Estrellita M. Fuentes Nava
De entre los más pobres: Santa María Zaniza, Oaxaca
Viernes 15 de Diciembre de 2017
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En días pasados, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) dio a conocer que durante 2015, 190 municipios de México alcanzaron los niveles más altos de pobreza con hasta más del 95 por ciento de sus habitantes en esta condición. Para este organismo, una persona se encuentra en situación de pobreza cuando tiene al menos una carencia social (en los indicadores de rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación) y si su ingreso es insuficiente para adquirir los bienes y servicios que requiere para satisfacer sus necesidades alimentarias y no alimentarias.

Los quince municipios que en 2015 tuvieron los mayores porcentajes de población en situación de pobreza fueron los siguientes: Santos Reyes Yucuná, Oaxaca, 99.9 por ciento; Santa María Zaniza, Oaxaca, 99.7; Aldama, Chiapas, 99.5; Chanal, Chiapas, 99.5; San Juan Cancuc, Chiapas, 99.5; San Andrés Duraznal, Chiapas, 99.4; San Juan Ozolotepec, Oaxaca, 99.4; Nicolás Ruiz, Chiapas, 99.3; Coicoyán de las Flores, Oaxaca, 99.3; San Simón Zahuatlán, Oaxaca, 99.3; Cochoapa el Grande, Guerrero, 99.3; Santo Domingo Ozolotepec, Oaxaca, 99.3; Chalchihuitán, Chiapas, 99.2; Santiago Tlazoyaltepec, Oaxaca, 99.2, y San Miguel Tilquiápam, Oaxaca, 99.1 por ciento.

Llegar a Santa María Zaniza fue toda una odisea porque nos tomó casi todo un día hacer el viaje desde la capital en un camión guajolotero conducido por un chofer muy experimentado a quien le apodaban El Gorrión Chiflador.
Llegar a Santa María Zaniza fue toda una odisea porque nos tomó casi todo un día hacer el viaje desde la capital en un camión guajolotero conducido por un chofer muy experimentado a quien le apodaban El Gorrión Chiflador.
(Foto: Especial)



Es impactante pensar cómo en una comunidad el 99 por ciento de su población pueda vivir en pobreza, y ello es real. Hace algunos años estuve en Santa María Zaniza, Oaxaca: acababa de terminar la universidad y mi madre me convenció de que fuéramos a hacer labor social durante las vacaciones de Semana Santa. Yo nunca había ido de misiones y decidí emprender la aventura.

Llegar a Santa María Zaniza fue toda una odisea porque nos tomó casi todo un día hacer el viaje desde la capital en un camión guajolotero conducido por un chofer muy experimentado a quien le apodaban El Gorrión Chiflador. El calor de la época era abrasador y de vez en cuando nos deteníamos en un riachuelo a refrescarnos. Éramos un grupo de ex alumnas acompañadas por religiosas y llevábamos con nosotras cajas con despensas, medicamentos, útiles escolares, ropa, equipo médico. El paisaje era soberbio, pero a la vez aterrador cuando el señor Gorrión hacía maniobras para ceder el paso en los caminos angostos de terracería y quedábamos con medio camión en el voladero y se podía ver perfectamente el acantilado desde la ventanilla.

Nos hospedamos en una casa misión muy sencilla que tenía el grupo religioso en aquella época y que ahora ya está “cerrada” porque les ganó la ola de la Teología de la Liberación con algunas monjas y sacerdotes rebeldes, quienes decidieron quedarse en la comunidad y no obedecer a la jerarquía católica (pensándolo bien, en aquel contexto desolador quizá hasta yo hubiera hecho lo mismo).

Los habitantes hablan zapoteca y yo me empeñé en las dos semanas que estuve por allá en aprender algo del idioma. Me seguían mucho los niños a todas partes porque pensaban que también era yo religiosa, y siendo la más joven, me tomaban más confianza. Con ellos caminé y descubrí paisajes maravillosos que aún guardo como instantáneas en mi memoria, al igual que sus sonrisas y su inocencia en la mirada. Me explicaban que si la luna hacía su “casita”, esa noche haría frío. Jugaban felices descalzos al futbol e incluso hubo un pequeño al que por un mal golpe se le levantó a uña del pie; para mi sorpresa ni lloró y simplemente tomó tierra, se frotó el dedo lastimado y siguió jugando. También vi a otra pequeñita que corría feliz tras la pelota con un bultito que cargaba con un rebozo azul; me acerqué a preguntarle qué llevaba ahí y al abrirlo vi que era un bebé: su hermanito, ya que le tocaba cuidarlo porque su mamá estaba en las labores del campo. Por las tardes, después de la catequesis, me gustaba reunir a los pequeños y contarles y actuarles cuentos tan simples como el de “Caperucita Roja”, que nunca habían escuchado. Reían con mis improvisaciones al punto que en las mañanas a primera hora tocaban a mi puerta y me gritaban: “Madre Estrellita, madre Estrellita… cuéntenos un cuento”.

La pobreza era apabullante. Con las voluntarias nos repartimos por cuadrantes la comunidad para realizar visitas diarias y nunca en mi vida había visto tanta pobreza y desaliento como en ese lugar. Recuerdo a una joven de unos quizá quince años con tres pequeños y con visibles síntomas de desnutrición y debilidad. Platiqué con ella y me preguntó que yo de dónde venía, que le narrara cómo era mi ciudad, pero no alcanzaba a imaginar que existiera Morelia, ni siquiera había estado en la capital Oaxaca. Recuerdo que llevaba puesto un vestido morado deshilachado, que fue el mismo con el que la encontré al año siguiente que regresé. Llevo en la mente tatuadas sus palabras: “Dichosa tú que conoces, dichosa tú que viajas”.

Sin embargo, en esta comunidad en medio de su pobreza conocí la verdadera generosidad: cuando era la hora de la comida y estábamos reunidas con las religiosas, tocaban con frecuencia a la puerta para ofrecernos tlayudas (tortillas grandes). A mí me daba pena porque sabía que ellos no tenían para comer pero no podíamos rechazarlas porque era como una ofensa. También en una ocasión en que caminé horas bajo el sol y llegué a una vivienda de lo más alejada en un monte, una mujer me regaló un taco con el único huevo que tenía. No quise aceptárselo, pero ella insistió: estaba feliz de que la visitara. Hasta la fecha ha sido el taco más delicioso que he comido en mi vida.

Y muy a tono con sus costumbres, desconfiaban de los médicos y las medicinas. Decían que el suero les daba “frialdad”, pero que las vitaminas eran “calientitas”, seguramente porque con ellas reponían fuerzas en medio de su desnutrición. Ellos se curaban con la tía Sóstenes, que era la “brujita” del pueblo (a los mayores se les dice “tío” o “tía”), una mujer de lo más buena con quien platiqué horas y que me compartió de su sabiduría.

Después de aquellas dos semanas en la comunidad cuando llegué a Oaxaca y me hospedé en un hotel con agua caliente y una cama blanda, lloré conmocionada y casi besé el piso: nunca me había sentido tan bendecida. Vivir el contraste al extremo me hizo valorar aún más lo que me rodeaba.

Hoy me volví a topar con el nombre de Santa María Zaniza, Oaxaca, y para mi sorpresa y tristeza es el segundo municipio de México más pobre entre los pobres. No sé qué será de aquellos niños ni de la mujer del vestido gastado o de los tíos. Sin duda me propondré regresar, aunque no tengo que ir tan lejos puesto que aquí en Morelia tenemos a seres humanos viviendo en la escasez también. Esta noticia me hizo recordar la dimensión de la pobreza que prevalece que nuestro país, lo mucho que falta por hacer, y también lo bendecidos que somos al tener un techo, comida y ropa que vestir. En la vida damos muchas cosas por sentado, siendo que hoy hay localidades inmersas en pobreza total, lo cual es inhumano y desgarrador…

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