Hugo Rangel Vargas
Meade: el eje del olvido
Jueves 30 de Noviembre de 2017
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Ha quedado claro que el régimen peñanietista ha desplegado una estrategia de múltiples aristas tendiente a mantener al frente del poder al grupo de tecnócratas que gobiernan al país desde hace más de tres décadas. Este despliegue de esfuerzos políticos tiene al menos los siguientes ejes:

El primero es la desvanecimiento ideológico de la oposición que el PRI encontró en su regreso a Los Pinos. Esto lo consiguió a través de la firma del Pacto por México, que desdibujó a los partidos antagónicos al tricolor dejándolos en el terreno de la sinrazón programática, dado que la gran apuesta en la agenda del Pacto los colocaba sin banderas ni causas frente a la ciudadanía y con hilos de conducción que comenzaron a dirigirse desde la oficina de Bucareli.

Les parecen lejanas las corruptelas de personajes como El Negro Durazo, Elba Esther Gordillo o Fidel Velázquez; no se cuentan entre sus memorias frases como “defenderé el peso como un perro” o “no nos volverán a saquear”
Les parecen lejanas las corruptelas de personajes como El Negro Durazo, Elba Esther Gordillo o Fidel Velázquez; no se cuentan entre sus memorias frases como “defenderé el peso como un perro” o “no nos volverán a saquear”
(Foto: Especial)

El segundo es la descalificación moral de la política. Una vez que la corrupción alcanzó hasta al mismísimo presidente, había que manchar a todos los políticos, a todos los partidos, a todas las instituciones. “Todos los políticos son igual de corruptos”, era la consigna que había que pregonar para que no hubiese diferencia que hiciera resaltar cualidades morales o éticas en alguno.
Con ello había que hacer que cundiera el desánimo hacia la participación en la vida política, fundamentalmente en un sector sensible del electorado: los jóvenes, a quienes se ha dirigido toda una estrategia de desinformación mediante bloggers y youtubers con un lenguaje que estimula el desaliento.

Un tercer eje es la apuesta del olvido. Casi un 30 por ciento de los electores que definirán el proceso del año entrante tendrán entre 18 y 29 años de edad. Muchos de ellos crecieron en un país en donde el PRI había dejado de ser el partido hegemónico. Algunos no recuerdan, salvo por libros o crónicas, los lamentables hechos del 2 de octubre de 1968, no registran en su memoria el Halconazo de 1971, les parecen lejanas las corruptelas de personajes como El Negro Durazo, Elba Esther Gordillo o Fidel Velázquez; no se cuentan entre sus memorias frases como “defenderé el peso como un perro” o “no nos volverán a saquear”.

Sí, esta generación estratégica en el proceso electoral venidero ha padecido los pírricos y descendientes niveles de crecimiento económico que el país ha registrado en cada uno de los últimos cuatro sexenios. Para ellos las crisis sexenales sólo están en el blanco y negro de un texto.

Los jóvenes electores tienen en su memoria las recientes bravuconerías, exabruptos y ridículos de Vicente Fox, así como su decepcionante desempeño en Los Pinos; los rumores del alcoholismo de Felipe Calderón y su promesa incumplida de ser “el presidente del empleo”, la escandalosa Casa Blanca de Peña Nieto, el crimen de los 43 de Ayotzinapa, la ola de sangre que se desató con la guerra irracional contra el narco, frases como “ya me cansé” o “ya sé que no aplauden”, o los desatinos y la ignorancia del actual inquilino de la residencia presidencial.

Para ellos, para estos primerizos ciudadanos, va dirigida la desmoralización que quieren que se propague para que eviten participar y que, si alguno decide hacerlo, coloque en el mismo rasero a los responsables del actual desastre del país contra quienes plantean alternativas y derroteros distintos; estos últimos, descalificados con el mote de “mesiánicos populistas” que desconocen de la “prudencia” y las “soluciones mesuradas” que “sí pueden resolver los problemas del país”.

Pues bien, el colofón de esta estrategia está en la reciente designación del abanderado presidencial priista. Síntesis de la plutocracia panista y la tecnocracia priista, José Antonio Meade significa la apuesta por el olvido y por la asunción de un tecnócrata indolente al estilo de los “científicos” del porfirismo. Meade es la jugada a la desmemoria y a la despolitización de la sociedad. Por suerte, el hartazgo supera a estos dos últimos fenómenos y una ruta alternativa para el país puede cristalizarse el próximo año.

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