivo. Me quiero ir a otras zonas de la existencia y tengo que cerrar este diario. Necesito que entiendas que este ciclo se acabó…”.
Hasta siempre, María Luisa, y hasta un día, Isaac Levín.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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